Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 20 — LA SAL CONSERVA #6
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Capítulo 20 — LA SAL CONSERVA #6

Irati y Jules se sentaron frente al mar, con la niebla alta y el viento, con la noticia entre los dos y la certeza de que la saga, la del universo, no había terminado.

—Las piezas del norte —dijo Jules, con la voz que se le asentaba en la garganta—.

Las piezas arqueológicas. Las que han salido a subasta con documentos falsos.

—Miró a Irati—. El rastro de la cuenta. El rastro del dinero.

El rastro del nombre. —Hizo una pausa—. Jon Zabala, Irati.

La cabeza real del dinero. La que no ha caído.

La que sigue libre. —Miró a Irati—. Y la que, según la noticia, según las piezas, según los documentos falsos, sigue moviendo el hilo.

—Hizo una pausa—. Un hilo arqueológico, Irati.

Un hilo de patrimonio. Un hilo que abre el siguiente caso.

—Miró a Irati—. La saga, Irati, no ha terminado.

Y nosotros, Irati, los que desenterramos, los que contamos, los que no enterramos la verdad, vamos a seguir.

—Hizo una pausa—. Vamos a seguir, Irati, con la sal.

Con la marea. Con la verdad que no se entierra.

—Miró a Irati—. Y con la siguiente historia contada entera, Irati. La del norte. La de la Dama del Norte.

Irati miró el mar, con la niebla alta y el viento, con la noticia entre los dos y la certeza de que la saga, la del universo, no había terminado.

—Seguimos —dijo—. Hacia el norte. Hacia las piezas. Hacia el nombre. —Miró a Jules—. Hacia la verdad que no se entierra. — Hizo una pausa—. Juntos, Jules. Hacia la siguiente sal. —Miró a Jules—. Hacia la siguiente historia contada entera.

Jules la tomó de la mano, con la niebla alta y el viento, con la noticia entre los dos y la certeza de que la siguiente estación, la del norte, la de la Dama del Norte, se abría.

—La Dama del Norte —dijo Jules, con la voz que se le asentaba en la garganta—.

La siguiente estación. La siguiente verdad.

—Miró a Irati—. La que, Irati, va a subir como la marea.

La que va a llegar como la galerna. La que, Irati, vamos a desenterrar juntos.

—Hizo una pausa—. Como desenterramos la cueva.

Como desenterramos la cuenta. Como desenterramos el nombre.

—Miró a Irati—. Juntos, Irati. Hasta el final.

Irati miró a Jules, con la niebla alta y el viento, con la noticia entre los dos y la certeza de que la siguiente estación, la del norte, se abría delante de ellos.

—Hasta el final —repitió Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta, con la niebla alta y el viento—.

La siguiente estación. La Dama del Norte.

La siguiente verdad. —Miró a Jules—. Y la que, Jules, vamos a desenterrar juntos.

—Hizo una pausa—. Como desenterramos la cueva.

Como desenterramos la cuenta. Como desenterramos el nombre.

—Miró a Jules—. Como desenterramos, Jules, la historia contada entera.

—Hizo una pausa—. Y vamos a desenterrar, Jules, la del norte.

La de las piezas. La de la Dama del Norte.

—Miró a Jules—. Con la sal en los labios.

Con la marea subiendo. Con la verdad que no se entierra.

—Hizo una pausa—. Juntos, Jules. Hasta el final.

Y con la noticia, con la niebla alta y el viento, con la certeza de que la cabeza real del dinero seguía libre, Irati se quedó un momento en silencio, mirando el norte.

El norte.

La nueva galerna en el horizonte.

La Dama del Norte.

El siguiente caso.

La siguiente verdad.

La siguiente sal.

Irati se quedó un momento más, con la niebla alta y el viento, con la certeza de que la saga, la del universo, no había terminado.

La saga, pensó Irati, con la niebla alta y el viento, la de la sal, la de la marea, la de la verdad que no se entierra, seguía.

Seguía con la ría.

Seguía con el monte.

Seguía con la costa.

Seguía con el norte.

Seguía, pensó Irati, con la niebla alta y el viento, con la historia contada entera.

Y con la certeza de que la saga seguía, con la niebla alta y el viento, con la nueva galerna en el horizonte, Irati y Jules se quedaron un momento en silencio, mirando el norte.

El norte.

La Dama del Norte.

El siguiente caso.

La siguiente verdad.

La siguiente sal.

Y la sal, la que conserva, la que no se lleva, la que los había ido devolviendo siempre, se quedó con ellos.

Se quedó con ellos en la costa, en el mar, en la verdad que no se entierra.

Se quedó con ellos en la ría, en el monte, en la historia contada entera.

Se quedó con ellos, pensó Irati, con la niebla alta y el viento, en la promesa del regreso.

La promesa de volver.

La promesa de Mundaka.

La promesa de la ola izquierda.

La promesa de la sal.

La promesa, pensó Irati, con la niebla alta y el viento, de la historia contada entera.

Y con la promesa, con la niebla alta y el viento, con la nueva galerna en el horizonte, con la certeza de que la saga seguía, Irati y Jules se quedaron un momento en silencio, mirando el norte.

Con la sal en los labios.

Con la marea subiendo.

Con la verdad que no se entierra.

Con la historia contada entera.

Y mientras la galerna se dibujaba en el horizonte, mientras la Dama del Norte se intuía a lo lejos, mientras la siguiente estación se abría, la sal, la que conserva, la que no se lleva, la que los había ido devolviendo siempre, se quedó con ellos.

En la costa.

En el mar.

En la verdad que no se entierra.

En la historia contada entera.

En la ría que se encuentra con el mar.

En la ola que se levanta del cruce.

En la tierra que presta el nombre.

En nosotros.

Porque la sal conserva lo que el mar no se lleva.