CAPÍTULO 16
"La marca del traidor"
Jen supo que algo había pasado cuando vio a los dos hombres de la resistencia esperándole en la puerta de "La Cama Dura" después de cenar con Kaeros.
No los recordaba por el nombre, pero los reconocía por las caras: el mismo par que la había escoltado hasta la reunión con Gorath hacía días, con los mismos ojos vacíos y la misma expresión de quien cumple una orden sin preguntar por qué.
Estaban de pie a ambos lados de la entrada, con los brazos cruzados y las mandíbulas apretadas y cuando Jen se acercó, uno de ellos dijo, con una voz que pretendía ser neutral y sonaba a cualquier cosa menos neutral:
—La resistencia te convoca.
Jen los miró. Miró las manos cruzadas. Miró las mandíbulas apretadas. Miró los ojos vacíos. Y supo, con la certeza de alguien que ha crecido rodeada de violencia y que ha aprendido a leer las señales antes de que el golpe caiga, que aquello no era una convocatoria.
Era una trampa.
—¿Adónde? —preguntó Jen, con una voz que sonó más calmada de lo que sentía.
—Al sótano del Panadero Rebelde. Gorath ha convocado a todos. Es urgente.
Jen asintió. No tenía sentido huir. No tenía adónde huir.
No tenía a nadie que la escondiera. No tenía nada excepto el sabor del helado de fresa todavía en la memoria y el fantasma del beso de Kaeros todavía en los labios y eso, pensó Jen mientras los hombres la escoltaban por las calles de Drakheim, era lo único que nadie podía quitarle.
El sótano del Panadero Rebelde estaba lleno.
No como la última vez, cuando había quince personas sentadas en círculo hablando del destino del mundo mientras Gorath comía pollo.
Esta vez había más de treinta, de pie, apretujados entre las mesas de madera y las paredes de roca, con las caras tensas y los ojos fijos en ella como si fuera un animal raro que alguien hubiera traído de una jaula.
Gorath estaba en el centro, con su barriga desbordándose por los bordes de la silla y una copa de vino en la mano que no parecía ser la primera.
A su lado, el elfo mayor de pelo blanco y cara de piedra, el mismo que había hablado de los "héroes del Lago Espejo".
Y detrás de ambos, como una sombra que no se molesta en esconderse, la mujer joven de los ojos grandes que miraba a Jen con una expresión que era mitad lástima y mitad algo más oscuro.
Jen entró en el sótano con los pasos firmes y la espalda recta, la misma postura que su padre le había enseñado durante diecisiete años. No por orgullo. Por disciplina. Porque cuando te van a juzgar, lo único que puedes controlar es cómo te presentas.
—Siéntate —dijo Gorath, señalando una silla vacía en el centro del círculo.
Jen no se sentó. Se quedó de pie, con las manos a los lados y la expresión neutra que había aprendido de su padre.
—Prefiero estar de pie —respondió.
Gorath la miró un momento largo. Luego se encogió de hombros.
—Como quieras —sentenció y su voz perdió la calma fingida que había mantenido hasta entonces—. Entonces escucha. Porque lo que vamos a decirte no es una sugerencia. Es un veredicto.
Jen no se movió.
—Sabemos —continuó Gorath, apoyando los codos en la mesa con la solemnidad de quien pronuncia una sentencia—. Sabemos del beso.
La palabra cayó en el silencio como una piedra en un pozo.
Jen no se inmutó. No parpadeó. No apartó la vista.
Se quedó mirando a Gorath con la misma expresión neutra que había mantenido durante toda la conversación, como si la palabra "beso" fuera tan relevante como la palabra "pan" o "mesa" o "cielo".
—Sabemos que has besado a Kaeros —continuó Gorath y su voz subió un registro, como la de un predicador que acusa a una pecadora—.
En la plaza del Mercado Viejo. Delante de la estatua de su esposa muerta.
Lo hemos visto. Nuestros informantes lo han confirmado.
Tú, la hija de los héroes del Lago Espejo, el arma que debía acabar con el tirano de Draevorn, has besado al enemigo.
El murmullo que recorrió el sótano fue unánime. Los miembros de la resistencia intercambiaron miradas, murmuraron entre sí, movieron las cabezas con esa expresión de indignación que solo tienen las personas que creen tener derecho a juzgar la vida de los demás.
Jen no dijo nada.
No porque no tuviera palabras. Las tenía.
Tenía muchas. Tenía palabras como piedras, afiladas y pesadas, listas para ser lanzadas.
Tenía palabras como cuchillos, cortantes y precisas, listas para abrir heridas.
Tenía palabras como olas, poderosas e imparables, listas para arrastrar todo lo que encontraran por delante.
Pero no las dijo.
Porque las palabras que tenía no eran para ellos.
Eran para ella. Eran para el recuerdo del beso, que todavía estaba en sus labios como un tatuaje invisible.
Eran para el sabor del helado de fresa, que todavía estaba en su lengua como una promesa cumplida.
