Lords de los cielos CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

"Los pueblos que marchan"

Los primeros avisos llegaron al amanecer.

No como cartas. No como mensajeros a caballo.

No como pájaros con pergaminos atados a las patas.

Llegaron como llegan todas las cosas terribles: sin avisar, sin permiso, con la misma naturalidad con la que la lluvia cae o el sol se pone o un hombre descubre que el mundo se ha vuelto contra él mientras dormía.

Fue Malachi quien los trajo.

Apareció en la puerta de la habitación de Kaeros a las seis de la mañana, con las manos todavía vendadas, el pelo rojo como una hoguera mal apagada y la expresión de alguien que ha recibido noticias que preferiría no haber recibido.

No traía cerveza. Eso fue lo primero que Jen notó.

Malachi siempre traía cerveza. Malachi sin cerveza era como un día sin sol, como un río sin agua, como un chiste sin final. Algo faltaba. Algo estaba mal.

—No es bueno —dijo Malachi, desde el umbral, sin entrar, sin sentarse, sin la sonrisa torcida que era su marca.

Kaeros se incorporó en la cama. Jen hizo lo mismo a su lado, con el pelo enmarañado y los ojos hinchados por el sueño. Las sombras de la habitación se tensaron alrededor de Kaeros como animales que detectan el peligro antes de verlo.

—Dime —ordenó Kaeros, con la voz raspada de quien acaba de despertar.

Malachi entró. Se dejó caer en la silla de madera que crujía bajo su peso como un barco a punto de naufragar. Apoyó los codos en las rodillas, se pasó las manos vendadas por la cara y dijo, con una voz que ya no tenía nada de humorística:

—Han convocado a los reinos.

La palabra cayó en el silencio como una piedra en un pozo. Jen sintió que el estómago se le cerraba como un puño.

—¿Cuáles? —preguntó Kaeros.

—Todos —respondió Malachi—. Todos los que quedan.

Vonderia, Sylvaen, Zyrah, Valcorin, Eloria, Theralis.

Todos. El Conquistador los ha llamado. Les ha dicho que Draevorn se ha rebelado.

Que yo, tú y Jen somos una amenaza. Que hay que acabar con nosotros antes de que el resto del continente se contagie.

Jen tragó saliva. La boca le sabía a aguardiente de la noche anterior y a algo más amargo, algo que no era el alcohol sino la certeza de que el mundo se estaba cayendo a pedazos.

—¿Un ejército? —preguntó.

—Un ejército —confirmó Malachi—. No uno grande. No todavía. El Conquistador no envía ejércitos grandes. Envía destacamentos. Mando. Unos cien por región. Seiscientos en total. Seis comandantes. Seis banderas. Seis razones para matarnos.

—Seiscientos soldados —repitió Kaeros, con la voz de alguien que ha visto guerras y que sabe exactamente lo que significan esos números.

—Seiscientos —confirmó Malachi—. Con armas. Con magia. Con la bendición del Conquistador. Y con una orden muy clara: acabar con el traidor de Draevorn y con la chica del agua.

La habitación se llenó de un silencio que era más denso que la piedra de las paredes.

Las sombras se movían alrededor de Kaeros con más agitación, enroscándose en sus hombros, trepando por su espalda, moviéndose como animales heridos que buscan refugio.

Jen sintió que el agua dentro de ella vibraba, no con miedo sino con algo más antiguo, más profundo, algo que se parecía peligrosamente a la determinación.

—¿Cuándo llegan? —preguntó Kaeros.

—En tres días —respondió Malachi—. Quizás cuatro. Depende de las caravanas. Depende de los pasos de montaña. Depende de si los de Vonderia se pierden otra vez, que se pierden siempre porque los mapas de Vonderia son tan malos como su cerveza.

—Tres días —repitió Kaeros.

—Tres días —confirmó Malachi.

El silencio se alargó. Jen miró a Kaeros. Kaeros miró a Jen. Entre los dos, en ese espacio lleno de sombras y de agua y de todo lo que no se habían dicho, pasó algo que Jen no esperaba: Kaeros sonrió.

No fue una sonrisa grande ni alegre. Fue una sonrisa pequeña, cansada, como la primera grieta en una pared que lleva siglos sin reparar.

Pero estaba ahí. Y Jen la vio y supo, con la certeza de alguien que ha aprendido a leer las sombras como quien lee un libro, que esa sonrisa significaba algo importante.

—Bien —dijo Kaeros —. Entonces tenemos tres días. Tres días para hacer algo que lleva cuatrocientos años sin hacerse.

—¿Qué? —preguntó Malachi.

—Liberar Draevorn.

La panadería olía a pan recién horneado y a conspiración.

Jen se quedó de pie frente a la puerta de "El Panadero Rebelde", con el corazón latiéndole con tanta fuerza que podía sentirlo en las muñecas, en la garganta, en las sienes.

A su lado, Kaeros estaba inmóvil, con las manos cruzadas a la espalda y los ojos grises clavados en la puerta de madera con una intensidad que hacía que el aire a su alrededor vibrara.

No llevaba la túnica negra de comandante.

Vestía la camisa de lino gris, desabotonada en el cuello, con las mangas arremangadas hasta los codos.

