Loreta 12. CAPÍTULO 12
100%

12. CAPÍTULO 12

El miércoles amaneció despejado.

Loreta se levantó antes del reloj.

Preparó café.

Tostó pan.

Abrió la ventana.

El gato naranja ocupaba ya su sitio habitual.

—Buenos días.

El animal movió una oreja.

Sobre la mesa estaba el programa del círculo de lectura de aquella noche.

Segundas voces.

Loreta lo leyó otra vez.

Le gustaba el nombre.

Durante meses había aprendido a escuchar la suya.

Primero en Toulouse.

Después frente a los niños.

Ahora en París.

Guardó el programa dentro de la libreta y salió.

Pasó la mañana en la oficina.

El sonido de la máquina de escribir se mezclaba con el teléfono y las voces de la calle.

A media mañana, Genaro apareció junto a su escritorio.

—¿Cómo va la escuela?

Loreta levantó la vista.

—Hoy uno de los niños leyó “biblioteca” sin detenerse.

—Entonces ya puedes jubilarte.

—Estaba considerándolo.

Genaro dejó una taza de café junto a ella.

—¿Sigues yendo a esa biblioteca sobre ruedas?

Loreta fingió concentrarse en los papeles.

—A veces.

—Ah.

Loreta lo miró.

—¿Qué significa “ah”?

—Dos letras.

—Genaro.

Él volvió a su escritorio.

—Tengo trabajo.

Loreta sonrió.

Por la tarde pasó por Rue Popincourt.

Samuel estaba reparando una silla.

Loreta dejó el bolso sobre una mesa.

—¿Necesita ayuda?

—Necesita una vida nueva.

—Preguntaba por ti.

Samuel levantó la cabeza.

—También.

Loreta rio.

Se sentó enfrente.

—Esta noche voy al círculo.

—Yo también.

—Ya lo imaginaba.

Samuel tomó una pequeña pieza de madera.

—Entonces te ahorraré la sorpresa.

Continuó trabajando.

Loreta observó sus manos.

Había empezado a sentirse cómoda con aquellos silencios.

No necesitaba llenarlos.

Eso también era nuevo.

La librería estaba casi llena.

Diez sillas formaban un círculo.

Había galletas sobre una mesa y una jarra de agua con menta.

El gato gris dormía sobre unas revistas.

La librera levantó las manos.

—Hoy tenemos “Segundas voces”.

Miró alrededor.

—No las voces que sustituyen lo que fuimos. Las que aparecen cuando aprendemos a escucharnos de otra manera.

Loreta sintió que aquella definición le gustaba más.

Los participantes fueron leyendo por turnos.

Una carta.

Un diario de viaje.

Un poema.

Cuando llegó el suyo, Loreta abrió el pequeño libro que llevaba.

Había escogido un fragmento sobre aprender a convivir con las preguntas.

Leyó despacio.

Sin intentar impresionar a nadie.

Cuando terminó, cerró el libro.

La librera asintió.

—¿Por qué ese texto?

Loreta pensó.

—Porque durante mucho tiempo creí que todas las preguntas necesitaban una respuesta inmediata.

Miró el libro.

—Ahora no estoy tan segura.

La mujer sonrió.

—Eso también es una respuesta.

Loreta rio.

Samuel leyó después.

Cuando terminó, no la miró buscando aprobación.

Loreta agradeció incluso eso.

Al salir caminaron con algunos miembros del grupo.

Las conversaciones fueron desapareciendo a medida que cada uno encontraba su calle.

Finalmente quedaron solos.

Samuel metió las manos en los bolsillos.

—¿Te acompaño?

Loreta lo miró.

La pregunta era sencilla.

Y podía responderla de cualquier manera.

—Sí.

Caminaron.

Hablaron del círculo.

De la escuela.

De una estantería que Samuel insistía en que estaba inclinada aunque nadie más podía verlo.

Al llegar a la pensión se detuvieron.

—Gracias —dijo Loreta.

—Buenas noches.

Samuel empezó a alejarse.

Loreta lo observó unos segundos.

—Samuel.

Él se volvió.

Loreta estuvo a punto de decir algo.

No sabía exactamente qué.

Así que sonrió.

—Nos vemos.

Samuel respondió con el mismo gesto.

—Nos vemos.

Loreta entró.

Le gustó no haber tenido que convertir aquel momento en otra cosa.

Septiembre avanzó.

El Grupo de Lectura 2 empezó a adquirir su propio ritmo.

Un niño pronunció biblioteca sin detenerse.

