Lords de los cielos CAPÍTULO 20 #4
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CAPÍTULO 20 #4

—Gracias —susurró Kaeros contra sus dedos.

—No me lo agradezcas —respondió Jen—. Para eso estoy. Para las curaciones fallidas y los dedos sangrados y los besos en los nudillos.

Kaeros casi sonrió. Casi. La sonrisa llegó hasta la comisura de sus labios y se quedó ahí, como un fantasma que no termina de materializarse.

—No fue una curación fallida —dijo—. Fue la primera vez en cuatrocientos años que las sombras se han calmado.

—¿De verdad?

—De verdad. Has purificado algo. No todo. Pero algo. Y eso es más de lo que nadie ha hecho en cuatrocientos años.

Jen sintió que los ojos se le humedecían.

—No es suficiente —dijo—. Necesito hacerlo más. Necesito limpiar más. Necesito...

—Mañana —interrumpió Kaeros, con una firmeza que no admitía réplica—. Mañana lo intentamos de nuevo. Pero ahora descansas. Ahora comes. Ahora dejas que tus dedos sanen.

—Mis dedos están bien.

—No están bien. Sangran.

—Siempre sangran. Es lo que hacen mis dedos. Sangran y sangran y sangran y nadie se preocupa por ellos.

—Yo me preocupo —dijo Kaeros y la palabra le supo a algo que no había dicho en mucho tiempo.

Jen lo miró. Las lágrimas le cayeron por las mejillas sin ruido. No las limpió. Dejó que cayeran, mezclándose con la sangre de sus dedos y el agua del lago y el sol de la mañana que les calentaba la cara.

—Thalion —dijo Jen, usando su nombre real.

—¿Qué?

—¿Puedes besarme?

Kaeros la miró un momento largo. Luego, sin decir nada, se inclinó hacia ella y la besó.

El beso fue suave. Más suave de lo que Jen esperaba.

Los labios de Kaeros estaban fríos, como siempre, pero debajo del frío había algo cálido, vivo…

Se sentía esperanza. Jen cerró los ojos y dejó que el beso la llenara, como el agua llena un vaso, como el aire llena los pulmones, como el helado llena la boca con su dulzor.

Las sombras se movieron alrededor de los dos. Pero esta vez eran diferentes. Más suaves. Más cálidas. Más lentas. Como si la purificación hubiera hecho algo con ellas: no quitarlas, sino calmarlas. No destruirlas, sino domesticarlas.

Las sombras y el agua se mezclaron en algún punto entre los dos cuerpos, fundiéndose, mezclándose, creando algo que no era ni sombra ni agua sino algo nuevo. Jen lo sintió: una calidez, una paz, una sensación de pertenencia que no había sentido nunca.

*Esto es lo que se siente*, pensó Jen, mientras los labios de Kaeros se movían contra los suyos y las sombras los envolvían como un capullo de oscuridad y luz.

*Esto es lo que se siente cuando alguien te elige y tú lo eliges de vuelta.

No por lo que puedes hacer. No por lo que vales. Sino por lo que eres *.

Cuando se separaron, jadeando, con las frentes juntas y las respiraciones entremezcladas, Jen abrió los ojos y vio que las grietas de Kaeros eran más estrechas que antes.

No habían desaparecido. Todavía estaban ahí.

Todavía eran oscuras. Todavía tenían sombras moviéndose dentro.

Pero eran más estrechas. Como si algo dentro de él se hubiera calmado.

Como si la purificación hubiera hecho algo que cuatrocientos años de soledad no habían podido hacer: empezar a cerrar las heridas.

—No es suficiente —susurró Jen.

—Lo sé —respondió Kaeros.

—Mañana lo intentamos de nuevo.

—Mañana.

—Y al otro día. Y al otro. Y al otro. Hasta que estés limpio. Hasta que las sombras dejen de matarte. Hasta que dejes de toser niebla negra a las tres de la mañana.

—Eso puede llevar mucho tiempo —dijo Kaeros.

—Tengo tiempo —respondió Jen—. Tengo todo el tiempo que haga falta.

Kaeros la miró. Y por primera vez desde que Jen lo conocía, algo en sus ojos grises brilló no con frialdad ni con tristeza sino con algo más cálido, más luminoso, algo que se parecía peligrosamente a la gratitud.

—¿Y la marca? —preguntó Kaeros.

Jen se llevó la mano al pecho. La marca del Conquistador pulsaba debajo de la piel, fría, silenciosa, paciente.

Pero debajo de la marca, la corriente subterránea seguía fluyendo.

Y ahora, junto a esa corriente, había algo nuevo: la huella de las sombras de Kaeros, grabadas en su agua como un tatuaje invisible.

—La marca puede esperar —repitió Jen—. Tú no.

Kaeros la besó de nuevo. Esta vez más lento, más profundo, con la lengua que le recorrió los labios como quien saborea algo que ha esperado mucho tiempo. Jen gimió contra su boca, un sonido ahogado que le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica.

Las sombras se cerraron alrededor de los dos como un capullo. El agua brotó de la piel de Jen como rocío de la mañana. Se sintió bien, correcto.

Y en algún lugar profundo del cuerpo de Kaeros, en ese rincón donde las sombras habían estado devorándolo durante cuatrocientos años, algo se calmó. Algo se cerró. Algo empezó a sanar.

No mucho. No del todo. Pero algo.

Y algo, pensó Jen mientras los labios de Kaeros se movían contra los suyos y el agua y las sombras se mezclaban en una niebla que olía a lluvia y a tierra mojada, era suficiente.

Porque algo es más que nada.

Y en un mundo que había empezado con nada, algo era el comienzo de todo.