CAPÍTULO 19 #2
—¡Malachi! —gritó Kaeros desde el otro lado del patio, intentando acercarse, pero las sombras no llegaban lo suficientemente rápido. El emisario había levantado una barrera de cristal entre ellos, una pared translúcida que bloqueaba el paso como un muro de hielo.
—Tranquilo, jefe —respondió Malachi, con una voz que intentaba ser ligera y sonaba a cualquier cosa menos ligera—. Esto lo arreglo yo.
—¿Con qué? —preguntó el emisario—. ¿Con más fuego? ¿Con más bromas? ¿Con más cerveza?
Malachi miró al emisario. Miró sus manos de cristal afilado. Miró sus ojos de gema. Y entonces hizo algo que nadie esperaba.
Consiguió encender una pequeña chispa que se apagó al instante.
Dejó de usar el fuego.
Las llamas que quisieron nacer en sus manos se apagaron sin siquiera conseguirlo. El calor se disipó del aire. Malachi se quedó de pie frente al emisario sin poder, sin fuego, sin nada excepto su cuerpo y su sonrisa torcida.
—Tienes razón —dijo Malachi, con una voz que ya no tenía nada de humorística—. El cristal no se rompe con fuego. Pero el cristal tiene otra debilidad.
—¿Cuál? —preguntó el emisario.
—La presión —respondió Malachi.
Y entonces Malachi agarró al emisario con las dos manos.
No con el fuego. No con el poder. Con las manos desnudas, con los dedos cerrados alrededor del brazo de cristal del emisario con una fuerza que era pura determinación, pura lealtad, pura estupidez.
El cristal cortó la piel de Malachi. La sangre brotó, roja, caliente, mezclándose con el cristal translúcido en un patrón que era mitad horror y mitad belleza.
Pero Malachi no soltó. Apretó más fuerte.
Los nudículos se pusieron blancos. Los dientes se apretaron.
Los ojos de carbón brillaron con una intensidad que era más poderosa que cualquier fuego.
—Soy un semihumano de fuego —gruñó Malachi, apretando con más fuerza—. Pero también soy un semihumano de carne. Y la carne puede romper el cristal si se esfuerza lo suficiente.
El emisario se retorció. El cristal crujía bajo la presión de los dedos de Malachi, resquebrajándose, agrietándose, como un vaso que alguien aprieta demasiado fuerte. Las gemas de los ojos parpadearon, perdieron intensidad, se oscurecieron.
—No... —dijo el emisario y su voz sonó como cristal rompiéndose de verdad, sin la frialdad de antes, sin la seguridad, solo el sonido de algo que se está rompiendo.
—Sí —respondió Malachi.
Y apretó.
El cristal se rompió.
No todo. No el cuerpo entero. Solo el brazo.
El brazo de cristal del emisario se partió por la mitad con un sonido que era mitad explosión y mitad canción y los fragmentos cayeron al suelo del patio como lluvia de diamantes, brillando bajo el sol del mediodía con una belleza que contrastaba con la violencia del momento.
El emisario retrocedió, con el muñón de cristal brillando con una luz enfermiza y los ojos de gema parpadearon con una intensidad que era más dolor que furia.
—Volveré —dijo el emisario, con una voz que sonaba como cristal rompiéndose por última vez—. Y la próxima vez, no seré yo. Será algo peor.
Luego, el cuerpo de cristal se desintegró. No se rompió, no se derrumbó: se desintegró, como un sueño que se disipa al despertar, dejando tras de sí un montón de cristales diminutos que brillaban bajo el sol del mediodía como estrellas caídas.
Malachi se quedó de pie en medio del patio, con las manos ensangrentadas y la sonrisa torcida puesta y dijo:
—Creo que he roto al candelabro.
Y luego se desplomó.
Kaeros lo alcanzó antes de que tocara el suelo. Las sombras se movieron bajo el cuerpo de Malachi como una red, sosteniéndolo, amortiguando la caída. Kaeros lo sostuvo en brazos, con las manos temblando y el corazón latiendo con un ritmo que no era el suyo.
—Malachi —dijo, de forma grave y profunda —Malachi, mírame.