Una niña pidió leer otra página.

El niño que necesitaba moverse para pensar empezó a hacerlo sin avergonzarse.

Loreta terminaba las jornadas cansada.

Feliz también.

No siempre.

Pero muchas veces.

En el tendedero aparecieron nuevas frases.

La zeta suena a chispa.

La erre rueda.

Leí despacio y vi mejor.

Loreta las guardaba todas.

Samuel aparecía algunos días con libros.

Otros no.

Cuando iba, arreglaba alguna rueda, organizaba las cajas y escuchaba las historias que los niños insistían en contarle.

Arnaud lo observó una mañana.

—Ese hombre es útil.

Loreta sonrió.

—No se lo diga. Se pondrá insoportable.

Samuel levantó la cabeza desde el otro extremo.

—Escuché eso.

—Entonces ya es tarde.

Los niños rieron.

Un sábado, Loreta estaba ordenando materiales cuando vio a Débora en la entrada.

Se quedó quieta.

Débora llevaba una cartulina envuelta en papel.

No avanzó inmediatamente.

—Hola.

—Hola.

Débora levantó el paquete.

—Traje algo para el tendedero.

Loreta se acercó.

—¿Qué es?

Débora retiró el papel.

Era un collage elaborado por los jóvenes del taller de la galería.

Palabras.

Colores.

Fragmentos.

En el centro podía leerse:

Cuidar sin poseer.

Loreta sintió el eco de otra época.

Débora la observó.

—Si no quieres ponerlo, está bien.

Loreta recorrió el collage con los dedos sin tocarlo.

—Lo hicieron tus alumnos.

—Sí.

—Entonces debería estar aquí.

Débora sonrió.

Samuel apareció con unas pinzas.

—¿Dónde?

Loreta señaló un espacio.

—Ahí.

Él lo colgó.

No preguntó nada.

Loreta agradeció aquella discreción.

Cuando quedaron solas, Débora respiró profundamente.

—Recibí tu carta.

Loreta asintió.

—No sabía si venir.

—Yo tampoco sé todavía qué hacer con todo.

Débora bajó la mirada.

—Lo entiendo.

Loreta observó el collage.

—Pero me alegra que hayas venido.

Débora levantó los ojos.

No se abrazaron.

Todavía no.

En cambio, Débora preguntó:

—¿Puedo volver otro día?

Loreta pensó.

—Sí.

Fue suficiente.

Una tarde, varias semanas después, Loreta salió de la escuela y lo vio.

Alberto esperaba al otro lado de la verja.

No sintió miedo.

Pero tampoco indiferencia.

Se detuvo.

Él no avanzó.

—Hola.

—Hola.

Loreta esperó.

—No quiero quitarte mucho tiempo —dijo Alberto.

Ella asintió.

—Está bien.

Alberto miró hacia el patio.

—Débora me dijo que trabajas aquí.

Loreta no respondió.

—Quería decirte algo una vez. Bien.

Loreta sostuvo su mirada.

—Te escucho.

Alberto respiró.

—Cuando estábamos juntos pensé muchas veces que preocuparme por ti me daba derecho a saberlo todo.

Loreta permaneció quieta.

—Dónde estabas. Con quién. Qué ibas a hacer.

Bajó la mirada.

—Y cuando tenía miedo intentaba hacerte más pequeña para sentirme más seguro.

Loreta sintió que aquellas palabras encontraban lugares antiguos.

Pero ya no podían vivir allí.

—No espero que me perdones —continuó—. Tampoco vine para eso.

La miró.

—Solo quería decirte que ahora sé que estuvo mal.

Loreta tardó unos segundos.

—Gracias por decirlo.

Alberto asintió.

—Cuídate, Loreta.

—Tú también.

Él se dio la vuelta.

Empezó a caminar.

No miró hacia atrás.

Loreta tampoco esperó que lo hiciera.

Entró nuevamente a la escuela porque había olvidado su libreta.

Aquello le pareció una forma bastante apropiada de continuar.

Octubre llegó con lluvia.

En clase apareció la palabra amparo.

—¿Es esconderse? —preguntó una niña.

—Puede ser —respondió Loreta—. ¿Qué creen ustedes?

Las respuestas ocuparon casi veinte minutos.

Loreta dejó que ocurriera.

Ya no tenía miedo de que una clase se desviara un poco.

Había aprendido que a veces los niños encontraban algo mejor que lo que ella había planeado.

Una tarde, al terminar el círculo de lectura, Samuel y Loreta caminaron juntos.

