Capítulo 19 — SAL NEGRA #6
Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia que caía y la noche de Bilbao encendiéndose, con las palabras del otro lado girándole en la cabeza.
La Dama guarda la última puerta.
El enterrador anda suelto.
La última amenaza.
La que, según la llamada, según la voz, según la noche, no se había cerrado.
Mundaka la esperaba.
Jules la esperaba.
El mar la esperaba.
La sal la esperaba.
Pero el enterrador, pensó Irati, con la lluvia que caía y la noche de Bilbao encendiéndose, también.
Y con el teléfono en la mano y la carpeta en la mochila, con la lluvia que caía y la noche de Bilbao encendiéndose, Irati se quedó un momento en silencio, mirando la ciudad.
La historia parecía contada.
La organización se había caído.
La verdad se había contado entera.
Pero la última puerta, la de la Dama, la del enterrador, seguía abierta.
Y la última amenaza, la de la noche, la de la lluvia, la de la voz que no reconocía, seguía suelta.
—El enterrador —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta, con la lluvia que caía y la noche de Bilbao encendiéndose—.
Anda suelto. —Hizo una pausa—. Y la Dama, la que guardaba los restos, la que la verdad pública ha desmontado, guarda todavía la última puerta.
—Miró la ciudad, con la lluvia que caía—.
La última puerta. La que el enterrador conoce.
La que, cuando la historia parezca contada, se va a abrir.
—Hizo una pausa—. Y yo, el enterrador, la que ha contado la historia entera, la que ha desenterrado la verdad, la que ha abierto todas las puertas, voy a abrir también la última.
—Miró la ciudad—. Con la verdad. Con la sal.
Con la marea que no se lleva. —Hizo una pausa—. Con la historia contada entera.
Guardó el teléfono y miró la noche, con la lluvia que caía y las farolas encendiéndose, con la ciudad que se cerraba y la certeza de que la última amenaza, la del enterrador, no se iba a resolver esa noche.
Esa noche, Mundaka la esperaba.
Esa noche, Jules la esperaba.
Esa noche, el mar la esperaba.
Esa noche, la sal la esperaba.
Y la última puerta, la que guardaba el enterrador, la que la Dama protegía, la que la historia parecía haber cerrado, se iba a abrir. Pero no esa noche.
Esa noche, pensó Irati, con la lluvia que caía y la noche de Bilbao encendiéndose, era la del mar.
La de la reconciliación.
La de la sal que no se lleva el mar.
La de la historia contada entera.
El coche de Jules apareció al final de la calle, con las luces encendidas y la lluvia en el parabrisas, con el hombre que había cruzado medio mundo, el que había entrado en el centro de mando, el que la había esperado en el tejado de Lisboa, el que la esperaba ahora, en la noche de Bilbao, bajo la lluvia.
Jules bajó del coche, con la lluvia que caía y las farolas encendiéndose, con la mirada que se le asentaba en la de Irati.
—Irati —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta, con la lluvia que caía—.
He visto la rueda de prensa. He visto la verdad.
He visto, Irati, la historia contada entera.
—Hizo una pausa—. Y he venido, Irati, a llevarte a Mundaka.
A la ola izquierda. A Urdaibai. A la sal.
—Miró a Irati—. A la marea que no se lleva.
Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia que caía y las farolas encendiéndose, con Jules delante y la noche de Bilbao encendiéndose, con la certeza de que la última amenaza, la del enterrador, podía esperar.
—Jules —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta, con la lluvia que caía—.
He hablado con mi madre. Le he contado la verdad del mar.
La del padre. La de la organización. —Hizo una pausa—.
Y me ha dicho que el mar no era el enemigo.
Que la mentira era el enemigo. Que la leyenda era el enemigo.
—Miró a Jules—. Y me ha dicho que le deje de tener miedo.
Que le deje entrar. Que le deje, Jules, que me devuelva lo que la mentira me quitó.
—Hizo una pausa—. Llévame, Jules. Llévame a Mundaka.
Llévame a la ola. Llévame a la sal. —Miró a Jules—. Llévame a la marea que no se lleva.
Jules sonrió, con la lluvia que caía y las farolas encendiéndose, con la certeza de que la promesa, la del pacto, la de la reconciliación, se iba a cumplir.
—Vamos —dijo—. A Mundaka. A la ola. A la sal. —Miró a Irati—. A la marea que no se lleva. —Hizo una pausa—. Y a la historia contada entera, Irati. A la nuestra. A la de los dos.
Irati subió al coche, con la mochila al hombro y la carpeta en la mano, con el mechero del padre en el bolsillo y la sal en los labios, con la lluvia que caía y la noche de Bilbao que se quedaba atrás.
La última puerta seguía abierta.
El enterrador seguía suelto.
Pero Mundaka la esperaba.
Jules la esperaba.
El mar la esperaba.
La sal la esperaba.
Y la marea, la que sube, la que no se detiene, la que no se lleva, la que conserva, subía con ellos.
Hacia Mundaka.
Hacia la ola.
Hacia la sal.
Hacia la historia contada entera.
Hacia el final.