Eran para la marca del pecho, que había brillado cuando las sombras de Kaeros las envolvieron, no con frialdad sino con calor, como si algo dentro de ella reconociera al hombre que la besaba.
—¿No tienes nada que decir? —preguntó Gorath, con una voz que pretendía ser compasiva y sonaba a impaciencia.
Jen lo miró. Miró a Gorath con esos ojos del color del cielo nublado que habían visto el fondo de un lago y el interior de una cueva y el rostro de un hombre de cuatrocientos años que le había comprado un helado de fresa.
—No —respondió.
El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar.
—¿No? —repitió Gorath, con una incredulidad que le hacía subir el tono—.
¿No tienes nada que decir? ¿No vas a defenderte?
¿No vas a explicarnos por qué has besado al tirano que lleva cuatrocientos años oprimiendo a Draevorn?
¿No vas a decirnos que fue un error, que estabas confundida, que no sabías lo que hacías?
Jen no se movió.
—No —repitió—. No voy a defenderme. No voy a explicar. No voy a pedir perdón.
—¿Por qué? —gritó la mujer joven de los ojos grandes, dando un paso adelante con los puños cerrados y las lágrimas asomando en los ojos—. ¿Por qué, Jen? ¿Por qué has traicionado a tus padres? ¿Por qué has traicionado a la resistencia? ¿Por qué has traicionado a todo lo que te han enseñado?
Jen la miró. La mujer joven tenía la cara roja, los ojos húmedos, los labios temblorosos. Parecía genuinamente herida. Genuinamente decepcionada. Como si Jen le hubiera robado algo que le pertenecía.
*¿Mi lealtad?*, pensó Jen y la idea le supo a sangre. *¿Mi obediencia? ¿Mi dolor? ¿Todo lo que mis padres me metieron en el cuerpo durante diecisiete años?*
—Porque lo que me han enseñado —dijo Jen, con una voz que ya no temblaba— es mentira.
El miedo crecía entre los presentes.
—¿Mentira? —repitió Gorath, con una voz que pretendía ser calmada y sonaba a cualquier cosa menos calmada—. ¿Qué mentira?
—La mentira de que Kaeros es un monstruo —respondió Jen—. La mentira de que mis padres son héroes. La mentira de que la resistencia lucha contra el Conquistador. Todo eso es mentira. Y yo lo sé. Porque lo he visto. Porque lo he sentido. Porque he estado ahí.
El silencio que siguió fue tan profundo que Jen pudo oír el crepitar de las antorchas en las paredes y el sonido lejano del horno de arriba.
Gorath parecía capaz de echarse a la bebida.
—¿Qué has visto? —preguntó, con una voz que ya no tenía nada de compasiva.
—He visto a Kaeros sin sombras —respondió Jen—.
He visto a un hombre sentado en una roca, con los pies en el agua, sin poder, sin armadura, sin nada que lo proteja del mundo.
He visto a un hombre que ha perdido todo y que sigue de pie porque no sabe cómo caerse.
He visto a un hombre que me ha cortado la carne en silencio porque no sabía usar un tenedor.
He visto a un hombre que me ha comprado un helado de fresa porque sus sombras le dijeron que era lo que más deseaba en el mundo.
Jen hizo una pausa. El silencio era denso, aplastante, como el aire antes de una tormenta.
—Y he visto a mis padres —continuó, con una voz que ya no temblaba—.
He visto a mi padre golpeándome con un palo cuando las manos me temblaban.
He visto a mi madre entrenándome hasta que los dedos me sangraban.
He visto a dos personas que me negaron todo lo que un niño necesita para crecer sano: cariño, juego, un helado de fresa.
Eso es lo que he visto. Y si eso es lo que la resistencia llama "héroes", entonces prefiero estar del lado del monstruo.
El murmullo los estremeció. Los miembros de la resistencia, más inquietos, murmuraron entre sí, movieron las cabezas con esa expresión de indignación que ahora se mezclaba con algo más: duda.
—Tus padres —dijo el elfo mayor, con una voz que pretendía ser autoritaria y sonaba a resentimiento—. Sacrificaron todo por la causa. Dejaron el mar. Dejaron el bosque. Renunciaron a todo lo que tenían para criar un arma contra el tirano. ¿Y tú les devuelves el favor besándolo?
Jen lo miró.
—Mis padres no sacrificaron nada —respondió, con una voz que cortó el aire como un cuchillo—. Mis padres me usaron. Me usaron como herramienta. Me usaron como arma. Me usaron.
El elfo mayor abrió la boca para responder, pero Jen se adelantó.
—Sí —dijo—. Lo sé. Nunca me han amado. No son héroes, así no se siente un héroe.
Sintió su propio corazón en sus oídos.
Gorath tocó la copa de vino con suavidad. La miró un momento largo. Luego, con una voz que ya no tenía nada de predicador, dijo:
—Eso es una acusación grave, Jen.
—Es la verdad —respondió Jen—. Y la verdad es lo que esta gente necesita oír, aunque no lo sepa.
Gorath la miró un momento largo. Luego, con una lentitud deliberada, se levantó de la silla.