CAPÍTULO 17 #2
Jen cerró los ojos. El agua brotó de su piel como rocío de la mañana, pequeñas gotas que se formaron en los hombros, en los brazos, en las muñecas.
El agua y las sombras se encontraron, mezclándose, fundiéndose en algo que no era ni agua ni sombra sino algo nuevo.
La niebla resultante era cálida, vaporosa, con un olor a lluvia y a tierra mojada que llenó la habitación como un perfume.
Las heridas se cerraron. Las marcas desaparecieron. La piel se suavizó.
Jen abrió los ojos. Thalion estaba mirándola con una expresión que no había visto nunca en su rostro: asombro. Puro, desnudo, infantil asombro.
—¿Qué? —preguntó Jen.
—Nada —respondió Thalion, apartando la vista—. Solo... el agua y las sombras. Nunca se habían mezclado así.
—¿Así cómo?
—Así de... bien.
Jen casi sonrió. Casi.
—Thalion.
—¿Qué?
—Gracias.
—No me lo agradezcas.
—Te lo agradezco igual.
Thalion la miró un momento largo. Luego, sin decir nada, se inclinó hacia ella y la besó.
El beso fue diferente al de la plaza.
Aquel había sido un beso de reconocimiento, de dos personas que se ven de verdad por primera vez.
Este era un beso de hambre. De cuatrocientos años de soledad acumulada que se derrumban como una presa que ha resistido demasiado.
De veintiocho años de dolor y de deseo y de manos ensangrentadas que finalmente encuentran algo que no duele.
Thalion besó a Jen como si el mundo se acabara mañana.
Con los labios fríos que se calentaban bajo los de ella.
Con las manos grandes que le sostenían la cara como si fuera de cristal.
Con las sombras que se movían alrededor de los dos como un manto vivo, ocultándolos, protegiéndolos, creando un espacio que era solo de ellos.
Jen besó a Thalion como si el mundo no se acabara nunca.
Con los labios que temblaban no de miedo sino de algo más cálido, más urgente, más suyo.
Con las manos pequeñas que se enredaron en su pelo oscuro y tiraron de él hacia ella.
Con el agua que brotó de su piel como rocío de la mañana, mezclándose con las sombras en una niebla cálida y vaporosa que envolvía los dos como un abrazo.
Thalion la empujó suavemente hacia la cama. Jen no se resistió. No quería resistirse. Quería sentir. Quería saber lo que era ser tocada por alguien que la quería, no por alguien que la usaba. Quería saber lo que era el peso de un cuerpo sobre el suyo, no como una amenaza sino como una promesa.
La cama crujió debajo de ellos. Las sábanas grises se arrugaron. La vela de la mesilla parpadeó, como si quisiera darles algo de intimidad.
Thalion se detuvo. Se quedó mirando a Jen desde arriba, con los ojos grises brillando a la luz de la vela y las sombras moviéndose alrededor de ellos como un manto vivo.
—¿Estás segura? —preguntó, con una voz que sonaba rota—. No quiero hacerte daño. No quiero...
—No me vas a hacer daño —interrumpió Jen, con una voz que ya no temblaba—. Eres la primera persona en mi vida que no me hace daño. Y quiero esto. Quiero sentirlo. Quiero sentir lo que es ser tocada por alguien que me quiere.
Thalion cerró los ojos durante medio segundo.
Luego los abrió y Jen vio en ellos algo que no había visto nunca: deseo.
No el deseo salvaje del guerrero, no el deseo frío del comandante.
El deseo desnudo de un hombre que lleva cuatrocientos años sin tocar a nadie y que por fin ha encontrado a alguien a quien quiere tocar.
—Entonces —susurró Thalion—, dime si algo no te gusta. Y paro.
—De acuerdo —respondió Jen.
Thalion la besó de nuevo. Esta vez más lento, más profundo, con la lengua que le recorrió los labios como quien saborea algo que ha esperado mucho tiempo. Jen gimió contra su boca, un sonido ahogado que le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica.
Las manos de Thalion bajaron por su cuerpo con una lentitud deliberada, explorando, descubriendo, conociendo. La cintura. Las caderas. Los muslos. Un cuerpo exquisito que deseaba recordar hasta en sus más bajos momentos.
La camisola subió. Thalion la deslizó por encima de la cabeza de Jen con la delicadeza de quien pela una fruta que no quiere estropear.
La tela cayó al suelo y Jen se quedó desnuda frente a él, con la piel pálida brillando a la luz de la vela y las marcas de las cadenas todavía visibles en los hombros como tatuajes rojos.
Thalion la miró. No con lascivia. Con asombro. Con la expresión de alguien que ha visto algo que no cree que sea real y que necesita tocarlo para confirmar que está ahí.
—Eres hermosa —susurró y la palabra sonó como si le costara pronunciarla.
—No lo soy —respondió Jen, porque era lo que siempre le habían dicho y porque no sabía decir otra cosa.
—Lo eres —insistió Thalion, con una firmeza que no admitía réplica—. Eres la mujer más hermosa que he visto en cuatrocientos años. Y he visto muchas.
Jen sintió que las mejillas le ardían. No de vergüenza. De algo más. De la sensación de que alguien, por primera vez en su vida, la estaba mirando como si fuera algo valioso.
