CAPÍTULO 21 #2
—Nunca dijo su nombre. Debía llamarle padre o señor —reconoció Jen.
—Y entonces —continuó Malachi, con una voz más baja—, el Conquistador lo encontró. O mejor dicho, el Conquistador dejó que Edrin lo encontrara. Porque el Conquistador no se deja encontrar. El Conquistador elige cuándo ser visto. Y eligió a Edrin.
—¿Por qué? —preguntó Jen.
—Porque Edrin tenía algo que el Conquistador quería. No poderes. No habilidades. Algo más valioso: acceso. Acceso a la resistencia. Acceso a los planes. Acceso a las personas que creían que estaban luchando contra el Conquistador cuando en realidad estaban trabajando para él sin saberlo.
Jen sintió que el estómago se le cerraba como un puño.
—Edrin aceptó —continuó Malachi, con la voz de alguien que cuenta una historia que ha contado muchas veces pero que todavía le parece inverosímil—.
No con entusiasmo. No con placer. Lo hizo con la expresión de un hombre que firma su propia sentencia.
Porque Edrin sabía lo que significaba aceptar.
Significaba traicionar a todo el mundo. A sus amigos.
A sus compañeros. A la resistencia. Significaba convertirse en lo que había jurado destruir.
—¿Y por qué aceptó? —preguntó Jen y la voz le sonó más pequeña de lo que pretendía.
—Porque el Conquistador le ofreció algo —respondió Malachi—.
Algo que nadie más podía ofrecerle. Un hijo.
Un heredero. Alguien que pudiera heredar el poder del agua y de la sombra.
Alguien que pudiera ser forjado como arma contra el único hombre que el Conquistador no podía controlar directamente: Kaeros.
Jen sintió que el mundo se detenía.
—Yo —susurró.
—Tú —confirmó Malachi—. Tú. El Conquistador le dijo a Edrin: "Ten un hijo con la sirena. Críalo como un arma. Márcalo. Y cuando esté listo, envíalo contra Kaeros. Si lo mata yo gano. Si Kaeros la mata yo gano también. Porque la muerte de ambos me conviene."
El silencio que siguió fue tan denso que Jen pudo oír el latido de su propio corazón como un tambor lejano.
—Edrin aceptó —continuó Malachi, con una voz que ya no tenía nada de humorística—.
Encontró a tu madre. La sirena. No sé cómo se llama, Edrin nunca me lo dijo.
Pero sé que era poderosa. Que tenía el canto de control.
Que el Conquistador la eligió porque su agua era la más fuerte que había encontrado en generaciones.
Edrin y ella te concibieron. Te criaron en una cueva.
Te entrenaron. Te marcaron. Y te enviaron a Drakheim.
—Para matar a Kaeros —dijo Jen y la palabra le supo a sangre.
—Para matar a Kaeros —confirmó Malachi—. O para que Kaeros te matara a ti. Da igual. El Conquistador gana de cualquier manera. Porque el Conquistador no pierde. Nunca pierde. Solo crea situaciones en las que todas las salidas le convienen.
Jen cerró los ojos. Las lágrimas le cayeron por las mejillas sin ruido, mezclándose con el sabor del aguardiente y el peso de la verdad.
—Edrin —repitió, porque necesitaba decirlo, porque necesitaba que el nombre fuera real.
—Edrin —confirmó Malachi—. Tu padre. El traidor. El hombre que te vendió al Conquistador antes de que nacieras.
Jen abrió los ojos. Miró a Malachi. Los ojos de carbón la encontraron en la penumbra de la habitación, brillando.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora —dijo Malachi, dejando la copa sobre la mesa con un golpe seco—, ahora hacemos algo que lleva cuatrocientos años sin hacerse en Drakheim.
—¿Qué?
—Decimos la verdad.
Jen se detuvo.
—¿Y tú cómo sabes todo esto? —dijo extrañada.
—Lo supo Kaeros cuando la lámpara con patas vino a atacarnos. Las sombras le hicieron un análisis. Al parecer era amigo de tu padre. Ironías de la vida. Y como siempre Kaeros se lleva el tanto… Pues esta vez te lo digo yo. Así es el periodismo guapa —sonrió Malachi.
Sí.
Ese hombre era único en su especie.
La habitación de Kaeros era fría.
No era el frío de la noche ni el frío de la piedra.
Era el frío de alguien que ha dejado de encender fuego porque ya no recuerda para qué sirve el calor.
Las antorchas de las paredes parpadeaban con una luz temblorosa que proyectaba sombras danzantes en los muros de granito negro, creando figuras que se movían como criaturas diminutas que intentan escapar de la piedra.
Jen, Kaeros y Malachi estaban sentados alrededor de la mesa de mapas.
Malachi ocupaba su silla habitual, la que crujía como un barco a punto de naufragar, con las manos vendadas apoyadas sobre la tabla y una copa de aguardiente que había aparecido de algún bolsillo interior de su túnica.
Kaeros estaba en la cabecera, con las manos cruzadas sobre la mesa y los ojos grises fijos en un punto del suelo que solo él podía ver.
Jen estaba entre los dos, con las manos apoyadas en las rodillas y el corazón latiéndole con un ritmo que no reconocía.
Las sombras se movían alrededor de Kaeros con más lentitud que de costumbre.
