CAPÍTULO 27 #3
Kaeros cayó sobre ella, jadeando, sudoroso, con la cara enterrada en su cuello y el aliento caliente en su piel. Las sombras y el agua se retiraron lentamente, como una marea que se retira de la orilla, dejando tras de sí la huella húmeda de su paso.
Se quedaron así durante un rato, entrelazados, jadeando, con los corazones latiendo al mismo ritmo y las lágrimas mezclándose con el sudor y el rocío y el semen y todo lo que habían sido y todo lo que habían querido ser.
—Jen —susurró Kaeros contra su cuello.
—¿Mmm?
—Te amo.
Las palabras salieron de la boca de Kaeros como sangre de una herida: urgentes, inevitables, imparables. No fueron una elección. Fueron un reflejo. El reflejo de alguien que ha guardado algo durante cuatrocientos años y que no puede guardarlo más.
Jen cerró los ojos. Las lágrimas le cayeron por las mejillas sin ruido, mezclándose con el sudor de Kaeros y el olor a hierro y a hierba húmeda y a todo lo que habían compartido.
—Yo también te amo —respondió Jen, con una voz que sonaba como cristal rompiéndose—.Te amo como nunca he amado a nadie, como nunca creí que podía amar a nadie. Como se ama a alguien que te ha enseñado a vivir cuando solo sabías sobrevivir.
Kaeros sonrió.
Fue la alegría de alguien que ha estado cuatrocientos años sin sonreír y que de repente descubre que hay algo en el mundo que merece ser vivido: el amor de otra persona.
Una carcajada que le sacudió el cuerpo como un terremoto, que le llenó la garganta de un sonido que era mitad lamento y mitad alivio, como el sonido que hace el hielo cuando se rompe.
Jen lo abrazó. Lo rodeó con los brazos. Lo atrajo hacia ella. Le acarició el pelo oscuro con una suavidad que contrastaba con las manos huesudas y las uñas rotas y los nudillos marcados.
—Ríe —susurró Jen contra su pelo—.Porque ahora tienes a alguien que te escucha. Ahora tienes a alguien que te sostiene. Ahora tienes a alguien que te ama.
Kaeros rio.
Parte de él recordó el pasado, en cómo había perdido a Aelith. En como se había encerrado en el dolor y olvidado que el amor podía ser un nuevo camino.
*Espero que puedas perdonarme por amar de nuevo, Aelith*, pensó Kaeros.
Las sombras se movieron alrededor de los dos, no con agitación sino con calma, como animales saben que han llegado a casa. El agua dentro de Jen vibró con cada sollozo de Kaeros, como si el agua quisiera consolarlo, como si el agua quisiera decirle algo que las palabras no podían decir.
Kaeros se quedó dentro de ella, sin moverse, sintiendo el calor de su coño alrededor de su polla. Luego se separó con cuidado y se tumbó a su lado.
Jen cerró los ojos. El cuerpo le dolía, pero era un dolor bueno, un dolor que no pedía nada, un dolor que era la prueba de que algo había cambiado dentro de ella.
—Thalion —susurró.
—¿Mmm?
—¿Puedes quedarte así? ¿Abrazándome? ¿Toda la noche?
Kaeros la rodeó con los brazos. Las sombras se movieron alrededor de los dos, cálidas, protectoras, como un manto de oscuridad.
—Toda la noche —respondió—. Toda la noche. Toda la vida. Siempre que quieras.
Jen cerró los ojos. El latido de Kaeros contra su espalda era lento, profundo, constante. Como el latido de alguien que ha encontrado, por fin, una razón para seguir vivo.
—Thalion —susurró Jen, con una voz que ya estaba empezando a ganar el sueño.
—¿Qué?
—Mañana luchamos.
—Sí —confirmó Kaeros.
—Y ganamos.
—Seguro que sí.
—¿Prometido?
—Prometido.
Jen cerró los ojos. El latido de Kaeros contra su espalda era lento, profundo, constante.
Las sombras se movían alrededor de los dos, cálidas, protectoras, como un manto de oscuridad.
El agua dentro de ella vibró con cada latido de su corazón, como si el agua quisiera decirle algo que las palabras no podían decir.
*Esto es lo que se siente*, pensó Jen, mientras el sueño la atrapaba como una ola que rompe contra la orilla después de años de calma.
