CAPÍTULO 29 #3
No hacia ella. Hacia el altar. Hacia el cristal negro que brillaba en la base del altar con una luz enfermiza. Edric agarró el cristal con las dos manos y el poder del Conquistador fluyó a través de él como veneno por una vena.
—¡No! —gritó Jen.
Edric se giró. Los ojos ya no estaban vacíos. Estaban llenos de algo: niebla. Niebla negra, espesa, que se movía dentro de sus pupilas como un animal atrapado en una jaula.
—El Conquistador ha hablado —dijo Edric y la voz ya no era suya. Era más grave, más antigua, más fría. Era la voz del Conquistador hablando a través de un cuerpo que ya no le pertenecía—. Y el Conquistador dice que la herramienta debe ser destruida.
El cuchillo de cristal negro voló de vuelta a la mano de Edric, como si tuviera vida propia. El elfo avanzó hacia Jen con una velocidad que no correspondía a un hombre de su edad, con los ojos llenos de niebla y la boca torcida en una sonrisa que no era suya.
Jen retrocedió. El agua dentro de ella hirvió, buscando salida, pidiendo ser usada. Pero esta vez no se contuvo. Esta vez dejó que el agua brotara de sus manos como un torrente, formando un escudo líquido entre ella y su padre.
El cuchillo de cristal golpeó el escudo de agua. El impacto fue como un trueno subterráneo, un sonido profundo que hizo temblar las paredes de la capilla. El agua se resquebrajó donde el cristal la tocó, pero no se rompió.
—¡Padre! —gritó Jen—. ¡Padre, lucha! ¡No dejes que te controle! ¡Lucha contra él!
Edric no respondió. La niebla en sus ojos se espesó y el cuchillo volvió a atacar, una y otra vez, golpeando el escudo de agua con una ferocidad que era más máquina que persona.
Jen retrocedió. El agua se agotaba. El escudo se debilitaba. El cuchillo se acercaba.
Y entonces las sombras llegaron.
No fueron las sombras de Kaeros. No fueron las sombras del Conquistador. Fueron las sombras del castillo, las sombras de la piedra, las sombras de cuatrocientos años de historia que se movían por las paredes de la capilla como serpientes negras que han sido despertadas de golpe.
Las sombras se interpusieron entre Jen y Edric. No como un escudo. Como un abrazo. Como un manto protector que se cierra alrededor de alguien que lo necesita.
—Jen —dijo una voz detrás de ella.
Jen se giró.
Kaeros estaba en la entrada de la capilla, con las manos ensangrentadas y los ojos grises brillando a la luz de las antorchas. Las sombras se movían a su alrededor como un manto vivo y su rostro era una máscara de dolor y de determinación.
—Kaeros —susurró Jen.
—He acabado con Selthar —dijo Kaeros, con una voz que sonaba como piedras rompiéndose—. Y ahora voy a acabar con esto.
Edric se giró hacia Kaeros. La niebla en sus ojos brilló con más intensidad.
—El señor de las sombras —dijo la voz del Conquistador a través de la boca de Edric—. Has venido a morir.
—He venido a acabar contigo —respondió Kaeros—. Contigo y con la mentira que has mantenido durante cuatrocientos años.
Edric atacó. El cuchillo de cristal se lanzó hacia Kaeros con la velocidad de un rayo. Pero Kaeros no se movió. Las sombras se interpusieron entre él y el cuchillo, absorbiendo el golpe, desintegrando el cristal en mil pedazos que cayeron al suelo como lluvia negra.
Edric retrocedió. La niebla en sus ojos se agitó, buscando otra arma, otro poder, otra forma de destruir. Pero las sombras de Kaeros eran más fuertes. Más antiguas. Más determinadas.
—Jen —dijo Kaeros, sin apartar la vista de Edric—. Tu marca. La marca en tu pecho. ¿La sientes?
—Sí —respondió Jen, con la mano sobre el esternón—. Siempre.
—No es una cadena —dijo Kaeros—. Es un vínculo. Un vínculo entre tú y yo. Un vínculo que el Conquistador creó para controlarte, pero que ahora puede ser algo más. Puede ser un puente. Un puente entre el agua y la sombra. Un puente que nos dé el poder de acabar con esto.
—¿Cómo? —preguntó Jen.
—Vincúlate a mí —dijo Kaeros, con una voz que ya no temblaba—. No luches contra la marca. Acepta el vínculo. Acepta que el agua y la sombra son parte de lo mismo. Acepta que tú y yo estamos conectados. Y entonces... entonces el poder será nuestro. No del Conquistador. Nuestro.
Jen lo miró. Los ojos grises de Kaeros la encontraron en la penumbra de la capilla y por un instante, solo un instante, Jen vio algo en ellos que no esperaba: certeza. La certeza de alguien que ha pasado cuatrocientos años buscando algo y que por fin lo ha encontrado.
—De acuerdo —dijo Jen.
Cerró los ojos. La mano sobre el pecho. La marca bajo la piel. El agua en las venas.
Y entonces aceptó.
No luchó contra la marca. No intentó arrancarla. No la maldijo ni la odió. La aceptó. La aceptó como parte de ella. Como un lazo entre su cuerpo y el de Kaeros. Como un puente entre el agua y la sombra.
La marca se encendió.
No con la luz fría del Conquistador. Con una luz cálida, dorada, como la llama de una vela en una habitación oscura. La luz se extendió desde su pecho por todo su cuerpo, llenando sus venas, llenando sus huesos, llenando cada célula de su ser.
Y entonces el agua y la sombra se fusionaron.
No fue violento. No fue doloroso. Fue como dos ríos que se encuentran después de correr durante mucho tiempo por separados: la corriente se acelera, se ensancha, se hace más fuerte.
El agua de Jen y la sombra de Kaeros se mezclaron en algún punto entre los dos, creando algo nuevo.
Algo que no era ni agua ni sombra sino algo más. Algo más antiguo. Algo más poderoso.
La luz dorada salió de Jen como un tsunami, extendiéndose por la capilla, tocando cada pared, cada símbolo, cada grieta.
Donde la luz tocaba, la niebla del Conquistador se disipaba.
Donde la luz tocaba, la piedra se sanaba y el poder del Conquistador se retiraba como una marea que se aleja de la orilla.
Edric se detuvo. La niebla en sus ojos se disipó, reemplazada por algo más claro, más humano, más roto. Los ojos del elfo parpadearon con una intensidad que era más dolor que furia.
—Jen... —susurró Edric y la voz era suya de nuevo. No la voz del Conquistador. Su voz.
—Padre —respondió Jen.
—Lo siento —dijo Edric, con una voz que ya no temblaba, sino que se rompía—. Lo siento por todo. Por la cueva. Por el dolor. Por la marca. Por haberte usado. Por no haber sido un padre.
Jen sintió que las lágrimas le caían por las mejillas.
—Lo sé —dijo—. Lo sé.
—¿Me perdonas? —preguntó Edric, con una voz que sonaba a alguien que no espera una respuesta positiva pero que necesita preguntar de todas formas.
Jen lo miró un momento. El agua dentro de ella se movía, no con rabia sino con algo más cálido, más profundo, algo que se parecía peligrosamente a la compasión.