CAPÍTULO 31
"La propuesta"
Kaeros tenía las manos húmedas.
No por el agua de Jen. No por la lluvia. No por el rocío de la mañana que cubría las piedras de Drakheim con una capa de humedad brillante. Tenía las manos húmedas porque estaba nervioso. Absurdamente nervioso.
Él. Kaeros. El comandante de las sombras.
El ser de cuatrocientos treinta y ocho años que había sobrevivido a guerras, a traiciones, a la muerte de su esposa, a cuatrocientos años de soledad, a un Conquistador que quería destruirlo, a un emisario de hueso que le había arrancado el corazón a su mejor amigo y a una marca en el pecho de la mujer que amaba que era una cuenta atrás.
Todo eso lo había superado.
Pero no podía superar esto.
Se miró las manos. Temblaban como las de un niño antes de su primer día de escuela.
*Esto es ridículo*, pensó Kaeros y la voz en su cabeza sonó sospechosamente a la de Malachi cuando se burlaba de los soldados.
*Has sobrevivido a cuatro siglos de guerras, de traiciones, de noches en las que las sombras te devoran por dentro y ahora estás nervioso porque vas a pedirle matrimonio a una mujer de veintiocho años que huele a agua y que se pierde por los pasillos *.
*No estoy nervioso*, se dijo a sí mismo. *No estoy.. *.
—Estás pálido como un muerto.
La voz de Malachi llegó desde detrás de una columna de piedra, seguida de la aparición del semihumano de fuego con su sonrisa torcida, su copa de cerveza y su expresión de quien ha visto algo muy gracioso y está conteniendo las ganas de reírse.
—No estoy pálido —mintió Kaeros.
—Estás más pálido que la leche. Más pálido que la nieve. Más pálido que...
—Malachi.
—¿Qué?
—Cállate.
—Me callo. Pero antes de callarme, quiero que sepas que llevas media hora hablando solo en tu habitación, gesticulando con las manos y murmurando palabras que no entiendo. Y eso, Thalion, es preocupante.
Kaeros apretó los puños. Las sombras a su alrededor se movieron con más agitación, como un animal que detecta peligro.
—No estoy hablando solo —mintió Kaeros por segunda vez.
—Claro que no. Estabas ensayando. ¿El qué? ¿Un discurso? ¿Una declaración de guerra? ¿Una...
—Voy a pedirle matrimonio a Jen.
Las palabras salieron de la boca de Kaeros antes de que pudiera detenerlas. Como un pájaro que escapa de una jaula. Como un secreto que alguien ha guardado durante demasiado tiempo y que ya no cabe dentro.
Malachi se quedó inmóvil. La copa de cerveza se detuvo a medio camino entre la mesa y la boca. Los ojos de carbón se abrieron como platos. La sonrisa torcida se congeló en su sitio.
Luego, lentamente, como el amanecer que se levanta después de una noche larga, la sonrisa se ensanchó.
—¿Qué? —dijo Malachi, con una voz que pretendía ser calmada y sonaba a cualquier cosa menos calmada.
—Voy a pedirle matrimonio a Jen —repitió Kaeros y esta vez la voz sonó más firme, como si decirlo en voz alta le diera permiso para creerlo.
Malachi dejó la copa de cerveza sobre la mesa con un golpe seco. Se puso en pie. Se acercó a Kaeros con paso lento, deliberado, de alguien que ha esperado un momento durante mucho tiempo y que no quiere estropearlo.
Había estado ahí todo el tiempo y el nervioso de Kaeros ni se había percatado.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Hoy.
—¿Dónde?
—En el lago. El lago de los susurros.
—¿Cómo?
—No lo sé. Todavía no. Estoy... Estoy pensando.
Malachi lo miró un momento muy largo, demasiado. Luego soltó una carcajada. No una risa educada ni una sonrisa cortés, sino una carcajada de verdad, de esas que sacuden el cuerpo y hacen que la cerveza en la copa vibre.
—Cuatrocientos treinta y ocho años —dijo Malachi, secándose una lágrima de la comisura del ojo—.
Has sobrevivido a guerras, a traiciones, a la muerte de tu esposa, al Conquistador, a un emisario de hueso, a una marca en el pecho de la mujer que amas.
