Lords de los cielos CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

"Lo que el fuego no destruye"

El ejército del Conquistador se retiró como la niebla se retira al amanecer: lentamente, sin hacer ruido, como si nunca hubiera estado ahí.

Los gigantes de piedra se desmoronaron primero, cayendo sobre sí mismos como castillos de naipes que alguien ha soplado demasiado fuerte.

Los soldados de niebla se disiparon después, convirtiéndose en vapor que el viento del acantilado se llevó hacia el mar.

Y los comandantes, los que quedaban, los que no habían muerto en la batalla ni se habían rendido, huyeron hacia Kaelthar con la velocidad de alguien que sabe que ha perdido y que no quiere estar presente cuando el perdedor tenga que dar explicaciones.

El campo de batalla quedó en silencio.

No el silencio de la paz. El silencio de la después. El de los cuerpos que ya no se mueven y de las armas que ya no chocan y de los gritos que se han agotado. Un silencio denso, pesado, con olor a sangre, ceniza y a la certeza de que algo ha terminado y que algo más está a punto de empezar.

Jen se quedó de pie en medio del campo, con las manos temblando y el agua dentro de ella todavía hirviendo con los restos de la batalla.

El vínculo con Kaeros brillaba en su pecho con una luz cálida, dorada, que pulsaba al ritmo de su corazón.

El Conquistador se había ido. Edric estaba muerto. El ejército se había retirado.

Pero algo faltaba.

Algo que debería estar ahí y que no estaba.

—Malachi —dijo Jen y el nombre le supo a algo que no sabía nombrar.

Kaeros la miró. Los ojos grises la encontraron en la luz del atardecer y Jen vio en ellos algo que no esperaba: miedo. No el miedo del guerrero ante el enemigo. El dolor de haber perdido a su mejor amigo.

—Su cuerpo —dijo Kaeros, con una voz que sonaba como piedras rompiéndose—. Debería estar aquí. Donde cayó. Donde...

Se detuvo. Las palabras se le atascaron en la garganta como huesos de fruta en un desagüe.

—Vamos a buscarlo —dijo Jen.

El campo de batalla era un cementerio.

Los cuerpos yacían esparcidos por el barro y la piedra, algunos cubiertos por mantas que los soldados habían traído, otros expuestos al sol poniente con los ojos cerrados y las bocas abiertas en gestos que parecían de sorpresa más que de dolor.

Jen caminó entre ellos con los pies descalzos —se había quitado las botas para sentir el suelo, para sentir la piedra, para sentir algo que la anclara al momento presente— y buscó.

Buscó el pelo rojo como brasas. Buscó la sonrisa torcida. Buscó los ojos de carbón. Buscó el cuerpo de un semihumano de fuego de cuatrocientos dieciocho años que se había muerto riendo con un chiste en los labios y una llama dorada en las manos.

No lo encontró.

Kaeros buscó con ella. Las sombras se movían bajo sus pies, explorando, palpando, buscando el calor residual de un cuerpo que debería estar ahí. Las sombras recorrieron el campo de batalla como dedos largos y fríos, palpando cada grieta, cada piedra, cada charco de sangre seca.

No encontraron nada.

—¿Estás seguro de que murió aquí? —preguntó Jen, con una voz que intentaba ser neutral y sonaba a cualquier cosa menos neutral.

—Lo vi caer —respondió Kaeros, con una voz que pretendía ser firme y se desmoronaba en los bordes—. Lo vi morir. Vi cómo se apagaba la llama. Vi cómo cerraba los ojos. Vi cómo se quedaba inmóvil. Lo toqué. Era aquí.

—Entonces, ¿dónde está su cuerpo?

Kaeros no respondió. Las sombras se movían a su alrededor con más agitación, como un animal herido que busca refugio.

Jen se arrodilló en el lugar donde Malachi había caído. El suelo estaba removido, manchado de sangre seca y de ceniza. Pero no había cuerpo. No había huesos. No había nada excepto el eco de una risa que se había apagado demasiado pronto.

—¿Cómo puede desaparecer un cuerpo? —preguntó Jen, con una voz que sonaba más pequeña de lo que pretendía—. ¿Cómo puede desaparecer un cuerpo de cuatrocientos dieciocho años? ¿Es que las sombras se lo han llevado? ¿Es que el campo de batalla se lo ha tragado? Es que...

Se detuvo.

Porque algo brillaba en el suelo.

No era sangre. No era ceniza. Era una luz. Una luz pequeña, dorada, que pulsaba en el centro de la mancha de sangre seca como un corazón que se niega a dejar de latir.

Jen se acercó. Tocó la luz con los dedos. El calor le recorrió la mano, no un calor abrasador sino un calor cálido, como el de una brasa que se niega a apagarse.

—Kaeros —susurró Jen—. Ven a ver esto.

Kaeros se arrodilló a su lado. Las sombras se movieron hacia la luz dorada, reconociéndola, acercándose a ella como un animal que reconoce a su cría.

—Es su fuego —dijo Kaeros, con una voz que temblaba—. Es el fuego de Emeric. Está aquí. Todavía está aquí.

—¿Pero dónde está él? —preguntó Jen.

La luz dorada pulsó. Una vez. Dos veces. Tres veces. Y entonces, desde el centro de la luz, algo empezó a formarse.

No fue un destello. No fue una explosión.

Fue algo más lento, más delicado, como la primera flor que abre sus pétalos después de un invierno largo.

