Lords de los cielos CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

"El mensaje del Conquistador"

La gárgola llegó al amanecer.

Kaeros la vio antes de que tocara el balcón.

Una silueta oscura contra el cielo gris, con alas de piedra que no deberían poder volar pero que batían el aire con un sonido seco y mecánico, como el aleteo de un pájaro muerto.

La gárgola era pequeña, del tamaño de un cuervo, con un cuerpo de granito negro y ojos de cristal rojo que brillaban como brasas en la penumbra del amanecer.

Se posó en la barandilla del balcón con un golpe seco. Las alas se plegaron contra el cuerpo. Los ojos de cristal se fijaron en Kaeros con una intensidad que era más amenazante que cualquier espada.

Kaeros no se movió. Se quedó de pie en el centro de su aposento, con las manos cruzadas a la espalda y los ojos grises clavados en la criatura y esperó.

La gárgola abrió el pico. De su interior salió un sonido que no era un graznido ni un habla, sino algo intermedio: un susurro que sonaba como piedras rompiéndose, como el eco de una voz que viene de muy lejos.

—Mensaje —dijo la gárgola y la voz sonó como el Conquistador: fría, antigua, desprovista de emoción.

Un cilindro de metal negro salió del pico de la gárgola y cayó sobre el suelo de piedra con un tintineo que resonó en la habitación como una campana funeraria.

La gárgola cerró el pico, desplegó las alas y alzó el vuelo sin esperar respuesta, desapareciendo entre las nubes grises como un pedazo de noche que se niega a irse.

Kaeros se quedó mirando el cilindro durante un momento largo.

Las sombras a su alrededor se movían con más agitación, como animales que detectan peligro.

El corazón le latía con un ritmo que no era el suyo: más rápido, más urgente, como si algo dentro de él supiera lo que venía antes de que su mente pudiera procesarlo.

Se agachó. Recogió el cilindro. El metal estaba frío, más frío de lo que debería estar, como si hubiera estado en contacto con algo que no tiene temperatura.

Desenroscó la tapa con dedos que temblaban ligeramente y del interior sacó un pergamino enrollado, fino como la tela de una araña, con una tinta que brillaba con un resplandor azulado en la penumbra del amanecer.

Desenrolló el pergamino.

Las palabras estaban grabadas, no escritas.

No con tinta, sino con magia: cada letra parecía viva, moviéndose ligeramente sobre el pergamino como insectos atrapados en ámbar.

Kaeros las leyó una vez. Luego otra. Luego una tercera, porque las dos primeras veces su cerebro se había negado a procesar lo que sus ojos estaban viendo.

*Olvidas quién te creó, Kaeros. Tu corazón se ha ablandado. Voy a enviar a un guerrero a recordártelo *.

El pergamino se resquebrajó entre sus dedos. Kaeros lo dejó caer sobre la mesa como si quemara y se quedó mirando las palabras durante un momento largo, con los ojos grises fijos en la tinta azulada y el corazón latiendo con un ritmo que ya no era el de un comandante que recibe una amenaza.

Era el ritmo de un hombre que sabe que ha sido descubierto.

*Tiene razón*, pensó Kaeros y la idea le supo a sangre.

*Mi corazón se ha ablandado. Desde que Jen llegó.

Desde que la vi caer en la plaza. Desde que le corté la carne en la cena.

Desde que la besé. Desde que dormí con ella abrazada y sentí, por primera vez en cuatrocientos años, que el mundo tenía sentido *.

*Y el Conquistador lo sabe. Lo sabe todo. Siempre lo ha sabido *.

Se llevó la mano al pecho. Debajo de la piel, debajo de las sombras, algo se movía.

No era dolor. No era el parásito de niebla que el Conquistador le había plantado hacía cuatrocientos años.

Era algo más nuevo, más cálido, más peligroso.

Era la marca de Jen. No la marca física que ella llevaba en el pecho, sino algo más sutil: la huella que el agua de Jen había dejado en sus sombras cuando se mezclaron, cuando se besaron, cuando hicieron el amor.

Una marca invisible que el Conquistador había detectado.

*El agua y la sombra*, pensó Kaeros. *Se mezclan. Se reconocen. Y el Conquistador lo sabe *.

Las sombras a su alrededor se movían con más agitación, como un animal herido que busca refugio. Kaeros cerró los ojos y respiró hondo, intentando calmar el caos dentro de su cabeza.

*El emisario*, pensó. *Va a enviar a un emisario. Alguien peor que yo. Alguien que no venga a recordarme mi lugar, sino a destruirme. Y a ella *.

Abrió los ojos. La determinación cruzó su rostro como un rayo.

*Nadie va a tocarla. Ni el Conquistador, ni el emisario, ni nadie. Si quieren llegar a Jen, tendrán que pasar por mí. Y si tienen que pasar por mí, entonces que se preparen, porque llevo cuatrocientos años esperando una razón para luchar de verdad *.

Encontró a Malachi en la escalera de la torre, como siempre.

El semihumano de fuego estaba sentado con la espalda contra la pared y las piernas estiradas sobre los escalones, con una copa de cerveza en la mano y la sonrisa torcida puesta. A las siete de la mañana. Con cerveza.

—¿No bebes agua nunca? —preguntó Kaeros, deteniéndose frente a él.

—El agua es para los peces y para la niña del agua —respondió Malachi, levantando la copa—. Yo prefiero cosas con más personalidad. ¿Qué cara es esa? ¿Te ha mordido un perro?

