CAPÍTULO 20 #2
No la muerte de los cadáveres ni la muerte de los campos de batalla.
Era una muerte más antigua, más profunda, la muerte de las cosas que llevan demasiado tiempo existiendo y que ya no pueden seguir existiendo.
Era el olor de la piedra que se desmorona, del hierro que se oxida, del agua que se estanca.
El olor de algo que ha dejado de vivir pero que todavía no ha aprendido a dejar de existir.
Jen se incorporó.
—Kaeros —dijo y su voz sonó más rota de lo que pretendía.
Él no se giró. Se quedó sentado en el borde de la cama, con los codos en las rodillas y la mano todavía apretada contra la boca. Las sombras se movían a su alrededor con más agitación, enroscándose en sus brazos, trepando por su espalda, moviéndose como animales heridos que buscan refugio.
—Kaeros —repitió Jen, poniendo una mano en su espalda.
Él se tensó. No de dolor, sino de algo peor: de vergüenza. Jen lo sintió bajo sus dedos, la tensión de unos músculos que se aprietan porque su dueño quiere desaparecer.
—Estoy bien —dijo Kaeros, profundo. Grave.
—No estás bien —respondió Jen y la firmeza de su propia voz le sorprendió—. Te he visto las grietas. En los hombros. En el pecho. En el cuello. Las sombras se mueven dentro de ti como animales atrapados. Y ahora toses niebla negra a las tres de la mañana. No estás bien. Y me has mentido.
Kaeros no respondió. Se quedó inmóvil, con la mano apretada contra la boca y los ojos clavados en el suelo. Las sombras se movían a su alrededor con más agitación, como si quisieran protegerlo de algo que no podían protegerlo.
—¿Cuánto tiempo lleva? —preguntó Jen, con una voz que ya no temblaba.
Kaeros no respondió.
—¿Cuánto tiempo, Kaeros?
—Thalion —corrigió él, con un hilo de voz—. Mi nombre es Thalion.
—Thalion —repitió Jen y el nombre le supo a algo que no sabía nombrar—. ¿Cuánto tiempo lleva pasando?
Él cerró los ojos. Las sombras se tensaron alrededor de él como cuerdas a punto de romperse.
—Cuatrocientos años —murmuró.
La palabra cayó en el silencio como una piedra en un pozo.
—¿Cuatrocientos años? —repitió Jen y la incredulidad le cortó la respiración—. Cuatrocientos años tosiendo niebla. Cuatrocientos años con grietas en la piel. Cuatrocientos años... ¿muriendo?
—No es morir —respondió Kaeros, con una voz más suave—. Es... desaparecer. Las sombras me sostienen. Me mantienen vivo. Me dan poder. Pero a cambio, me devoran. Lento. Paciente. Como la erosión en una montaña. No se nota de un día para otro. Pero se nota de un siglo a otro.
Jen sintió que los ojos se le humedecían.
—¿Y por qué no me lo has dicho? —preguntó y la voz le tembló ligeramente.
—Porque no quería que me vieras así —respondió Kaeros y la honestidad de esa confesión le dolió como un cristal clavándose en la palma de la mano—.
No quería que vieras las grietas. No quería que olieras la niebla.
No quería que supieras que el hombre que te ha besado se está desmoronando por dentro.
Jen lo miró. Las lágrimas le cayeron por las mejillas sin ruido, como si incluso el dolor tuviera miedo de ser escuchado.
—Eso no me hace querer irme —dijo, con una voz que sonó más firme de lo que sentía—. Eso me hace querer quedarme más.
Kaeros abrió los ojos. Los ojos grises la encontraron en la penumbra, brillando como plata fundida bajo la luz de la vela moribunda.
—No puedes curarme —dijo, con una voz que sonaba como si le hubieran arrancado las palabras de la garganta—. Nadie puede. Las sombras son parte de mí. Quitarlas sería como quitarme la sangre. Sería...
—Matarte —terminó Jen.
El silencio que siguió fue tan denso que Jen pudo oír el latido de su propio corazón.
—Entonces —dijo Jen, con una voz que ya no temblaba—, no voy a quitártelas. Voy a purificarlas.
Kaeros la miró. La expresión de su rostro cambió, como si alguien hubiera movido las piezas de un puzle: los mismos ojos, la misma mandíbula, la misma cicatriz en la mejilla, pero con un significado diferente.
Ya no era la cara del comandante. Era la cara de alguien que no entiende lo que le están diciendo.
—¿Purificar? —repitió.
—El agua —explicó Jen, con una claridad que le sorprendió—.
Mi agua. Cuando nos mezclamos, cuando las sombras y el agua se funden, la niebla del Conquistador se debilita.
Lo descubrimos la primera vez. Lo sentimos.
El agua puede limpiar las sombras sin quitarlas.
Puede sacar lo que sobra. Puede purificar.
—O puede matarme —dijo Kaeros.
—Lo sé —respondió Jen y la palabra le supo a sangre—. Lo sé. Pero la alternativa es quedarme de pie mirando cómo te mueres durante los próximos cuatrocientos años. Y eso no es una alternativa. Eso es una sentencia.