Empezó a llover.

Se refugiaron bajo un toldo.

Samuel miró la calle.

—La biblioteca cambia de local el sábado.

—¿Otra vez?

—Más espacio.

—Eso dijiste la última vez.

—Esta vez es verdad.

Loreta rio.

—¿Necesitas ayuda?

Samuel la miró.

—Sí.

—Entonces voy.

Él asintió.

La lluvia golpeaba el borde del toldo.

Loreta lo observó.

Durante las últimas semanas había intentado no ponerle nombre a aquello.

No por miedo.

Por paciencia.

Samuel se volvió hacia ella.

Sus miradas se encontraron.

Esta vez ninguno hizo una broma.

Loreta sintió el impulso de apartar los ojos.

No lo hizo.

Samuel tampoco avanzó.

Esperó.

Loreta entendió la pregunta aunque él no la formulara.

Y descubrió que quería responderla.

Dio un paso.

Pequeño.

Suficiente.

Samuel levantó una mano.

Se detuvo antes de tocarla.

Loreta sonrió.

Entonces fue ella quien acortó la distancia.

El beso fue breve.

Sin urgencia.

Cuando se separaron, Samuel la miró.

—Hola.

Loreta soltó una carcajada.

—Hola.

—No tenía nada mejor preparado.

—Menos mal.

Volvieron a caminar cuando la lluvia disminuyó.

Loreta no intentó decidir qué significaba aquel beso.

Por esa noche, significaba únicamente que había querido darlo.

Y eso bastaba.

El sábado trabajaron en el nuevo local.

Estanterías.

Cajas.

Libros.

Una mesa demasiado grande para la puerta.

Samuel insistió en que cabía.

No cabía.

Loreta se sentó en el suelo riéndose mientras él intentaba demostrar lo contrario.

—No digas nada.

—No estoy diciendo nada.

—Tu cara sí.

Finalmente desmontaron las patas.

Al mediodía comieron pan y queso sentados entre cajas.

Loreta miró alrededor.

—Esto va a quedar bonito.

—Va a quedar lleno.

—Mejor.

Samuel asintió.

Por la tarde llegaron Claire y Gabriel, de paso por París.

Loreta no sabía cuánto había echado de menos escucharlos hasta que los vio entrar.

Claire la abrazó.

Gabriel levantó una bolsa.

—Toulouse manda provisiones.

—¿Violetas?

—Por supuesto.

Claire sacó una libreta de tapas azules.

—Y esto.

Loreta la recibió.

—¿Otra?

—Estás gastando demasiado papel siendo feliz.

Loreta rio.

Los cuatro pasaron la tarde trabajando.

Samuel y Gabriel discutieron sobre dónde debía ir una estantería.

Claire reorganizó los libros que ambos habían colocado mal.

Loreta observó la escena.

No sintió que dos partes de su vida estuvieran chocando.

Se estaban conociendo.

Aquello la emocionó más de lo que esperaba.

Esa noche abrió la libreta nueva.

En la primera página escribió:

Tres cosas felices

1. Una mesa que no cabía por la puerta.

2. Toulouse llegó con violetas.

Loreta sostuvo el lápiz.

Después escribió:

3. Un beso que yo también elegí.

Lo leyó.

Sonrió.

Pasó la página.

Preparó algunas notas para la clase del lunes.

Eso también le gustó.

El beso podía existir.

Y la clase también.

Una cosa no tenía que tragarse a la otra.

Antes de acostarse abrió la ventana.

La lluvia había terminado.

El gato naranja apareció desde el pasillo y entró sin pedir permiso.

Loreta lo miró.

—Tú eres la excepción.

El gato saltó sobre la cama.

Ella rio.

París estaba húmedo y tranquilo.

En alguna parte estaban Genaro.

Débora.

Alberto.

Samuel.

Sus padres.

Toulouse.

Todo lo vivido.

Pero por primera vez Loreta no imaginó su vida como una serie de personas entre las que debía elegir.

Pensó en un aula.

Cinco niños.

Una palabra difícil escrita en el pizarrón.

Una biblioteca con ruedas.

Una libreta.

Una ventana abierta.

Y en ella.

Loreta.

No como la mujer de alguien.

No como la amiga de alguien.

No como la hija que debía explicar por qué se había ido.

Solo ella.

Se sentó frente a la mesa.

Abrió la libreta.

Debajo de las tres cosas felices escribió una última frase:

“Mañana tengo clase.”

La subrayó.

Sonrió.

Y apagó la luz.