Las grietas en los hombros eran visibles bajo la tela, oscuras, con sombras moviéndose como podían.

—¿Estás seguro? —preguntó Jen, por tercera vez en los últimos diez minutos.

—Estoy seguro —respondió Kaeros, por tercera vez.

—Te condenaron a muerte la última vez que estuve aquí. Bueno, me condenaron a mí, pero contigo probablemente harán algo peor.

—No pueden hacerme algo peor de lo que el Conquistador me ha hecho en cuatrocientos años.

—Pueden intentarlo.

—Pueden intentar lo que quieran. Estoy aquí. No me voy a mover.

Jen lo miró. Kaeros le devolvió la mirada con esos ojos grises que parecían plata fundida bajo el sol de la mañana.

Y por un instante, solo un instante, Jen vio algo en ellos que no había visto antes: la determinación de alguien que ha decidido que ya no va a huir.

No del Conquistador. No de la resistencia. No de sí mismo.

—Vale —dijo Jen—. Entonces entramos.

Empujaron la puerta.

El interior de la panadería era exactamente como Jen lo recordaba: mostradores llenos de pan, el olor a masa fermentada, un horno enorme en el fondo que despedía un calor abrasador.

El panadero, un hombre joven con una barba incipiente y los ojos llenos de harina, los miró con la expresión de alguien que ve a dos personas que no deberían estar juntas y que sin embargo están juntas.

—El sótano —dijo el panadero, señalando la puerta del almacén con una mano cubierta de masa—. Pero no sé si deberíais...

—Lo sabemos —interrumpió Jen—. Gracias.

El panadero abrió la boca para decir algo, probablemente una advertencia o una súplica o una de esas frases que la gente dice cuando no sabe qué decir y que suenan a cualquier cosa excepto a lo que pretenden ser.

Pero Jen y Kaeros ya habían cruzado el almacén y habían bajado la escalera y estaban frente a la puerta del sótano.

La puerta estaba cerrada. Jen la empujó. No se movió.

—Cerrada —dijo Jen.

—Déjame a mí —dijo Kaeros, dando un paso adelante.

Las sombras se movieron de sus dedos hacia la cerradura, colándose por el ojo de la llave como agua por una grieta. El metal crujió. La cerradura se abrió con un clic suave que resonó en el silencio de la panadería como un suspiro.

—Tus sombras saben abrir cerraduras —observó Jen.

—Mis sombras saben hacer muchas cosas —respondió Kaeros—. Abrir cerraduras es la menos impresionante.

—¿Cuál es la más impresionante?

—Escuchar lo que la gente desea.

Jen casi sonrió. Casi.

Empujó la puerta.

El sótano estaba lleno.

No como la última vez, cuando había treinta personas de pie apretujadas entre las mesas de madera.

Esta vez había más de cincuenta, sentadas en círculo, con las caras tensas y los ojos fijos en la puerta como si estuvieran esperando algo que no sabían qué era.

Las antorchas de las paredes crepitaban con un sonido que era mitad fuego y mitad latido.

Jen reconoció los rostros. Gorath, el elfo corpulento, sentado en una silla que crujía bajo su peso con la copa de vino en la mano y la barba llena de migas de pan.

El elfo mayor de pelo blanco y cara de piedra.

La mujer joven de los ojos grandes que la había mirado con reverencia y luego con desprecio.

Los soldados desmovilizados. Los artesanos sin talleres.

Los nobles menores sin tierras. Todos. Todos estaban ahí.

Y todos la miraron.

No a ella. A Kaeros.

El silencio que siguió fue tan profundo que Jen pudo oír el crepitar de las antorchas, el latido de su propio corazón, el sonido de cincuenta personas conteniendo la respiración al mismo tiempo.

Gorath pareció gruñir. Los ojos pequeños y brillantes se fijaron en Kaeros con una intensidad que era mitad terror y mitad algo más oscuro: la expresión de alguien que ve al monstruo de sus pesadillas hecho carne y que no sabe si huir o quedarse paralizado.

—¿Qué...? —empezó Gorath.

—Vengo en paz —dijo Kaeros con solemnidad.

El silencio se alargó. Un segundo. Dos. Cinco. Cada uno eterno, cada uno cargado de una tensión que hacía que el aire fuera tan denso que Jen podía casi verlo.

Y entonces apareció Brokk.

No de la puerta. No de la escalera. De debajo de una mesa del rincón, donde estaba medio escondido detrás de un barril vacío, con una copa de cerveza en la mano y las tres trenzas de la barba reposando sobre el pecho.

Se levantó con un crujido de articulaciones que resonó en el sótano como un trueno en una botella y dijo, con la voz de alguien que lleva ochenta años esperando este momento:

—¡Callarse todo el mundo!

El silencio se hizo más profundo.

—Escuchad —continuó Brokk, caminando hacia el centro del círculo con la determinación de un hombre que ha tomado una decisión importante y que no va a cambiar de opinión—.

Sé lo que estáis pensando. Sé que veis al monstruo.

Sé que veis al tirano. Sé que veis al hombre que ha acabado con seis resistencias en cuatrocientos años.

Lo sé. Y no os pido que dejéis de pensarlo.

Solo os pido que escuchéis antes de sacar las espadas.

Gorath abrió la boca para responder, pero Brokk se adelantó.