Kaeros la miró un momento largo. Las sombras se movían a su alrededor con más agitación, como animales que detectan una tormenta antes de que caiga. Luego, con una voz más baja que nunca, dijo:
—No ahora. Necesito pensar.
Jen asintió. No lo presionó. No podía presionarlo. No cuando lo miraba y veía las grietas en sus hombros y la niebla en sus pulmones y el miedo en sus ojos, un miedo que no era el miedo de morir sino el miedo de que ella lo viera morir.
*Eso es amor*, pensó Jen y la idea le supo a algo que no sabía nombrar. *El amor no es besos ni helados ni sombras cálidas. El amor es el miedo de que alguien a quien quieres vea lo peor de ti y se vaya *.
Se acercó a él. Lo rodeó con los brazos. Las sombras se movieron alrededor de los dos, cálidas, lentas, como un animal que se rinde.
—No me voy a ir —susurró Jen contra su cuello—. Me dan igual las grietas y la niebla. Da igual lo que seas por dentro. No me voy a ir.
Kaeros no respondió. Pero los brazos le rodearon la cintura, grandes, pesados, temblando ligeramente y Jen supo que eso era suficiente.
Lo intentó al amanecer.
No porque estuviera preparada. No porque tuviera un plan.
No porque supiera exactamente lo que estaba haciendo.
Lo hizo porque las grietas de Kaeros habían crecido durante la noche, extendiéndose por sus hombros como ríos secos en un desierto de piel y la niebla que tosía era más oscura que la del día anterior y Jen sabía, con la certeza de alguien que ha crecido rodeada de agua y que ha aprendido a leer sus corrientes como quien lee un libro, que el tiempo se estaba acabando.
Estaban en el lago de los susurros. El lago que ella había nombrado. El lago donde habían abierto sus heridas. El lago donde todo había empezado.
Kaeros estaba sentado en la roca, con los pies descalzos rozando el agua y las manos apoyadas en los muslos.
No llevaba la túnica negra de comandante.
Vestía la camisa de lino gris, desabotonada en el cuello, con las mangas arremangadas hasta los codos.
Y las grietas eran visibles: líneas oscuras que le surcaban los antebrazos como venas de obsidiana, con sombras moviéndose dentro como peces atrapados en un estanque demasiado pequeño.
Jen se arrodilló frente a él. El frío de las rocas le caló las rodillas a través de la tela. El agua del lago estaba quieta, cristalina, reflejando las montañas con esa fidelidad obscena que le recordaba al Lago Espejo.
—¿Estás listo? —preguntó Jen.
Kaeros la miró. Los ojos grises la encontraron en la luz del amanecer y Jen vio en ellos algo que no había visto nunca: miedo.
No el miedo del guerrero ante una batalla.
No el miedo del comandante ante una amenaza.
El miedo desnudo, animal, de alguien que está a punto de entregar su cuerpo a algo que podría destruirlo.
—No —respondió Kaeros.
—¿Entonces?
—Pero confío en ti.
Las palabras llegaron a Jen como piedras cayendo en un pozo. Una a una. Lentas. Pesadas. Con un sonido que retumbaba en la distancia.
*Confío en ti *.
Nadie le había dicho eso antes. Nunca. Ni sus padres. Ni la resistencia. Ni nadie. Nadie le había dicho "confío en ti" con la voz de alguien que ha decidido entregar su vida a otra persona sin condiciones, sin garantías, sin certeza de que vaya a salir bien.
*Confío en ti *.
Jen tragó saliva. Las lágrimas le apretaban detrás de los ojos, pero no lloró. No podía. Tenía que ser fuerte. Tenía que ser agua. Tenía ser lo que siempre había sido, solo que ahora lo hacía por una razón que era suya y de nadie más.
—Cierra los ojos —dijo Jen, con una voz que ya no temblaba.
Kaeros cerró los ojos.
Jen extendió las manos. Las posó sobre su pecho, sobre las grietas, sobre la piel fría donde las sombras se movían como animales atrapados.
El contacto fue inmediato: el agua dentro de ella vibró, como una cuerda de arpa pulsada por unos dedos invisibles.
La vibración subió por sus brazos, le cruzó el pecho, le llegó a la garganta.
*Cálmate*, se ordenó Jen. *Cálmate y hazlo.
No pienses en el miedo. No pienses en lo que puede salir mal.
Piensa en el agua. Piensa en la corriente subterránea.
Piensa en lo que hay debajo de la marca, debajo del canto de control, debajo de todo lo que tus padres te pusieron encima. Piensa en lo que es tuyo *.
Jen cerró los ojos. Y dejó que el agua fluyera.
No fue un látigo. No fue una ola. No fue la violencia con la que su madre le había enseñado a mover el agua durante diecisiete años.
Fue algo más suave, más profundo, más suyo.
El agua brotó de sus manos como una caricia líquida, envolviendo el pecho de Kaeros con una delicadeza que era casi reverencial.
No era agua de río ni agua de lluvia. Era agua de dentro de ella, agua que venía del lugar donde la corriente subterránea fluía, agua que era más antigua que la marca y más fuerte que el canto de control.
El agua se encontró con las sombras.