Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 33
25%

CAPÍTULO 33

Poplar Beach, California

E l Poplar Beach Golf Course se encontraba junto a la escarpada costa de California, cerca del pequeño pueblo de Half Moon Bay, a unos cuarenta kilómetros de San Francisco.

Emplazada en una meseta a unos cien metros sobre el nivel del mar, la propiedad de ciento veinte hectáreas ofrecía magníficas vistas del océano Pacífico, con una brisa refrescante que soplaba sin cesar desde el agua.

El campo serpenteaba entre dos lagos y un paisaje de postal salpicado de pequeñas lomas.

Jugar los dieciocho hoyos costaba trescientos dólares.

En ese momento, Renata Richardson se encontraba a solo un kilómetro y medio, pedaleando en una bicicleta plegable por un carril bici recién estrenado, con una pequeña mochila a la espalda.

Cada vez que coronaba una de las suaves elevaciones, divisaba algunas de las trampas de arena más grandes.

También alcanzaba a distinguir las mansiones que bordeaban el perímetro.

Los hermanos Baylor vivían en una de esas casas enormes.

O quizás en dos de ellas. No sabía si compartían casa o vivían por separado, pero iba a averiguarlo.

Apenas había información sobre ellos en internet: eran casi tan invisibles como los dos pilotos.

Sus nombres aparecían en los consejos de administración de varias corporaciones gigantescas y como donantes de un par de organizaciones benéficas internacionales, y eso era todo lo que había podido encontrar, pese a muchas horas de búsqueda.

Renata cruzó la puerta principal pedaleando y sonrió al guardia de seguridad, que le devolvió la sonrisa, y siguió las señales hasta la casa club.

Llevaba su disfraz completo de Melissa Davis: peluca, lentillas marrones y gafas sin graduar, además de un conjunto de golf, también nuevo.

La falda blanca era lo bastante corta para lucir sus largas piernas torneadas, pero lo bastante larga para cumplir con el código de vestimenta relativamente conservador de la mayoría de los campos de golf, especialmente uno tan caro como Poplar Beach.

Desde que Daniel Forester le había dado los nombres de dos de sus agresores hacía un par de días, Renata estaba eufórica. Antes de bajarse de su coche, le había dicho:

—Si le cuentas a tu jefe o a cualquier otra persona algo sobre mí, descuartizaré a Alicia y Eric y te los devolveré en pedazos.

Notó que mencionar los nombres de pila de sus hijos en aquel contexto macabro le había tocado la fibra: no tenía ninguna duda de que mantendría la boca cerrada.

El día anterior se había marchado del hotel cerca del aeropuerto de San Francisco y había pasado cuatro horas de compras para hacerse con el conjunto de golf, además de una tienda de campaña, un saco de dormir y otros artículos de acampada.

Después condujo hasta el camping de Poplar Beach y alquiló una parcela por cinco días.

Rellenó el formulario como Renata Richardson, pero siempre que no estuviera en el camping, sería Melissa Davis, y volvió a colocar las matrículas robadas en el coche.

Esa mañana había conducido hasta el aparcamiento de Poplar Beach con la bicicleta plegable en el maletero, había cambiado las matrículas, se había puesto el disfraz y la ropa nueva en el coche, y después se había alejado pedaleando.

Cuando Renata llegó a la casa club del Poplar Beach Golf Course, encadenó la bicicleta en el aparcabicis de la entrada y entró. Había bastantes golfistas pululando por allí, esperando su turno de salida.

—Vengo sola —dijo Renata, acercándose a la mujer que estaba frente al cuadrante de horarios—. ¿Puede ponerme con alguien? A ser posible, con alguien que conozca el campo: nunca lo he jugado.

—Claro —dijo la mujer, consultando el cuadrante.

—Además —añadió Renata en voz baja—, la verdad es que no me llega para carrito ni caddie...

—No hay problema, puedes jugar con Donna —la mujer miró hacia el otro lado de la sala—. Donna, cariño, te he conseguido una cuarta.

Una mujer muy bronceada y de aspecto atlético, de unos cincuenta años, que estaba hablando con otras dos, se dio la vuelta y se acercó sin prisa.

—Donna Valentine —dijo sonriendo, y le tendió a Renata su mano bronceada. De cerca, la mujer tenía el rostro curtido y daba la impresión de vivir prácticamente en el campo de golf.

—Melissa Davis —dijo Renata, sonriendo—. Encantada.

—¿Tienes palos, cariño? —preguntó la mujer del mostrador.

—No, necesito alquilar unos.

La mujer asintió, le pidió a otro empleado que fuera a buscarlos y calculó el total de Renata.

Renata pagó en efectivo aquella suma desorbitada, pensando que hasta hacía dos semanas no habría podido imaginar gastarse tanto dinero en una partida de golf ni en ningún otro capricho.

—Estas dos encantadoras señoras son de Tennessee —dijo Donna, y se las presentó. Tenían más o menos la edad de Donna, pero ni de lejos estaban tan en forma como ella. Dos hermanas, Emma y Stacey.

—Es nuestra primera vez en California —dijo Stacey, sonriendo—. Teníamos que jugar en este campo, habíamos oído hablar tanto de él.

—Sí, yo también —mintió Renata—. Aunque casi me arruino para poder venir.

—Ya te digo —dijo Stacey, y todas se rieron.

—¿De dónde eres, cielo? —le preguntó Stacey a Renata.

—De Pensilvania —mintió Renata.

Media hora después, el cuarteto salía desde el primer tee.

La vista desde el primer tee era magnífica, con el océano Pacífico a lo lejos, una amplia franja azul en el horizonte. Soplaba una brisa fresca y Renata podía oler el agua salada.

Donna fue la primera en tirar. Se acercó al tee con naturalidad y golpeó la bola en línea recta por la calle: un drive perfecto.

—Se nota que has hecho esto antes —dijo Stacey.

Todas se rieron.

Renata fue la siguiente. Separó los pies, se relajó y se repitió que mantuviera la cabeza agachada y la vista en la bola.

Solo había jugado al golf unas pocas veces desde su «verano de golf» entre tercero y cuarto de la ESO.

Una amiga la había aficionado a ese deporte.

Jugaban en el campo de golf Cleveland Little Met, que, comparado con este, era increíblemente fácil.

Al menos lo bastante fácil como para que Renata llegara a hacer par en casi todos los hoyos antes de que acabara el verano.

Cuando empezaron las clases en otoño, perdió el interés por el golf.

Renata levantó el driver lentamente y ejecutó el golpe.

¡Zas!

A pesar del viento en contra, la bola llegó casi tan lejos como la de Donna, aunque no tan recta.

—Buen golpe —dijo Donna, visiblemente impresionada.

Las dos mujeres de Tennessee se miraron. —Vaya, cariño —dijo Stacey—. Parece que tenemos a un par de profesionales aquí.

Renata se rio y se agachó para sacar el tee de la hierba. —Suerte de principiante.