Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 18 — LISBOA #4
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Capítulo 18 — LISBOA #4

—No teníamos que dudar —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta—.

Y, sin embargo, dudamos. Los dos. —Miró a Irati—.

Porque la organización, Irati, la que enterraba, no solo enterraba cuerpos.

Enterraba también la confianza. Enterraba también los vínculos.

Enterraba también la verdad entre los que se querían.

—Hizo una pausa—. Y nosotros, Irati, los que no nos fiábamos de nadie, los que sabíamos que el enemigo estaba dentro, dudamos.

—Miró a Irati—. Pero yo, Irati, no te pido nada.

No te pido perdón. No te pido explicación.

Te pido, Irati, que la duda, la de la false flag, la de la organización, se quede aquí, en Lisboa, en el tejado, en la tarde.

—Hizo una pausa—. Porque nosotros, Irati, los que hemos estado a un paso del fuego, los que hemos entrado en el centro de mando, los que hemos visto la cuenta que se vaciaba, no tenemos tiempo para la duda.

—Miró a Irati—. Tenemos tiempo, Irati, para la verdad.

Para la nuestra. Para la que no se entierra.

—Hizo una pausa—. Y la nuestra, Irati, la de los dos, se perdona sin pedir nada.

Irati se quedó un momento en silencio, con el atardecer encendiendo la ciudad y las palabras de Jules girándole en la cabeza, con el corazón que se le llenaba de algo que no sabía nombrar.

—Jules —dijo, con la voz que se le quebraba—.

Cuando la false flag, cuando dudé, cuando la desconfianza...

—Hizo una pausa—. Perdón. Perdón por la duda, Jules.

Perdón por la desconfianza. Perdón por no fiarme de ti.

—Miró a Jules—. Y perdón, Jules, por haber creído, aunque fuera un momento, que la pista, la de la organización, podía ser de ti.

—Hizo una pausa—. Porque tú, Jules, el que desobedeció, el que se quedó, el que volvió, el que entró en el centro de mando, el que está aquí, en el tejado de Lisboa, conmigo, nunca fuiste la pista.

Nunca fuiste la false flag. Nunca fuiste la organización.

—Miró a Jules—. Fuiste la verdad. La mía.

La de los dos. —Hizo una pausa—. La que no se entierra.

Jules la miró un momento, con el atardecer encendiendo la ciudad y los azulejos que brillaban, con la certeza de que la reconciliación, la del Acto III, la de los dos, acababa de darse.

—Irati —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta—.

La tierra presta el nombre. —Miró a Irati—.

Me lo enseñó Eneko. Me lo enseñó el monte.

Me lo enseñó tu tierra. Y ahora, Irati, en este tejado, en Lisboa, en el atardecer, te lo digo yo: la tierra presta el nombre.

Y el nombre, Irati, el nuestro, el de los dos, se lo prestamos a esta tarde, a este tejado, a esta ciudad.

—Hizo una pausa—. Y cuando la historia se cuente entera, cuando la organización se caiga, cuando el nombre de la cuenta, el que Abaitua ocultaba, aparezca, nosotros, Irati, vamos a estar juntos.

Con la tierra que presta el nombre. Con la verdad que no se entierra.

Con la sal en los labios y la marea subiendo. —Miró a Irati—. Juntos. Hasta el final.

Y en el tejado de Lisboa, con el atardecer encendiendo la ciudad y los azulejos que brillaban, con el Tajo abajo y el mar al fondo, Irati le devolvió la mirada, con la certeza de que la reconciliación, la del Acto III, la de los dos, se había dado.

La duda había quedado atrás.

La desconfianza había quedado atrás.

La false flag había quedado atrás.

Quedaba la verdad.

La de los dos.

La de la que no se entierra.

Y con la verdad, con el atardecer encendiendo la ciudad y los azulejos que brillaban, con el Tajo abajo y el mar al fondo, los dos se besaron, con la sal de Lisboa en los labios y la certeza de que la marea, la que sube, la que no se detiene, los había vuelto a reunir.

Bajaron del tejado con la tarde todavía encendida, con las calles de Lisboa que se estiraban hacia el río y los azulejos que brillaban en las fachadas, con las manos que se buscaban y la verdad que se respiraba, con la ciudad que se abría delante de ellos como si la hubieran estado esperando.

Caminaron por las calles del barrio antiguo, con las fachadas de azulejos y los tendederos que cruzaban de un balcón a otro, con las voces que subían de los patios y la luz que se hacía dorada sobre las piedras, con las escaleras que bajaban hacia el Tajo y el mar que se veía al fondo.

—Eneko me enseñó que la tierra presta el nombre —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta, con los azulejos que brillaban y la luz dorada—.

Me lo enseñó en el monte, en la ría, en el auzolan.

Me lo enseñó cuando me dijo que el nombre, el de la tierra, se presta, no se posee.

—Miró a Jules—. Y ahora, Jules, en Lisboa, en esta ciudad que no es la nuestra, en estas calles que no conocen el monte ni la ría, entiendo que el nombre, el nuestro, también se presta.