*Esto es lo que se siente cuando alguien te ama.
No como un arma. No como una herramienta.
Sino como una persona. Como alguien que merece un helado de fresa.
Como alguien que merece un beso. Como alguien que merece ser abrazada toda la noche *.
*Y eso es más poderoso que cualquier ejército que el Conquistador pueda reunir *.
Cuando estaba bien dormida, Kaeros se levantó.
No por maldad. No por necesidad. Sino porque deseaba que ella estuviera cómoda.
Así que fue al barril de agua que había en la esquina de la tienda, empapó un trapo con agua fría y regresó.
Con una delicadeza que contrastaba con sus manos grandes y callosas, la limpió entre las piernas, donde el semen y el sudor se habían mezclado con el rocío de su piel.
La tocó con la suavidad de quien toca algo sagrado, con la reverencia de quien sabe que lo que tiene entre manos es lo más valioso que ha tenido en cuatrocientos años.
Solo entonces pudo tumbarse de nuevo, abrazarla, sostenerla contra su pecho y aspirar ese aroma que olía a agua fresca, a sal marino y a algo más cálido, más profundo, más suyo que cualquier cosa que hubiera olido en cuatrocientos años.
—Mía —susurró contra su pelo, con la voz rota por la risa, el placer y el peso de cuatrocientos años de soledad que se derrumbaban como una presa que ha resistido demasiado—. Después de siglos... Alguien es mío.
Jen gimió ligeramente en sueños. Un sonido suave, como el del agua. Kaeros la atrajo más hacia él, envolviéndola con los brazos y con las sombras, creando un capullo de oscuridad y de calor y de todo lo que había estado buscando durante cuatrocientos años sin saber que lo estaba buscando.
No durmió.
No quería dormir. Quería estar despierto. Verla hasta que conociera cada centímetro de su piel.
Porque mañana el amanecer llegaría.
Pero ahora, en esta tienda de campaña que olía a sudor, a hierro y a la desesperación de dos personas que saben que el amanecer puede ser lo último que vean, Kaeros tenía lo que cuatrocientos años de soledad le habían arrebatado: alguien a quien amar.
Kaeros pensó mientras las estrellas parpadeaban sobre Drakheim y el ejército de las tinieblas esperaba en la oscuridad con Jen dormida contra su pecho con el latido de su corazón como canción de cuna, era lo más valioso que tenía.
Más valioso que las sombras.
Más valioso que la inmortalidad.
Más valioso que cuatrocientos años de poder.
Porque el poder se puede perder. La inmortalidad se puede romper. Las sombras se pueden purificar.
Pero el amor de alguien que te ha enseñado a sonreír después de cuatrocientos años de silencio, eso no se puede quitar.
Eso es para siempre.
A las seis de la mañana, el cielo empezó a aclararse.
Kaeros lo vio por la rendija de la tienda, donde la lona no llegaba a juntarse con el suelo y dejaba pasar una tira de luz grisácea que se movía con el viento como un dedo que señala el amanecer.
El amanecer.
La batalla.
La última.
Kaeros cerró los ojos. Apretó los brazos alrededor de Jen. Aspiró su aroma. Sintió su latido contra su pecho.
Y entonces susurró, con una voz que ya no tenía nada de comandante, que ya no tenía nada de tirano, que ya no tenía nada de monstruo:
—Vamos a ganar.
Jen gimió ligeramente en sueños. Un sonido suave, un susurro dulce.
—Vamos a ganar —repitió Kaeros—. Porque tengo algo por lo que luchar. Algo que no he tenido en cuatrocientos años. Y vale más que todas las sombras y todos los siglos.
Se inclinó. Besó su frente. La piel estaba cálida, viva, con el latido del corazón vibrando bajo los labios como una promesa.
—Te amo, Jen Delay —susurró contra su piel—. Te amo como no he amado a nadie en cuatrocientos años. Te amo como no sabía que podía amar. Me has enseñado a vivir de nuevo.
Jen gimió de nuevo. Fue como el maullido de un gato.
Y Kaeros se quedó despierto, abrazándola, sintiendo su latido contra su pecho, mirando cómo el cielo se aclaraba por la rendija de la tienda, esperando el amanecer con la determinación de alguien que ha decidido que el amanecer no va a ser el fin.
Va a ser el principio.