—Peor —dijo Kaeros, dejando caer el pergamino sobre las rodillas de Malachi.

Malachi dejó la copa en el escalón, desenrolló el pergamino con los dedos y leyó. Los ojos de carbón se movieron de izquierda a derecha, de arriba abajo, una vez, dos veces, tres veces. Luego dejó el pergamino sobre su regazo y levantó la vista hacia Kaeros.

—Mierda —dijo.

—Exacto.

—El Conquistador sabe que te has ablandado. Sabe que tienes a Jen. Sabe que te importa.

—Exacto.

—Y va a enviar a alguien.

—Exacto.

Malachi se quedó en silencio durante un momento largo.

La sonrisa torcida seguía en su sitio, pero debajo de ella había algo que rara vez se veía en Malachi: preocupación real.

No la preocupación de quien bromea sobre el peligro, sino la preocupación de quien sabe que el peligro es real y que no hay broma que lo disimule.

—¿Sabes quién será? —preguntó.

—No —respondió Kaeros—. Pero será peor que yo. Esto es una ejecución.

Malachi se quedó en silencio durante otro momento. Luego, con una lentitud deliberada, dejó la copa de cerveza sobre el escalón, se puso de pie, se sacudió la túnica y dijo:

—Pues que venga.

Kaeros lo miró.

—¿Qué?

—Que venga —repitió Malachi, con una voz que ya no tenía nada de humorística—. Que venga el emisario. Que venga el Conquistador. Que venga quien quiera. Me voy a hacer una barbacoa con sus huesos.

Kaeros lo miró un momento largo. Luego, sin poder evitarlo, soltó una risa que le salió del estómago, una risa cansada, rota, como la de alguien que ha estado cargando un peso durante mucho tiempo y que de repente descubre que hay alguien ayudándole a llevarlo.

—Una barbacoa —repitió Kaeros—. Con los huesos del emisario del Conquistador.

—Con los huesos del emisario del Conquistador —confirmó Malachi, con una seriedad que contrastaba con lo absurdo de la afirmación—. Y si sobra, hacemos sopa.

Kaeros negó con la cabeza, pero la sonrisa no se borró de su rostro.

—Gracias, Emeric —dijo, usando el nombre real de Malachi.

Malachi lo miró. Algo cruzó sus ojos de carbón, algo rápido y profundo, como una chispa que se niega a morir.

—De nada, Thalion —respondió—. Pero no me des las gracias todavía. Primero tenemos que sobrevivir. Y luego tienes que decirle a Jen lo de la marca. Y lo de su padre.

La sonrisa de Kaeros se borró.

—Lo sé —dijo —¿Cómo sabes mi nombre?

Malachi se encogió de hombros.

—¿Es que uno no puede espiar sin recibir un interrogatorio? —sonrió sin rastro de arrepentimiento.

Kaeros puso los ojos en blanco.

—¿Cuándo vas a decírselo? —preguntó Malachi.

—Hoy.

—¿Estás seguro?

—No —admitió Kaeros, con una honestidad que le supo a sangre—. Pero si no se lo digo hoy, no se lo diré nunca. Y ella merece saberlo.

Malachi lo miró un momento largo. Luego asintió.

—Tienes razón —dijo—. Merece saberlo. Aunque le duela.

—Le va a doler.

—Lo sé. Pero el dolor que viene de la verdad es mejor que el dolor que viene de la mentira. Y ella lleva toda su vida viviendo de mentiras.

Kaeros asintió. Las sombras se movían alrededor de él con más agitación, como un animal que sabe que algo difícil se acerca.

—¿Vienes conmigo? —preguntó.

—No —respondió Malachi—. Esto es entre tú y ella. Yo estaré cerca, por si me necesitas. Pero las palabras son tuyas.

Kaeros asintió de nuevo. Luego, sin decir nada más, bajó las escaleras de la torre en busca de Jen.

La encontró en el patio de armas, sentada en una roca junto al pozo restaurado, mirando el agua con la expresión de alguien que busca algo en su reflejo y no lo encuentra.

El sol de la mañana le calentaba la cara y el viento del acantilado le movía el pelo, que ya no estaba recogido en el moño apretado de siempre, sino suelto, cayendo sobre los hombros como una cortina oscura.

Cuando vio a Kaeros acercarse, sonrió.

Fue una sonrisa pequeña, cansada, como la primera luz del amanecer después de una noche larga. Pero estaba ahí. Y Kaeros la vio y sintió que algo dentro de él se rompía.

*¿Cómo voy a decirle esto?*, pensó. *¿Cómo voy a decirle que la marca en su pecho no es solo un seguimiento? ¿Cómo voy a decirle que alguien la marcó cuando era un bebé? ¿Cómo voy a decirle que ese alguien fue su padre?*

—Buenos días —dijo Jen, con una voz que sonó más ligera de lo que Kaeros esperaba.

—Buenos días —respondió Kaeros, sentándose a su lado en la roca.

El silencio se instaló entre ellos. El agua del pozo brillaba bajo el sol de la mañana. Los pájaros cantaban en algún lugar lejano. El mundo parecía en calma.

—¿Qué pasa? —preguntó Jen, con esa capacidad suya de leer las expresiones de las personas que Kaeros encontraba al mismo tiempo reconfortante y aterradora—. Tienes cara de algo. ¿Es Malachi? ¿Se ha vuelto a emborrachar?

—No es Malachi —respondió Kaeros, con una voz que sonó más grave de lo que pretendía.