Malachi abrió los ojos. Los ojos de carbón brillaban con menos intensidad que antes, como brasas que se están apagando.
—Tranquilo, jefe —murmuró, con una voz que ya no tenía nada de humorística—. Solo son cortes. Los cristales cortan, ¿sabes? Es su trabajo.
—Estás sangrando —dijo Kaeros, mirando las manos de Malachi, que estaban cubiertas de cortes profundos, algunos tan hondos que se veía el hueso. La sangre manchaba la túnica de Malachi, el suelo del patio, las manos de Kaeros.
—Sí —confirmó Malachi, con una sonrisa que era mitad dolor y mitad algo más tierno—. Pero el emisario se fue. Y Jen sigue viva. Y tú sigues vivo. Así que creo que es un buen trato.
—No es un buen trato —gruñó Kaeros—. Has estado a punto de morir.
—He estado a punto de morir muchas veces —respondió Malachi—. La primera vez fue hace cuatrocientos años, bajo un puente, con la piel quemada y el estómago vacío. Y entonces apareciste tú. Y me diste un hogar. Y me diste un nombre. Y me diste una razón para seguir vivo.
Malachi hizo una pausa. La sangre le caía por los dedos en hilos finos que se mezclaban con el polvo del patio.
—Así que si ahora tengo que devolverte el favor —continuó Malachi, con una voz más baja que nunca—, lo hago con gusto. Porque tú me salvaste la vida hace cuatrocientos años. Y yo te la devuelvo ahora. Es un intercambio justo.
Kaeros sintió que los ojos se le humedecían. No lloró. No podía llorar. Pero algo dentro de él se rompió, algo que había estado cerrado durante cuatrocientos años, algo que el Conquistador no pudo borrar porque estaba demasiado hondo.
—Emeric —dijo Kaeros, usando el nombre real de Malachi.
—¿Qué?
—Gracias.
Malachi sonrió. Era una sonrisa pequeña, cansada, como la primera luz del amanecer después de una noche larga. Pero estaba ahí.
—De nada, Thalion —respondió—. Ahora, ¿puedes llevarme a la cama? Porque creo que me he roto algo. Y no me refiero al cristal.
Kaeros lo levantó en brazos con una delicadeza que contrastaba con sus manos grandes y callosas.
Las sombras se movieron alrededor de los dos, ayudando, sosteniendo, protegiendo.
Los soldados del patio los miraban en silencio, con las espadas todavía desenvainadas y las caras pálidas y nadie dijo nada mientras Kaeros llevaba a Malachi hacia la torre con el cuerpo ensangrentado de su amigo apoyado contra su pecho.
—Malachi —dijo Kaeros, mientras subían las escaleras.
—¿Mmm?
—No vuelvas a hacer eso nunca más.
—¿Hacer qué? ¿Salvarte la vida? ¿Romper candelabros con las manos? ¿Beber cerveza a las doce del mediodía?
—Cualquiera de esas cosas.
—No puedo prometerte nada —respondió Malachi, con una voz que ya estaba más fuerte, como si la sangre volviera a sus venas con cada escalón que subían—. Soy un hombre de muchos vicios. Pero puedo prometerte una cosa.
—¿Qué?
—Que la próxima vez que un candelabro con patas venga a amenazar a Jen, me voy a hacer una barbacoa. Con sus propios cristales.
Kaeros negó con la cabeza, pero la sonrisa que esbozó fue la más auténtica que había tenido en mucho tiempo.
—Eres un idiota.
—Y tú eres un sentimental disfrazado de tirano. Entre los dos formamos un equipo estupendo, lo digo siempre.
Kaeros lo llevó a su cama, le curó las heridas con las sombras y se quedó a su lado hasta que el semihumano de fuego se durmió, con la sonrisa torcida todavía puesta y las manos vendadas que temblaban ligeramente incluso en el sueño.
Y mientras Malachi dormía, Kaeros se quedó mirando por la ventana, hacia el horizonte donde el Conquistador esperaba en su niebla y pensó que el emisario había venido a recordarle su lugar.
Pero lo que había conseguido era recordarle algo más importante.
Que las personas que amas merecen que luches por ellas.
Incluso si eso significa romper cristales con las manos desnudas.