CAPÍTULO 25 #3
Las catapultas seguían disparando. Los soldados seguían avanzando.
Las criaturas mágicas seguían apareciendo: basiliscos con ojos de ácido, elfos oscuros con dedos de cuchillo, formas oscuras que no eran las de Kaeros sino las del Conquistador, espectros que se movían entre las filas como depredadores buscando presa.
Malachi luchaba en la muralla este como un demonio desatado.
El fuego brotaba de sus manos con una intensidad que hacía que el aire a su alrededor vibrara, convirtiendo a los soldados que intentaban trepar por las escaleras de asedio en antorchas humanas que caían al vacío con gritos que se cortaban a mitad de camino.
Las llamas se movían con una precisión que era más asesina que cualquier espada: no era un fuego salvaje y descontrolado, sino un fuego que sabía exactamente a quién quemar y cuándo.
—¡Esto es mejor que el sexo! —gritó Malachi, calcinando una fila entera de soldados que intentaban trepar por la muralla con una ráfaga de llamas que los convirtió en cenizas antes de que pudieran sacar las espadas.
Un soldado de Drakheim, que estaba a su lado defendiendo la muralla con una espada y un escudo, lo miró con la expresión de alguien que no sabe si reír o llorar.
—¿Has dicho que es mejor que el sexo? —preguntó el soldado.
—¡No he tenido sexo en cuatrocientos años!
—gritó Malachi, lanzando otra ráfaga de fuego contra un grupo de elfos oscuros que intentaban flanquear la muralla por la izquierda—.
¡Todo es mejor que el sexo cuando no tienes sexo!
¡Hasta la cerveza! ¡Y la cerveza está muy por encima del sexo en mi lista de prioridades!
El soldado soltó una carcajada que le salió del estómago, una risa que se mezcló con el sonido de las catapultas y los gritos de los moribundos y el crujido de las piedras cayendo, y Jen la escuchó desde la muralla sur y sintió que algo dentro de ella se movía, ese sentimiento ya nacido y rebrotado en su pecho, una esperanza pura.
*Malachi está haciendo reír a la gente en medio de una batalla*, pensó Jen. *Está convirtiendo el miedo en risa, haciendo lo que siempre ha hecho: usar el humor como escudo, como espada, como la única arma que no se puede romper*.
*Y funciona*.
El ejército avanzaba, pero más despacio.
Las catapultas de Drakheim habían destruido tres de las seis catapultas enemigas.
Los soldados de Kaeros defendían la muralla con una fiereza que no habían mostrado nunca, porque ahora no luchaban por un tirano que les obligaba a luchar, sino por un hombre que les había pedido que lucharan.
Los seres mágicos morían: el basilisco fue derribado por una lluvia de flechas encantadas que los elfos de la resistencia habían preparado durante los tres días de preparación; los elfos oscuros fueron rechazados por la oscuridad de Kaeros, que se movía por la muralla como un guardián de tinieblas.
Pero el ejército no se retiraba. No retrocedía.
No se rendía. Seguía avanzando, lento, implacable, como una marea que no se puede detener.
Los soldados llenaban los huecos que las catapultas y los látigos de agua y la oscuridad de Kaeros abrían.
Los jinetes cabalgaban por los flancos, buscando los puntos débiles.
Las catapultas seguían disparando, una tras otra, con el ritmo implacable de un corazón que no sabe detenerse.
Y entonces Jen vio algo que le heló la sangre.
En el centro del ejército, detrás de las líneas de soldados y de los seres mágicos y de las catapultas, una figura avanzaba.
No era un soldado. No era un jinete. No era un ogro ni un basilisco ni un elfo oscuro.
Era un hombre. Un elfo. Alto, delgado, con el pelo oscuro y las pupilas del color de la sangre seca.
Vestía una armadura de hierro negro que brillaba bajo el sol como escamas de reptil y en la mano derecha sostenía una espada que no era normal: era una hoja de cristal negro, translúcida, que refractaba la luz del sol en arcoíris diminutos.
Edrin.
Jen lo supo antes de verle la cara. Lo supo antes de que la distancia se lo permitiera. Lo supo con la certeza de alguien que ha crecido en la sombra de un nombre y que ha aprendido a reconocer esa sombra aunque nunca haya visto al hombre que la proyecta.
*Mi padre*, pensó Jen y la sangre le heló en las venas. *Mi padre. Edrin. El traidor. El hombre que me vendió al Conquistador. El hombre que me marcó. El hombre que me crió como un arma. El hombre que mató a mi madre*.
*Está aquí*.
*Viene a matarme*.
El pánico que Jen había controlado durante horas, que había mantenido a raya con la determinación y el agua y la oscuridad de Kaeros, el terror que había convertido en combustible, estalló como una presa rota.
Le subió por la garganta como una bilis caliente.
Le llenó la boca de un sabor metálico que era mitad sangre y mitad hiel.
Le nubló la vista. Le paralizó las manos.
