CAPÍTULO 15 #2
—Nunca. En la cueva no había ciudades. En el campamento de la resistencia, donde a veces mis padres me llevaban para socializar de niña un par de días, me escondía, por suerte eso se acabó pronto, mi padre prefería la cueva y que no hablase con nadie.
Y cuando llegué a Drakheim, estaba demasiado asustada para pasear.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy contigo —respondió Jen y la honestidad de esa confesión le sorprendió incluso a ella—. Y contigo no tengo tanto miedo.
Kaeros no respondió. Pero algo en su expresión cambió suavemente. Un leve cambio. No era una sonrisa. Era algo más profundo. Algo que estaba debajo de la sonrisa y que no necesitaba salir a la superficie para ser real.
Caminaron durante un rato más, sin hablar, dejando que la ciudad los envolviera con su bullicio y sus olores y su vida.
Jen empezó a notar cosas que no había visto antes: un mural pintado en una pared que representaba un dragón con alas de cristal, un puesto de flores que olía a jazmín y a algo dulce, un grupo de ancianos sentados en una plaza jugando a un juego de cartas que Jen no reconocía.
Y entonces lo vio.
El puesto de helados.
Estaba en una esquina, medio escondido detrás de un toldo de tela raída, con un mostrador de madera y un hombre viejo detrás con una cuchara de madera en la mano y una expresión de aburrimiento supremo.
Sobre el mostrador, un cartel pintado a mano decía: *Helado artesanal.
Sabores: fresa, vainilla, chocolate, limón *.
Jen se detuvo.
El corazón le latía con tanta fuerza que podía sentirlo en las muñecas, en la garganta, en las sienes.
El helado de fresa. El mismo helado que había visto en el cartel de la cueva cuando era niña.
El mismo helado que había imaginado durante diecisiete años mientras los dedos le sangraban y el agua le quemaba las venas.
El mismo helado que era, para ella, la prueba de que el mundo contenía algo bueno.
Jen no se movió. Se quedó de pie en medio de la calle, mirando el puesto con los ojos muy grandes y el corazón latiendo con un ritmo que no reconocía.
Kaeros se detuvo a su lado. La miró. Miró el puesto. Miró a Jen de nuevo.
—¿Quieres? —preguntó.
Jen tragó saliva.
—No tengo dinero —respondió y la palabra le supo a algo que no sabía nombrar.
—Yo sí —dijo Kaeros.
Y antes de que Jen pudiera responder, antes de que pudiera decir "no hace falta" o "no te preocupes" o cualquiera de esas frases que se dicen cuando quieres algo con tanta fuerza que te da miedo tenerlo, Kaeros caminó hacia el puesto, habló con el hombre viejo y volvió con un cuenco de cerámica blanca en la mano.
Helado de fresa.
Rosado, con motas rojas, cremoso, frío. El cuenco emitía un vapor helado que se mezclaba con el aire caliente de la calle. Olía a fresa, a azúcar, a algo dulce y bueno que no debería existir en un mundo que huele a ceniza.
Jen miró el helado. Miró a Kaeros. Miró el helado de nuevo.
—¿Cómo sabías? —preguntó, con una voz que sonó más pequeña de lo que pretendía.
—¿Sabía qué?
—Que quería helado de fresa. Que era... que era lo que quería.
Kaeros la miró un momento largo. Luego respondió, con una voz que ya no tenía nada de comandante:
—Las sombras me lo dijeron.
Jen parpadeó.
—¿Las sombras?
—Las sombras —confirmó Kaeros—. Las sombras sienten lo que la gente desea. Lo que quiere de verdad, debajo de todo lo demás. Lo que la mantiene viva cuando todo lo demás se cae. Y tú... tú deseas helado de fresa con una intensidad que mis sombras nunca habían sentido en nadie.
Jen sintió que las mejillas le ardían. No de vergüenza. De algo más. De la sensación de que alguien, por primera vez en su vida, había escuchado lo que quería de verdad y había ido a buscarlo.
—Las sombras —repitió Jen, porque necesitaba decir algo y no sabía qué otra cosa decir.
Su teoría se confirmaba al fin.
—Las sombras —confirmó Kaeros—. Son más honestas de lo que parecen. Sienten el dolor, el miedo, la soledad. Y también sienten el deseo. Lo que la gente quiere con tanta fuerza que lo mantiene vivo.
Jen miró el helado. El frío le llegaba a los dedos a través del cuenco de cerámica.
El olor a fresa le llenaba la nariz. Y debajo de todo eso, debajo del frío y del olor y del dulzor, había algo más.
Algo que Kaeros había sentido a través de sus sombras.
Algo que ella había mantenido vivo durante diecisiete años de dolor y de soledad y de manos ensangrentadas.
El deseo de algo bueno.
—Gracias —susurró Jen.
Kaeros no respondió. Se quedó mirándola con esos ojos grises que parecían plata fundida bajo la luz del sol.
Jen tomó la cuchara que el hombre viejo le había dado junto con el cuenco. La hundió en el helado. Se llevó un bocado a la boca.
Y lloró.
No fue un llanto escandaloso ni dramático.
Fue un silencio, una grieta en la superficie de alguien que ha estado conteniendo el agua durante demasiado tiempo.
