Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 10
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Capítulo 10

La octava letra del alfabeto. Dos veces.

HH.

Heil Hitler.

Hacía exactamente doce años. A finales de abril. Lo recordaba bien porque acababa de cumplir quince.

Dean se lo había grabado en la piel con una aguja y tinta china mientras sus amigos miraban y vitoreaban. Le había dolido tanto que aún conservaba una leve cicatriz donde se había mordido el labio.

En el otro antebrazo tenía una cruz celta dentro de un círculo blanco: la marca de su iniciación en la Hermandad de Albión.

Sangre y tierra. Nuestra tierra. Nuestro pueblo.

Hubo un tiempo en que Harriet había creído en todo aquello.

Había creído que formaba parte de algo noble, algo puro. Algo que daba sentido a una vida que hasta entonces le había parecido vacía.

Dean se había sentido tan orgulloso de ella que se casaron.

Notó el dedo de Sophie recorriendo el Sonnenrad, el sol negro, sobre su espalda desnuda.

A su hija la fascinaban las doce runas sig que irradiaban desde el círculo como una flor corrompida.

Sophie no sabía qué significaba.

Harriet temía el día en que descubriera que era el símbolo de las SS, adoptado por todos los movimientos supremacistas blancos desde el final de la guerra.

Dean había muerto tres años atrás: uno de sus propios camaradas le había arrojado un ladrillo durante unos disturbios. Aquel día Harriet juró que se quitaría todos los tatuajes en cuanto tuviera dinero.

Sostenía entre las manos una fotografía suya a los siete años. La edad de Sophie.

Una sonrisa mellada. Un vestido veraniego amarillo que su abuela le había cosido para Pascua. Los brazos desnudos y sin marcas. Sin tatuajes. Sin ideología. Solo una niña que aún no sabía qué haría de ella el mundo.

Sostuvo la fotografía junto a su antebrazo. Inocencia en el papel. Odio en la piel.

Sophie se acercó y se sentó en su regazo. Miró la foto y preguntó:

—¿Eres tú, mamá?

—Sí.

El teléfono de Harriet vibró. Ella alargó la mano y leyó el mensaje:

Chalke Valley. Aparcamiento de Ox Drove. Ahora. Trae la carpeta. 50 000 £ en efectivo contra entrega. Ven sola.

Le temblaban las manos.

—¿Estás bien, mamá?

—Sí, cariño.

Cincuenta mil libras.

Pensó en la carpeta que había sobre su mesilla de noche. Nombres. Fotografías. Cuentas bancarias.

Los informes sobre un incendio en Southall en el que había muerto una familia de cinco miembros: un incendio del que Dean, su marido, el padre de Sophie, había presumido durante años, antes de que alguien le destrozara el cráneo con un ladrillo.

Se le revolvió el estómago.

De lo que era capaz la gente.

De lo que ella misma había sido capaz tiempo atrás.

Envió el emoji de pulgar hacia arriba.

En cuanto se envió, quiso retirarlo. El corazón le martilleaba contra las costillas, tenía la boca seca y las palmas empapadas de sudor. Se las secó en la sábana.

Sabía lo peligroso que era aquello.

Pero el dinero.

Suficiente para llevarse a Sophie muy lejos de cuantos le habían dicho que el odio era su legado. A España, quizá. O a Portugal. A algún lugar cálido. Limpio. Donde Sophie pudiera crecer sin que unos chicos le grabaran tatuajes en la piel diciéndole que significaban que la querían.

Estrechó a su hija contra ella. Aspiró el olor de su pelo: champú de fresa e inocencia.

—Escúchame. Necesito que te pongas los zapatos.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Pero es hora de dormir.

—Sé que es tarde. —Harriet la estrechó con más fuerza—. Pero después de esta noche nos iremos muy lejos de aquí. A un sitio seguro. A un sitio bonito. Tú y yo. Y no tendremos que preocuparnos nunca más.

Le besó la frente. Sintió contra los labios el calor de la piel de su hija.

—Hazlo por mamá, por favor.

Sophie se bajó de la cama y fue descalza hacia sus zapatos.

Harriet la vio alejarse: el pelo rubio, los pies descalzos y, como siempre, arrastrando por la alfombra detrás de ella aquel ridículo conejo de juguete.