Capítulo 18 — LISBOA #6
El que Abaitua ocultaba.
El que la organización protegía.
El que Silva no conocía.
El que la red, la que movía el dinero bajo los nombres de los muertos, guardaba como el secreto más enterrado.
El verdadero dueño del dinero.
El que, según la documentación, según la cadena, según el cruce de los archivos de Huidobro, movía la cuenta hacia el Este.
Jules se quedó un momento en silencio, con la carpeta en las manos y las luces de Lisboa encendiéndose, con el nombre delante, con la certeza de que la partida, la de verdad, la de la organización, no había terminado.
—Irati —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta, con el nombre en la mano—.
El nombre. El que Abaitua ocultaba. El que la organización protegía.
El verdadero dueño del dinero. —Miró a Irati—.
Está aquí. En la documentación de Silva.
—Hizo una pausa—. Y este nombre, Irati, no es el de la cuenta.
No es el de la empresa. No es el de Lisboa.
—Miró a Irati—. Es el de la cabeza. El de la que manda.
El de la que mueve el dinero hacia el Este.
El de la que la organización, la que enterraba, protege desde el principio.
Irati se acercó, con las luces de Lisboa encendiéndose y la noche sobre la ciudad, con la carpeta en las manos de Jules y el nombre que iba a leer, con la certeza de que lo que estaba viendo iba a cambiar el caso.
—El nombre —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta—.
El verdadero dueño del dinero. —Miró a Jules—.
El que está detrás de la cuenta. El que está detrás de Silva.
El que está detrás de la organización. —Hizo una pausa—.
El que, Jules, va a ser la confrontación final.
—Miró a Jules—. El que, cuando la historia se cuente entera, va a caer.
—Hizo una pausa—. Guardémoslo, Jules. Guardemos el nombre.
Guardémoslo para el final. —Miró a Jules—.
Porque la historia, Jules, la del 2016, la de Ane, la de Koldo, la de todos los que la organización ha enterrado, no ha terminado.
Termina, Jules, con el nombre. Con la cabeza.
Con la verdad que no se ha contado todavía.
Jules asintió, con las luces de Lisboa encendiéndose y el nombre en la mano, con la certeza de que la partida, la de verdad, la de la organización, se jugaba en el nombre.
—El nombre —repitió Jules, con la carpeta en la mano y las luces de Lisboa encendiéndose—.
El que Abaitua ocultaba. El que la organización protegía desde el principio.
El que, según la cadena, según el cruce, según los archivos de Huidobro, mueve la cuenta hacia el Este.
—Miró a Irati—. El que está detrás de la bodega.
El que está detrás del nodo europeo. El que está detrás de la vía EHDS.
El que está detrás del dinero que se movía bajo los nombres de los muertos.
—Hizo una pausa—. La cabeza, Irati. La cabeza de verdad.
La que Silva, la que Ondarra, la que Abaitua, la que todos, protegían.
—Miró a Irati—. Y este nombre, Irati, este que tenemos en las manos, es la puerta que la organización creía cerrada.
Irati miró la carpeta, con las luces de Lisboa encendiéndose y la noche sobre la ciudad, con el nombre que la organización había enterrado y la certeza de que la partida, la de verdad, la de la confrontación final, se jugaba ahí.
—La puerta —dijo—. La que la organización creía cerrada.
—Miró a Jules—. Pero la puerta, Jules, no se cierra.
Se entierra. Y la organización, la que enterraba, creía que enterrando la puerta, enterrando el nombre, enterrando la verdad, lo cerraba todo.
—Hizo una pausa—. Pero la verdad, Jules, no se cierra.
Se desentierra. Se reabre. Se cuenta. —Miró a Jules—.
Y nosotros, Jules, los que desenterramos, los que reabrimos, los que contamos, vamos a abrir esa puerta.
Vamos a entrar. Vamos a llegar al nombre.
Vamos a llegar a la cabeza. —Hizo una pausa—. Vamos a llegar, Jules, hasta el final.
Jules guardó la carpeta, con las luces de Lisboa encendiéndose y el nombre en la mano, con la certeza de que la partida, la de la confrontación final, se jugaba en el nombre.
Y con la carpeta cerrada y el nombre guardado, con las luces de Lisboa encendiéndose y el Tajo al fondo, con el mar de Lisboa abajo y la marea que subía, Irati y Jules se quedaron un momento en silencio, mirando la ciudad.
—La marea —dijo Jules, con la voz que se le asentaba en la garganta, con las luces de Lisboa encendiéndose—.
La que sube. La que no se detiene. —Miró a Irati—.
La que ha subido desde la ría, desde la cueva, desde el monte, desde Bilbao, hasta Lisboa.
—Hizo una pausa—. Y la que, Irati, va a seguir subiendo.
Hasta el nombre. Hasta la cabeza. Hasta el final.
—Miró a Irati—. La marea, Irati, no se detiene.
Y nosotros, Irati, vamos a subir con ella.
Irati miró las luces de Lisboa encendiéndose, con el Tajo al fondo y el mar al fondo, con el nombre guardado y la certeza en el pecho.
—Subimos —dijo—. Con la marea. Hasta el final. —Miró a Jules—. Hasta el nombre. Hasta la verdad que no se ha contado todavía. —Hizo una pausa—. Juntos, Jules. Hasta el final.
Y las luces de Lisboa se encendían abajo, y el mar se quedaba al fondo, y la marea, la que sube, la que no se detiene, seguía subiendo.
Hacia el nombre.
Hacia la cabeza.
Hacia la verdad que no se había contado todavía.
Hacia el final.
La carpeta, con el nombre, quedó guardada en la mochila de Irati, junto a la libreta de letra pequeña y el mechero del padre, junto a la sal que llevaba en el bolsillo y la certeza que le subía desde el pecho.
Y mientras las luces de Lisboa se encendían abajo, mientras el Tajo se quedaba al fondo y la noche se cerraba sobre la ciudad, Irati supo que el caso, el suyo, el de Ane, el de Koldo, el de todos los que la organización había enterrado, no había terminado.
Terminaba la de Lisboa.
Terminaba la de Silva.
Terminaba la de la cuenta.
Pero empezaba, pensó Irati, con el nombre en la mochila y la marea subiendo, la de la confrontación final.
La del nombre.
La de la cabeza.
La de la verdad que no se había contado todavía.
La del final.