Las lágrimas le cayeron por las mejillas sin ruido, mezclándose con el helado que todavía tenía en la boca y Jen hizo algo que no había hecho nunca: se tapó la cara con la mano libre y soltó un sollozo que sonó como el sonido que hace el hielo cuando se rompe.
El frío. El dulzor. La textura cremosa que se derretía en la lengua. El sabor a fresa, a algo bueno, a algo que no dolía, a algo que nadie le había arrebatado. Todo eso llegó a la vez, como una ola que rompe contra la orilla después de años de calma y Jen se derrumbó.
Lloró por el helado. Lloró por el cartel en la pared de la cueva.
Lloró por los diecisiete años de dolor y de soledad y de manos ensangrentadas.
Lloró por los padres que no la amaron. Lloró por la resistencia que la usó.
Lloró por el Conquistador que la marcó. Lloró por Kaeros, que había perdido a Aelith y que ahora estaba aquí, de pie frente a ella, comprándole un helado de fresa en una calle de Drakheim.
Lloró por todo. Y el llanto salió de ella como agua de una presa rota, imparable, urgente, liberadora.
Kaeros no dijo nada. No la abrazó. No la consoló. Se quedó de pie frente a ella, con las manos a los lados y los ojos grises clavados en ella y dejó que llorara. Dejó que el dolor saliera. Dejó que el deseo, ese deseo que sus sombras habían sentido durante semanas, encontrara por fin una salida.
Jen lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Luego se limpió la cara con el dorso de la mano, se sonó la nariz en la manga de la túnica —un gesto que probablemente no era muy elegante pero que en ese momento le importaba muy poco— y miró a Kaeros con los ojos húmedos y la cara enrojecida.
—Lo siento —dijo.
—¿Por qué?
—Por llorar.
—No tienes que disculparte por llorar —respondió Kaeros, con una voz que sonó más suave de lo que Jen le había oído nunca—. Llorar es lo que hacen las personas que todavía sienten. Y sentir es lo que te hace estar viva.
Jen lo miró un momento largo. Luego, sin decir nada, se llevó otra cucharada de helado a la boca.
El sabor era el mismo. Frío, dulce, cremoso, con ese toque de fresa que le hacía cerrar los ojos y pensar en cosas buenas.
Pero ahora el sabor tenía algo más. Tenía el peso de la historia de Kaeros.
Tenía la marca de sus sombras. Tenía la presencia de un hombre que había perdido todo y que ahora estaba aquí, comprándole un helado a una desconocida que olía a agua.
Jen comió el helado en silencio. Kaeros la miró comer en silencio. El sol de la mañana les calentaba la cara. La ciudad bullía a su alrededor. Y en algún lugar profundo de la memoria de Jen, el cartel del helado en la pared de la cueva brilló como un faro en la oscuridad.
Cuando terminó, Jen dejó el cuenco vacío en el borde de una fuente seca.
—Gracias —dijo y la palabra le supo a algo que no sabía nombrar.
—No me lo agradezcas —respondió Kaeros—. Las sombras me dijeron que lo necesitabas. Yo solo obedecí.
—Las sombras te dicen cosas de mí —dijo Jen y no fue una pregunta.
—Las sombras me dicen cosas de todo el mundo —respondió Kaeros—. Pero de ti... de ti dicen más. Porque tú deseas más. Porque tú sientes más. Porque el agua dentro de ti vibra con una intensidad que mis sombras nunca habían sentido en nadie.
Jen guardó silencio durante un momento largo. El viento soplaba entre los edificios, trayendo el olor a pan caliente y a humo de chimenea. La estatua de Aelith estaba a unas calles de distancia, mirando el horizonte con sus ojos de mármol.
—Kaeros —dijo Jen.
—¿Qué?
—¿Por qué me compraste el helado?
Kaeros la miró. Y por primera vez desde que Jen lo conocía, la sonrisa que esbozó no era fría ni distante ni irónica. Era una sonrisa triste, como una vela que se apaga pero que todavía humea.
—Porque las sombras me dijeron que era lo que más deseabas —respondió—. Y porque yo sé lo que es desear algo que no puedes tener. Y cuando alguien desea algo con tanta fuerza que lo mantiene vivo durante diecisiete años, ese algo merece ser cumplido.
Jen sintió que el corazón se le encogía.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué deseas tú?
Kaeros no respondió durante un momento largo. El silencio se alargó hasta hacerse denso, como el aire antes de una tormenta. Luego, habló con una voz menos fría.
—Deseo que dejes de llorar por cosas que no te mereces. Deseo que dejes de cargar con el dolor de otros. Deseo que alguien te compre un helado de fresa cada día de tu vida, para que nunca más tengas que imaginarlo.
Jen sintió que las lágrimas volvían. No las contuvo. Dejó que cayeran.
—Eso es mucho —susurró.
—Lo sé —respondió Kaeros—. Pero es lo que deseo.
No supo quién se movió primero.
Quizás fue ella, que dio un paso adelante sin pensar, con el cuerpo actuando antes que la mente.
Quizás fue él, que se inclinó ligeramente hacia ella, como si algo dentro de él se hubiera rendido.
Quizás fueron los dos al mismo tiempo, como dos imanes que han estado demasiado cerca durante demasiado tiempo y que finalmente no pueden resistir la atracción.
Los labios de Kaeros encontraron los de Jen.