—Hizo una pausa—. Se presta a esta tarde.

Se presta a esta ciudad. Se presta a esta verdad que no se entierra.

—Miró a Jules—. La tierra presta el nombre, Jules.

Y nosotros, los que hemos venido del norte, los que hemos traído la verdad, le prestamos a Lisboa el nuestro.

Jules se quedó un momento en silencio, con los azulejos que brillaban y la luz dorada, con las palabras de Irati girándole en la cabeza.

—La tierra presta el nombre —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta—.

Y la marea, Irati, presta la sal. —Miró a Irati—.

La sal que se quedó en la cueva. La sal que se quedó en el monte.

La sal que se quedó en la ría. —Hizo una pausa—.

Y la sal, Irati, la que llevamos en los labios, la que llevamos en la piel, es la que nos recuerda de dónde venimos.

—Miró a Irati—. De la tierra que presta el nombre.

De la marea que no se detiene. De la verdad que no se entierra.

—Hizo una pausa—. Y de nosotros, Irati. De los dos.

Se detuvieron en una plaza que bajaba hacia el río, con los azulejos que brillaban y el Tajo al fondo, con las luces que se encendían y el mar que se quedaba abajo, con la verdad entre los dos y la ciudad que se hacía noche.

Y en la plaza, con el río al fondo y las luces encendiéndose, Jules la tomó de las manos, con la certeza de que la reconciliación, la del Acto III, la de los dos, no había terminado con el beso del tejado.

—Irati —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta, con el río al fondo y las luces encendiéndose—.

Cuando dudaste de mí, cuando la false flag, cuando Washington cerró el caso, cuando me ordenaron volver, pensé que te había perdido.

Pensé que la organización, la que enterraba, había enterrado también lo nuestro.

—Hizo una pausa—. Pero tú, Irati, la que desentierra, la que no se detiene, la que no entierra la verdad, volviste.

Volviste a buscarme. Volviste a creer. Volviste a estar.

—Miró a Irati—. Y yo, Irati, esta noche, en esta plaza, en Lisboa, en el río, en la verdad, te digo que no te pienso volver a perder.

No te pienso dejar ir. No te pienso enterrar.

—Hizo una pausa—. Porque la marea, Irati, la que sube, la que no se detiene, la que nos ha vuelto a reunir, no entierra.

Y nosotros, Irati, no enterramos. Nos quedamos.

Nos buscamos. Nos encontramos. —Miró a Irati—.

Y nos encontramos, Irati, una y otra vez. Hasta el final.

Irati se quedó un momento en silencio, con el río al fondo y las luces encendiéndose, con las palabras de Jules girándole en la cabeza, con el corazón que se le llenaba de algo que no sabía nombrar.

—Jules —dijo, con la voz que se le quebraba—.

Nos encontramos. Y nos encontramos, Jules, en la cueva, en el monte, en la ría, en Bilbao, en Madrid, en Lisboa.

—Miró a Jules—. Nos encontramos, Jules, cada vez que la verdad, la que no se entierra, nos pone delante.

—Hizo una pausa—. Y esta noche, Jules, en esta plaza, en este río, en esta ciudad, nos encontramos otra vez.

—Miró a Jules—. Y no te pienso enterrar, Jules.

No te pienso dejar ir. No te pienso perder.

—Hizo una pausa—. Porque la marea, Jules, la que sube, la que no se detiene, la que nos ha vuelto a reunir, no entierra.

Y nosotros, Jules, no enterramos. Nos quedamos.

Nos buscamos. Nos encontramos. —Miró a Jules—. Hasta el final.

Y en la plaza, con el río al fondo y las luces encendiéndose, con los azulejos que brillaban y la ciudad que se hacía noche, los dos se quedaron un momento en silencio, con las manos que se buscaban y la verdad entre los dos.

Con la sal en los labios.

Con la marea subiendo.

Con la certeza de que la reconciliación, la del Acto III, la de los dos, se había dado del todo.

En el tejado.

En la plaza.

En Lisboa.

En el río.

En la verdad.

IV. El desenlace político

La llamada a Lakua llegó al anochecer, con las luces de Lisboa encendiéndose y el Tajo abajo, con Irati en la habitación del hotel y el teléfono en la mano, con la certeza de que la partida, la política, la de la contención, la de la ceguera, se cerraba esa noche.

Al otro lado, el despacho del viceconsejero, el de la mesa de caoba y los cuadros del País, el de las llamadas que se hacían y las que se recibían, el de Landaburu, el alto cargo, el de «mueva la ficha con suavidad».

—Inspectora —dijo el viceconsejero, con la voz que se le asentaba en la garganta, con el teléfono en la mano y la noche sobre Lakua—.

He recibido el informe de Lisboa. El de la operación.

El de la cuenta. El de Silva. —Hizo una pausa—.

Y he recibido, inspectora, la notificación de Bruselas.

La del incidente crítico. La del EHDS. La del buque insignia comprometido.

—Hizo una pausa—. La vía europea, inspectora, se ha activado.

Y la vía europea, inspectora, no se entierra.