Y ahora estás aquí, temblando como un flan, porque vas a pedirle matrimonio a una chica que puede ahogarte en una discusión.
—No es gracioso —gruñó Kaeros.
—Es graciosísimo —replicó Malachi—. Es lo más gracioso que he visto en cuatrocientos años. Incluido al guardia al que le tiraste un hueso de fruta desde el balcón.
Kaeros lo fulminó con la mirada. Malachi no se inmutó. Nunca se inmutaba.
—Escucha, Thalion —dijo Malachi, cambiando el tono al de alguien que ha decidido dejar de bromear y empezar a hablar en serio—. Voy a decirte algo que tal vez necesites oír.
—No quiero tus consejos.
—Los vas a escuchar igual. Porque soy tu mejor amigo y porque llevo años dándote consejos que no pides y que siempre resultan ser correctos.
Kaeros apretó los puños, pero no dijo nada.
Malachi se acercó, se sentó en la silla de al lado y apoyó los codos en la mesa.
—Jen te quiere —dijo, con una voz que ya no tenía nada de humorística—. Lo sé porque te mira como si fueras la primera persona que la ha visto de verdad. Y porque dice tu nombre como si fuera una plegaria.
Kaeros sintió que el corazón se le detenía.
—¿Dijo mi nombre?
—Dijo "Thalion". Y después dijo algo que no entendí, pero que sonaba a "idiota". Probablemente se refería a ti.
Kaeros sonrió.
—¿Y si dice que no? —preguntó y la voz le salió más pequeña de lo que pretendía.
—¿Por qué diría que no?
—Porque... porque soy un monstruo. Porque tengo cuatrocientos años. Porque maté personas. Porque el Conquistador me usó durante siglos. Porque...
—Thalion —lo interrumpió Malachi, con una voz que era mitad ternura y mitad impaciencia—.
Eres un hombre. Un hombre que ha sufrido más de lo que nadie debería sufrir.
Un hombre que ha perdido todo y que sigue de pie.
Ese hombre no es un monstruo. Es el mejor hombre que he conocido en cuatrocientos años.
Y si Jen no lo ve así, entonces Jen es más ciega que yo cuando me quemo las cejas con mi propio fuego.
Kaeros lo miró. Los ojos de carbón de Malachi lo encontraron en la penumbra de la habitación y por un instante, solo un instante, Kaeros vio algo en ellos que no esperaba: orgullo. El orgullo de alguien que ha visto a otro crecer, cambiar, convertirse en algo que vale la pena.
—Gracias, Emeric —dijo Kaeros, usando el nombre real de Malachi.
—De nada, Thalion —respondió Malachi—. Ahora ve. Antes de que te dé un infarto y tenga que ir yo a pedírselo.
—¿Tú?
—Sí yo. Y créeme, no quieres que sea yo. Soy un desastre con las palabras románticas. La última vez que intenté declararme a alguien, le dije que olía a cerveza rancia y que tenía los ojos como dos huevos fritos. No acabó bien.
Kaeros soltó una risa que le salió del estómago. Una risa cansada, rota, como la de alguien que ha estado cargando un peso durante mucho tiempo y que de repente descubre que hay alguien ayudándole a llevarlo.
—Eres un idiota, Emeric.
—Y tú eres un sentimental disfrazado de tirano. Entre los dos formamos un equipo estupendo. Ahora ve. Y no te olvides de respirar. Y si te quedas sin palabras, simplemente di "te quiero". Eso siempre funciona.
Kaeros se levantó. Las manos todavía le temblaban, pero menos que antes. El corazón todavía le latía con fuerza, pero ya no era de pánico. Era algo más parecido a la esperanza.
—Emeric —dijo, deteniéndose en la puerta.
—¿Qué?
—Si dice que sí... ¿celebramos?
Malachi sonrió. La sonrisa más amplia, más honesta, más cálida que Kaeros le había visto en cuatrocientos años.
—Si dice que sí —respondió Malachi—, voy a beberme toda la cerveza de Drakheim. Y luego voy a buscar más.
Kaeros negó con la cabeza, pero la sonrisa no se borró de su rostro.
Y bajó las escaleras de la torre en busca de Jen.