La luz se expandió, tomando forma, solidificándose, convirtiéndose en algo que no era luz sino carne, que no era calor sino piel, que no era un eco sino una persona.

Malachi apareció.

No de golpe. No como un fantasma que se materializa de la nada. Apareció como alguien que emerge del agua después de estar demasiado tiempo bajo la superficie: lentamente, jadeando, con los ojos muy abiertos y la boca abierta tratando de tragar todo el aire del mundo.

Tenía el pelo rojo como brasas. Los ojos de carbón. La sonrisa torcida. Las manos llenas de cortes que se estaban cerrando mientras Jen lo miraba, como si el cuerpo estuviera reconstruyéndose a sí mismo pieza a pieza.

Y entonces Malachi habló.

—¿Me echabais de menos?

Jen y Kaeros se quedaron absolutamente paralizados. El campo de batalla entero se quedó paralizado, como si el tiempo mismo hubiera decidido que lo que estaba pasando merecía ser procesado sin distracciones.

—¿Malachi? —tartamudeó Jen.

—En persona —respondió Malachi, con una sonrisa que era mitad dolor y mitad algo más cálido—.

Bueno, en persona y en cenizas. He vuelto de las cenizas.

Como un fénix. Pero sin alas. Y sin plumas.

Y sin la gracia de un fénix. Más bien como un gato que ha caído de un tejado y que se levanta sacudiéndose como si nada hubiera pasado.

Jen sintió que las lágrimas le caían por las mejillas. No de tristeza. De algo más cálido, más húmedo, más parecido al alivio.

—Estás vivo —susurró Jen—. Estás vivo.

—Pues claro que estoy vivo —respondió Malachi, con una indignación que contrastaba con la situación—. ¿Qué esperabas? ¿Que me quedara en el suelo para siempre? ¿Que dejara que un montón de huesos y cristal me venciera? Soy Malachi. Soy el perro de fuego. Soy el mejor amigo de Kaeros. Soy...

Se detuvo. Los ojos de carbón encontraron a Kaeros, que seguía paralizado, con los ojos grises muy abiertos y la boca ligeramente abierta.

—Oye, jefe —dijo Malachi, con una voz más suave—. ¿Estás bien?

Kaeros no respondió durante un instante. Luego, sin decir nada, cruzó la distancia que los separaba en dos zancadas y abrazó a Malachi.

No fue un abrazo elegante. No fue un abrazo de película.

Fue el abrazo torpe y desesperado de alguien que ha creído que ha perdido a su mejor amigo y que de repente lo tiene de vuelta.

Los brazos de Kaeros se cerraron alrededor de Malachi con una fuerza que habría roto huesos humanos, pero Malachi no se quejó.

Se limitó a devolver el abrazo, con sus manos llenas de cortes y su sonrisa torcida y sus ojos de carbón cerrados.

—Pensé que habías muerto —susurró Kaeros, con una voz que sonaba como piedras rompiéndose.

—Yo también —respondió Malachi—. Pero resulta que soy más difícil de matar de lo que parece. ¿Sabes por qué?

—¿Por qué? —preguntó Kaeros, separándose apenas lo suficiente para mirarlo a los ojos.

Malachi se señaló el pecho. Donde antes había una herida abierta, donde el emisario de hueso le había arrancado el corazón, ahora había una marca. No una cicatriz. Una marca. Una marca que brillaba con una luz dorada, del mismo color que la llama que Malachi había usado en su último momento.

—Cuando me hiciste inmortal —dijo Malachi, con una voz que ya no tenía nada de humorística—. Cuando vertiste la gota de sombra líquida en mi mano. No solo me diste la inmortalidad. Me diste un trozo de ti. Un trozo de tus sombras. Un fragmento de lo que eras.

Kaeros lo miró sin entender.

—Cuando morí —continuó Malachi—. Cuando el emisario me arrancó el corazón.

Cuando la llama se apagó. El trozo de sombra que me diste hace cuatrocientos años se activó.

Se aferró a lo que quedaba de mí. Se negó a dejarme ir.

Y entonces... entonces tú y Jen os vinculasteis.

El vínculo entre el agua y la sombra purificó las sombras de todo el reino.

Incluyendo el trozo que estaba dentro de mí.

Malachi hizo una pausa. Los ojos de carbón brillaban con una intensidad que era más emoción que fuego.

—El vínculo me salvó —dijo, con una voz más baja que nunca—. Vuestro amor me salvó. La purificación de las sombras limpió el fragmento que llevaba dentro y ese fragmento me reconstruyó. Me devolvió. Me trajo de vuelta. Soy vuestro hijo adoptivo.

Todo se quedó tan en silencio que no pudo escuchar nada, quizás su propia respiración agitada.

—Entonces... —dijo Jen, con una voz que temblaba—. Entonces no has muerto.

—No —confirmó Malachi, con una sonrisa que era la más honesta que Jen le había visto—. No he muerto. He vuelto. Gracias a vosotros. Gracias a vuestro vínculo y a que sois demasiado tercos para dejaros matar.

Jen soltó una risa que era mitad llanto y mitad alivio. Se acercó a Malachi y lo abrazó, con los brazos rodeando su cuello y la cara enterrada en su hombro.

—Eres un idiota —susurró Jen contra su hombro.

—Lo sé —respondió Malachi—. Pero soy vuestro idiota.