La purificación de esa mañana había hecho algo con ellas: no las había eliminado, pero las había calmado, como un animal domesticado que ha dejado de morder y que ahora se limita a observar desde la esquina.
Las grietas en los hombros de Kaeros eran más estrechas, pero seguían ahí, oscuras, visibles bajo la luz temblorosa de las antorchas.
—Bien —dijo Malachi, rompiendo el silencio con la delicadeza de un elefante en una cristalería—. Estamos los tres. Tenemos alcohol. Tenemos problemas. Tenemos la cara de Kaeros, que es la misma de siempre, lo cual es tranquilizante y deprimente al mismo tiempo. ¿Por dónde empezamos?
—Por la resistencia —dijo Jen.
Malachi enarcó una ceja.
—La resistencia —repitió—. ¿La misma resistencia que te condenó a muerte hace tres días? ¿La misma resistencia que te iba a ejecutar al amanecer? ¿Esa resistencia?
—Esa misma —confirmó Jen.
—Solo para aclarar —dijo Malachi, bebiendo un trago de aguardiente—. ¿Quieres volver al lugar donde te condenaron a muerte y hablar con las personas que querían matarte? Y tu plan es... ¿decirles la verdad?
—Sí.
—La verdad —repitió Malachi—. Que Edrin, el héroe legendario de la resistencia, el padre que sacrificó todo por la causa, resulta ser un traidor que vendió a su propia hija al Conquistador.
—Esa verdad.
Malachi la miró un momento largo. Luego se sirvió otra copa.
—Vale —dijo—. Me gusta. Me gusta el plan.
Me gusta la valentía. Me gusta el absurdo.
Me gusta todo excepto la parte en la que probablemente nos matan.
Pero incluso esa parte tiene su encanto, porque morir por la verdad es mejor que morir por la cerveza, que es lo que yo estaba planeando antes de que llegaras.
—No vamos a morir —dijo Kaeros, hablando por primera vez desde que se habían sentado.
Malachi y Jen se giraron hacia él. Kaeros seguía con las manos cruzadas sobre la mesa y los ojos grises fijos en el punto del suelo. Pero su voz tenía algo diferente: no era la voz del comandante, fría y distante. Era la voz de alguien que ha tomado una decisión y que no va a cambiar de opinión.
—No vamos a morir —repitió Kaeros, levantando la vista—.
Porque lo que vamos a decirles no es solo la verdad sobre Edrin.
Es la verdad, sobre todo. Sobre el Conquistador.
Sobre la marca de Jen. Sobre las seis resistencias con las que he acabado en cuatrocientos años.
Sobre el hecho de que todas funcionaban para el Conquistador sin saberlo. Sobre el hecho de que yo también.
Jen sintió que el corazón se le detenía.
—¿Tú también qué? —preguntó, con una voz que sonó más pequeña de lo que pretendida.
—Yo también trabajaba para el Conquistador —respondió Kaeros, con una voz que sonaba como si le hubieran pasado papel de lija por dentro—.
Durante cuatrocientos años. Sin saberlo.
Sin quererlo. Sin poder evitarlo. Porque cuando aceptas la inmortalidad del Conquistador, aceptas su voluntad.
Y su voluntad es que yo gobierne Draevorn en su nombre.
Que yo acabe con las resistencias. Que yo mantenga el orden. Que yo sea su perro.
El silencio que siguió fue tan denso que Jen pudo oír el crepitar de las antorchas.
—Pero ahora —continuó Kaeros, con una voz más firme—, algo ha cambiado. Algo dentro de mí. Algo que el Conquistador no esperaba. Algo que no puede controlar.
—¿Qué? —preguntó Jen.
—Tú —respondió Kaeros—. Y el agua. Y la purificación.
Y el hecho de que, por primera vez en cuatrocientos años, las sombras dentro de mí se han calmado.
No desaparecido. Calmado. Y eso significa que el control del Conquistador se ha debilitado.
Que su voluntad ya no es absoluta. Que ahora puedo elegir.
—¿Elegir qué? —preguntó Malachi, con una voz que ya no tenía nada de humorística.
—Elegir luchar —respondió Kaeros—. Contra él. Contra el Conquistador. Por primera vez en cuatrocientos años, puedo elegir no obedecer.
El silencio que siguió fue tan profundo que Jen pudo oír el latido de los tres corazones, sincopados, como tres tambores que aprendieron a tocar la misma canción.
—Bien —dijo Malachi, dejando la copa sobre la mesa con un golpe seco—.
Entonces el plan es este. Vamos a la resistencia.
Les decimos la verdad sobre Edrin. Les decimos la verdad sobre el Conquistador.
Les decimos la verdad sobre Kaeros. Y les pedimos que luchen con nosotros. Contra el verdadero enemigo.
—¿Y si no quieren? —preguntó Jen.
—Si no quieren —respondió Malachi, con una sonrisa que era mitad advertencia y mitad promesa—, entonces les hacemos una barbacoa con sus huesos. Con los mismos cristales del emisario.
—No vamos a hacer barbacoas a nadie —dijo Kaeros.
—Lo decía en broma.
—No me río.
—Nunca te ríes. Ese es tu problema. Tu problema y el de la humanidad en general. La gente no se ríe lo suficiente. Si todos nos riéramos más, el Conquistador no tendría poder. Porque el poder del Conquistador se basa en el miedo. Y el miedo no sobrevive a la risa.