Lords de los cielos CAPÍTULO 22 #3
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CAPÍTULO 22 #3

Se detuvo frente a Gorath. El elfo corpulento lo miró desde su silla, con los ojos pequeños y brillantes y la mandíbula apretada.

Kaeros lo miró desde arriba, con los ojos grises y la cara surcada de cicatrices y la expresión de alguien que ha visto demasiado y que ha dejado de sorprenderse hace mucho tiempo.

—Os ofrezco tres cosas —dijo Kaeros, con una voz calmada, con ese temple que siempre lo caracterizaba.

El silencio era absoluto.

—La primera es la verdad —continuó Kaeros—. La verdad sobre Edrin. La verdad sobre el Conquistador. La verdad sobre mí. La verdad sobre todo lo que nos han mentido durante cuatrocientos años. Os la ofrezco gratis. Sin condiciones. Sin compromisos. Solo la verdad.

Gorath no dijo nada. Se quedó mirando a Kaeros con esos ojos pequeños y brillantes que parecían leer más de lo que deberían.

—La segunda —continuó Kaeros— es la libertad.

Si ganamos esta batalla, si derrotamos al ejército del Conquistador, si liberamos Draevorn de su control, entonces seréis libres.

Por primera vez en cuatrocientos años, nadie os dirá qué hacer.

Nadie os controlará. Nadie os usará. Seréis libres de elegir vuestro propio destino.

El sonido que recorrió el sótano fue más suave que antes. No era indignación. No era enfado. Era algo más parecido a la esperanza.

—Y la tercera —dijo Kaeros, con una voz más baja— es mi vida. Si lucháis conmigo, si lucháis contra el Conquistador, entonces mi vida es vuestra. No como comandante. No como tirano. Como soldado. Como un hombre más que lucha por lo que cree.

El silencio fue como un cálido abrazo, aunque no era bienvenido.

Gorath dejó la copa de vino sobre la mesa por última vez. Se levantó de la silla, que crujía bajo su peso como un barco a punto de naufragar. Se quedó de pie frente a Kaeros, con la barriga desbordándose por los bordes de la túnica y los ojos pequeños y brillantes fijos en los ojos grises del elfo.

Y entonces hizo algo que Jen no esperaba.

Extendió la mano.

—Trato hecho —dijo Gorath, con una voz que pretendía ser solemne y sonaba a algo mucho más simple: la voz de un hombre que ha decidido creer.

Kaeros miró la mano extendida. Miró a Gorath. Miró a Jen. Y entonces, con la parsimonia de alguien que ha estado cuatrocientos años sin dar la mano a nadie, extendió la suya y la agarró.

Las manos se encontraron. La de Gorath, grande, callosa, con los nudillos como nudos de madera. La de Kaeros, larga, pálida, con cicatrices que surcaban la piel como ríos secos. Las dos manos se apretaron con la fuerza de alguien que ha decidido que no va a soltar.

—Trato hecho —repitió Kaeros.

Y el sótano estalló.

No en violencia. En algo peor: en esperanza.

Cincuenta personas empezaron a hablar al mismo tiempo, murmurando, gesticulando, intercambiando miradas.

Las antorchas de las paredes crepitaban con más fuerza, como si el fuego mismo quisiera participar de la emoción.

La mujer joven de los ojos grandes lloraba.

El elfo mayor de pelo blanco apretaba los puños con la expresión de alguien que ha decidido que ya no va a quedarse de brazos cruzados.

Los soldados desenvainaron las espadas y las levantaron hacia el techo con un gesto que era mitad saludo y mitad promesa.

Brokk se acercó a Jen con una copa de cerveza en la mano que había aparecido de algún lugar imposible, como todas las copas de cerveza de Brokk.

—Buen discurso —dijo el enano, bebiendo un trago—. Lo mejor que he oído en ochenta años. Y he oído muchos discursos. La mayoría malos. Los tuyos son buenos.

—No era un discurso —respondió Jen—. Era la verdad.

—La verdad es el mejor discurso —respondió Brokk—. Porque no se puede mejorar. Solo se puede escuchar.

Jen lo miró. El enano le dedicó una sonrisa que le iluminó la cara como una vela en una habitación oscura.

—Gracias, Brokk —dijo Jen—. Por ayudarnos. Por habernos abierto la puerta.

—Para eso están los amigos —respondió el enano—. Para abrir puertas. Y para las cervezas. Pero sobre todo para las cervezas.

Jen casi sonrió. Casi.

Se acercó a Kaeros, que estaba rodeado de soldados que le hacían preguntas sobre los planes de defensa, sobre las debilidades del ejército del Conquistador, sobre la disposición de las fuerzas.

Kaeros respondía con la paciencia de alguien que ha visto demasiadas guerras y que sabe exactamente qué decir y cuándo decirlo.

Las sombras se movían a su alrededor, envolviéndolos proporcionando esa calma que necesitaban.

Jen lo observó desde la distancia, sintiendo ese calor en el pecho que todavía le resultaba extraño, como un huésped que ha llegado sin avisar y que ahora se niega a marcharse.

Kaeros era diferente. No físicamente: las mismas cicatrices, los mismos ojos grises, la misma mandíbula tensa.