Thalion se quitó la túnica. El torso quedó al descubierto: cicatrices, músculos tensos, la piel pálida de un elfo que no sale al sol. Las sombras se movían bajo su piel como venas oscuras, latiendo al ritmo de su corazón.
Jen extendió la mano y tocó su pecho. La piel estaba caliente.
Más caliente de lo que esperaba. Debajo de los dedos, el corazón de Thalion latía con un ritmo que era más lento que el suyo pero más profundo, como el latido de alguien que ha estado vivo durante cuatrocientos años y que ha aprendido a no tener prisa.
—Tu corazón —susurró Jen—. Late más despacio que el mío.
—Es porque soy viejo —respondió Kaeros, con una sonrisa que era mitad triste y mitad algo más cálido.
—No eres viejo —dijo Jen—. Eres Kaeros. Y Kaeros es exactamente quien tiene que ser.
Kaeros la besó. Esta vez no hubo pausa. Las sombras se movieron sobre la piel de Jen como dedos de terciopelo, acariciando, explorando, descubriendo.
Las manos de Kaeros bajaron por su cuerpo, encontrando curvas y pendientes y lugares que Jen no sabía que eran sensibles hasta que sus dedos los tocaron.
—Kaeros... —gimió Jen, arqueando la espalda.
—Dime si algo no te gusta —murmuró él contra su cuello.
—No pares —respondió ella—. No pares nunca.
No se detuvo.
Sus manos encontraron los pechos de Jen, pequeños, firmes, con los pezones ya duros por el frío y por el deseo.
Los acarició con la palma, rozándolos con el pulgar, sintiendo cómo Jen se estremecía bajo su tacto.
Luego bajó la cabeza y tomó uno en su boca, lamiendo, succionando, mordisqueando con una delicadeza que contrastaba con la urgencia que se leía en sus movimientos.
Jen arqueó la espalda. Las manos se enredaron en el pelo de Kaeros, tirando de él, atrayéndolo más cerca. El agua brotó de su piel como rocío, mezclándose con las sombras que se movían sobre ella.
—Joder... —gimió Jen y la palabra le sonó extraña en su propia boca, porque nunca la había dicho antes y porque encajaba perfectamente con lo que estaba sintiendo.
Kaeros se incorporó. Los ojos grises la miraron desde arriba, brillando a la luz de la vela con una intensidad que le quitó el aliento.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Estoy mejor que bien —respondió Jen—. Estoy viva. Por primera vez en mi vida, estoy viva.
La besó. Luego bajó por su cuerpo, besando el cuello, el pecho, el vientre. Las sombras se movían alrededor de los dos como un manto vivo, creando un espacio que era solo de ellos, ocultándolos del mundo.
Cuando Kaeros llegó a sus caderas, Jen sintió que el corazón se le detenía.
—¿Puedo? —preguntó él, con una voz que sonaba rota.
—Sí —respondió Jen—. Sí. Por favor.
Kaeros separó las piernas de Jen con una delicadeza que contrastaba con sus manos grandes y callosas. Se colocó entre ellas, mirando lo que tenía delante con una expresión que era mitad adoración y mitad hambre.
Jen se mordió el labio. El miedo estaba ahí, pequeño y frío, sentado en algún lugar detrás de sus costillas. Pero debajo del miedo, había algo más fuerte. Algo más cálido. Algo que se parecía peligrosamente al deseo.
Kaeros bajó la cabeza.
Cuando su lengua tocó el coño de Jen, ella sintió que el mundo se detenía. El contacto fue suave, húmedo, caliente. La lengua de ese hombre recorrió los pliegues de su carne con una lentitud deliberada, explorando, descubriendo, saboreando. Cada movimiento era una forma más de perder el control.
—Kaeros... —gimió Jen, arqueando la espalda—. Por favor...
—¿Qué? —murmuró él contra su piel.
—No sé —respondió ella, porque era verdad—. Solo... más.
Kaeros obedeció. La lengua se movió con más presión, más ritmo, más intención. Encontró el clítoris de Jen, ese punto pequeño y sensible que ella no sabía que existía hasta que la lengua de él lo tocó y empezó a trabajar en él con una dedicación que era mitad arte y mitad adoración.
Jen gimió. Los dedos se enredaron en las sábanas. El agua brotó de su piel como rocío, mezclándose con las sombras en una niebla. El placer se acumulaba dentro de ella como una ola que crece, más y más, hasta que no podía contenerse más.
—Kaeros... —gimió—. Creo que...
—Córrete —murmuró él contra su coño—. Córrete en mi boca. Quiero sentirlo.
Jen se corrió.
El placer la atravesó como un rayo, blanco, cegador, absoluto.
El cuerpo se tensó, la espalda se arqueó, las piernas temblaron.
El agua brotó de su piel en una explosión de rocío que se mezcló con las sombras en una niebla vaporosa que llenó la habitación.
Jen gritó, un sonido que era mitad placer y mitad alivio, como si algo que había estado atrapado dentro de ella durante veintiocho años hubiera encontrado por fin una salida.
Kaeros se incorporó. Los labios le brillaban. Los ojos grises la miraban con una expresión que era mitad satisfacción y mitad algo más profundo, algo que estaba debajo de la satisfacción y que no necesitaba ser nombrado.
—Bien —murmuró.
—Bien —repitió Jen, jadeando—. Más que bien. Mucho más que bien.