Capítulo 39
No era de un abogado.
Ni de un amigo.
Ni siquiera de un número oculto.
Procedía de una línea oficial del gobierno.
Una línea que no hacía preguntas.
—Señor Barrera —dijo la voz al otro lado—. Permanezca donde está.
Diego ya estaba de pie.
Afuera, Kalas permanecía en silencio.
Ese tipo de silencio que solo envuelve a una ciudad cuando algo está a punto de suceder.
El amanecer apenas comenzaba a teñir el cielo de un color tenue.
La calle frente al edificio seguía gris.
Vacía.
Excepto por un vehículo sin distintivos oficiales estacionado a media cuadra.
Diego lo vio de inmediato.
Sofía también.
—Ya están aquí —susurró.
Diego se volvió hacia los niños.
—Vístanse.
Mateo se quedó inmóvil.
—Dijiste que no nos íbamos a ir.
—No nos vamos.
Respondió demasiado rápido.
—Solo...
vístanse.
Pero sus manos ya temblaban.
A las 6:29 sonaron tres golpes en la puerta.
Tres golpes precisos.
Diego se colocó instintivamente entre los niños y la entrada.
Después abrió.
Esta vez había credenciales oficiales.
Dos pertenecían a los Servicios de Protección Infantil.
Una al Departamento de Seguridad Nacional.
Y, unos pasos más atrás, apenas visible, permanecía un agente uniformado que todavía no intervenía.
Todavía.
La mujer que encabezaba el grupo habló primero.
—Señor Barrera.
Venimos a ejecutar una medida de protección.
Diego tragó saliva.
—¿Con qué fundamento?
—Incremento del nivel de riesgo.
Inestabilidad de identidad.
Indicadores de obstrucción.
La mujer dio un paso hacia un lado.
—Hemos venido por los niños.
Mateo avanzó un paso.
—Van a llevarnos.
No era una pregunta.
La mujer se agachó hasta quedar frente a él.
—Vamos a asegurarnos de que estén protegidos.
Mateo negó lentamente con la cabeza.
—Él dijo que ustedes no lo harían.
Diego perdió el control por primera vez.
—¡Ustedes no tienen derecho...!
—Sí lo tenemos —respondió con calma el funcionario del Departamento de Seguridad Nacional.
Le entregó un documento.
ORDEN DE SEPARACIÓN PROTECTORA DE EMERGENCIA
Vigencia inmediata
Diego no consiguió leer más allá de la primera línea.
No pudo.
Sofía no lloró.
Se acercó lentamente a Diego.
Apoyó el rostro contra su costado.
Y le susurró unas palabras al oído.
Solo él pudo escucharlas.
Fuera lo que fuese...
lo quebró por dentro.
—Por favor...
La voz de Diego ya no iba dirigida a los funcionarios.
Parecía hablarle a la habitación entera.
—Están confundidos.
Están cansados.
Solo...
denme un poco más de tiempo.
La voz de la mujer perdió toda dureza.
—Ya tuvo tiempo.
Mateo fue el primero en separarse.
Sofía tardó un poco más.
El conejo de peluche resbaló de entre sus brazos y cayó al suelo.
Diego extendió la mano para recogerlo.
Y se detuvo.
Porque el agente uniformado había dado un paso al frente.
Aquella era la línea.
En San Alejo, Rojas se puso de pie cuando recibió la confirmación.
Separación protectora ejecutada.
Menores asegurados.
Se impidió cualquier interferencia del sujeto.
Rojas exhaló lentamente.
—Ya están fuera.
En aquella ciudad prestada, la puerta del apartamento se cerró detrás de los niños.
No se cerró de golpe.
Simplemente...
se cerró.
El silencio que quedó después era distinto a todos los que Diego había conocido.
No era un silencio pesado.
Era un silencio vacío.
Permaneció inmóvil durante largo tiempo.
Mucho después de que los funcionarios se marcharan.
Mucho después de que las puertas del ascensor se cerraran.
Mucho después de que la calle recuperara su rutina.
Por primera vez desde la desaparición de Elisa...
Diego Barrera estaba completamente solo.
Y el sistema que lo había observado pacientemente durante tanto tiempo...
por fin había actuado.