Pero algo dentro de él había cambiado. Algo que no se podía ver pero que se podía sentir.

Algo que ya sabía reconocer realmente: esperanza.

*Esto es lo que se siente*, pensó Jen, mirando cómo Kaeros hablaba con los soldados y cómo las sombras se movían a su alrededor con esa calma nueva que era marca de la purificación.

*Esto es lo que se siente cuando alguien decide luchar.

No por poder. No por venganza. Sino por algo más profundo. Algo más suyo *.

*Algo que tiene un nombre *.

*Y ese nombre es esperanza *.

Se acercó a él. Kaeros la vio venir y algo en su expresión cambió: los ojos grises se suavizaron, la mandíbula se relajó ligeramente, las sombras se movieron hacia ella como animales que reconocen a alguien.

—Bien —dijo Jen—. ¿Y ahora qué?

—Ahora —respondió Kaeros, con una voz que ya no tenía nada de comandante—, nos preparamos. Tres días. Seiscientos soldados. Seis comandantes. Un ejército que viene a destruirnos.

—¿Y podemos ganar? —preguntó Jen.

Kaeros la miró un momento largo. Las sombras se movían a su alrededor con más calma que de costumbre. El agua dentro de Jen vibraba con la proximidad de su cuerpo.

—No lo sé —respondió Kaeros, con una honestidad que le supo a sangre—. Pero sé que vamos a intentarlo. Y sé que no estamos solos.

Jen miró a su alrededor. Gorath estaba de pie junto a una mesa, señalando un mapa con los dedos regordetes y explicando algo a un grupo de soldados que asentían con gravedad.

El elfo mayor de pelo blanco hablaba con un par de artesanos que prometían fabricar armas antes del amanecer.

La mujer joven de los ojos grandes limpiaba sus lágrimas con el dorso de la mano y ayudaba a mover mesas para crear espacio de entrenamiento.

Brokk estaba en su rincón habitual, medio desplomado sobre un barril vacío, con una copa de cerveza en la mano y las tres trenzas de la barba reposando sobre el pecho.

*No estamos solos*, pensó Jen. *Por primera vez en mi vida, no estoy sola *.

—Malachi —dijo Jen de repente.

—¿Qué pasa con Malachi? —preguntó Kaeros.

—Tiene que enterarse. Tiene que saber lo de la resistencia. Tiene que saber que hemos conseguido lo que queríamos.

—Malachi ya lo sabe —respondió Kaeros.

—¿Cómo?

—Porque Malachi siempre sabe. Es su sexto sentido. Su superpoder. Su única habilidad útil aparte de beber cerveza y hacer chistes inapropiados.

Jen casi sonrió. Casi.

—Volvamos a la torre —dijo—. Hay que planear. Hay que entrenar. Hay que...

—Descansar —interrumpió Kaeros, con una firmeza que no admitía réplica—. Primero descansas. Después planeamos. Después entrenamos. Pero primero descansas.

—No tengo tiempo para descansar.

—Tienes tres días. Tres días es mucho tiempo si lo usas bien.

—¿Y qué es usarlo bien?

Kaeros la miró. Y por primera vez desde que Jen lo conocía, la sonrisa que esbozó no era fría ni distante ni irónica. Era una sonrisa pequeña, cansada, como la primera grieta en una pared que lleva siglos sin reparar. Pero estaba ahí.

—Pasar tiempo conmigo —respondió Kaeros—. Porque si vamos a morir en tres días, al menos que muramos habiendo pasado tiempo juntos.

—No vamos a morir —dijo Jen.

—No vamos a morir —confirmó Kaeros.

Y se fueron de la panadería juntos, con el sol de la mañana calentándoles la cara y el peso de tres días aplastándoles los hombros y la certeza de que, por primera vez en cuatrocientos años, algo estaba cambiando en el mundo.

No sabían qué.

No sabían cómo.

Solo sabían que el ejército venía.

Y que ellos, por primera vez, iban a luchar juntos.

Detrás de ellos, en el sótano de la panadería, Brokk se quedó solo. Las cincuenta personas habían subido las escaleras, dejando tras de sí el olor a sudor y a cerveza vieja y a la determinación acumulada de personas que llevan demasiado tiempo esperando algo que por fin había llegado.

Brokk bebió el último trago de cerveza. Dejó la copa vacía sobre el barril. Se quedó mirando la puerta por la que Jen y Kaeros habían salido, con la expresión de alguien que ha visto algo que no puede olvidar.

—Mira por donde —susurró para sí mismo, con una voz que sonaba a alivio y a esperanza y a algo que llevaba ochenta años esperando decir—. Mira por dónde, Edrin. Tu hija ha resultado ser más persona que tú. Y tu arma ha resultado ser más valiente que tu ejército.

Se levantó del barril con un crujido de articulaciones. Se sacudió la túnica. Se ajustó las trenzas de la barba.

—Y ahora —dijo, con una voz que ya no tenía nada de enano borracho—, ahora a beber otra copa. Porque si vamos a salvar el mundo, al menos que lo hagamos con alcohol en la sangre.

Y subió las escaleras del sótano con la determinación de un hombre que ha decidido que el mundo merece ser salvado.

Incluso si el mundo no lo sabe todavía.