—Jen —dijo Kaeros, desde su posición en la muralla—. Jen, mírame.
Pero Jen no podía mirarlo. No podía apartar la vista de la figura que avanzaba por el centro del ejército, con la espada de cristal negro brillando bajo el sol y la mirada clavada en ella con una intensidad que era más amenazante que cualquier hoja.
*Mi padre*, pensó Jen. *Viene a matarme. Viene a vengarse. Viene a hacer lo que el Conquistador le ha ordenado: convertir su dolor en un arma y usarla contra mí*.
—¡Jen! —gritó Kaeros, con una voz que cortó el aire como un cuchillo.
Jen parpadeó. El terror se retiró un paso, como un animal al que le han gritado. Los ojos encontraron a Kaeros en la muralla, con las sombras arremolinándose a su alrededor como un escudo y la mirada gris clavada en ella con una intensidad que era mitad preocupación y mitad algo más cálido.
—Estoy aquí —dijo Kaeros, con una voz que pretendía ser calmada y sonaba a cualquier cosa menos calmada—. Estoy aquí. No estoy en ningún otro sitio. Estoy aquí. Contigo. A tu lado. Siempre.
Jen tragó saliva. El pánico seguía presente, pero ya no paralizaba. Ahora era un pulso más, un latido adicional que se sumaba al de su corazón y al del agua dentro de ella y al de la oscuridad de Kaeros que la envolvía como una segunda piel.
—Edrin —susurró Jen—. Viene.
—Lo sé —respondió Kaeros—. Las sombras me lo dicen. Pero no es ahora. Ahora no es el momento. Ahora hay que defender la muralla. Ahora hay que sobrevivir al día. Edrin puede esperar. El día no.
Jen asintió. No confiaba en su voz para decir algo. Se giró hacia la muralla, apoyó las manos en la piedra fría y dejó que el agua fluyera de nuevo.
No con la fuerza de antes. No con la intensidad que había usado para matar al ogro.
Con menos. Con lo que tenía. Con lo que quedaba.
La corriente brotó de sus palmas como hilos finos, como venas líquidas que cruzaron la distancia entre la muralla y el ejército y encontraron su objetivo: las catapultas que quedaban, las formaciones de soldados que se acercaban, las criaturas mágicas que avanzaban por el flanco derecho.
Kaeros luchaba a su lado, con las sombras desplazándose por la muralla como guardianes de tinieblas, envolviendo a los soldados que intentaban trepar, bloqueando las flechas que volaban, protegiendo a los defensores que caían.
La oscuridad y el agua se movían juntas, como dos corrientes del mismo río, como dos notas de la misma melodía, como dos manos que se sostienen en la penumbra.
*Agua y sombra*, pensó Jen, mientras el sol cruzaba el cielo sobre Drakheim y las catapultas seguían disparando y los soldados seguían muriendo y Malachi seguía gritando obscenidades desde la muralla este. *Juntas. Como siempre. Como desde el principio*.
Y lucharon.
Lucharon hombro a hombro, con la corriente y la oscuridad mezclándose entre las almenas como un abrazo de tinieblas y luz.
Lucharon contra los soldados que trepaban por las escaleras de asedio.
Contra los elfos oscuros que intentaban infiltrarse por las grietas de la muralla.
Contra los basiliscos que reptaban por el suelo buscando un punto ciego.
Contra las catapultas que seguían disparando piedras que caían como meteoritos sobre la ciudad.
Lucharon contra el miedo. Contra el dolor. Contra cuatrocientos años de mentiras. Contra un ejército que venía a destruirlos. Contra un padre que venía a matarlos. Contra un Conquistador que quería que todo terminara de la manera que él había planeado.
Lucharon. Y no cayeron.
El sol se puso a las seis de la tarde.
No hubo un momento preciso en el que la batalla terminara.
No hubo una rendición, no hubo un alto el fuego, no hubo una trompeta tocando la retirada.
Lo que hubo fue lo contrario: silencio. Un silencio que no era paz ni calma sino algo más parecido al agotamiento de dos ejércitos que han decidido, al mismo tiempo y por las mismas razones, que el día ha tenido suficiente sangre.
El ejército se retiró quinientos metros.
No mucho. No lo suficiente para sentirse seguro.
Pero lo suficiente para que las catapultas dejaran de disparar, para que los soldados dejaran de trepar, para que las criaturas mágicas se replegaran hacia la oscuridad que precedía a la formación como animales que vuelven a su guarida después de una cacería fallida.
Jen se dejó caer contra la pared de la muralla.
Las piernas no la sostenían. Las manos le dolían como si alguien las hubiera metido en un torno y las hubiera apretado hasta que los huesos crujieran.
El antebrazo le ardía donde los vasos sanguíneos se habían roto bajo la presión de la corriente.
Una línea de sangre oscura le bajaba por la muñeca hasta los nudillos, mezclándose con el sudor y el polvo y la sangre de otros que no era suya pero que se había adherido a su piel como una segunda capa.