Capítulo 30
La lluvia había cesado cuando el detective Rojas llegó al Ministerio Público, pero la ciudad seguía envuelta en una humedad pesada, cargada con ese tipo de silencio que solo aparece después de una larga noche de espera.
Dentro del edificio, las luces permanecían encendidas con más intensidad de lo habitual.
Los teléfonos sonaban sin descanso.
Las conversaciones se interrumpían en cuanto se abría una puerta.
El caso ya no pertenecía a un solo departamento.
Ahora era responsabilidad de todos.
Rojas tomó asiento en la mesa de conferencias y dejó su carpeta cuidadosamente frente a él.
Al otro lado de la mesa se encontraban representantes del Ministerio Público, asesores jurídicos y dos analistas asignados exclusivamente a la coordinación con Genosha.
Nadie perdió tiempo en cortesías.
—Todavía no han actuado —informó uno de los analistas mientras señalaba la pantalla—. Pero lo están vigilando.
—Muy de cerca.
Rojas deslizó un documento hacia el centro de la mesa.
Era un resumen de los avistamientos, los movimientos financieros y los patrones de comportamiento detectados durante las últimas semanas.
Por separado, ninguno resultaba especialmente revelador.
Juntos contaban una historia distinta.
La de un cerco que se estrechaba centímetro a centímetro.
—Diego Barrera cree que es invisible —dijo Rojas—. Pero está modificando su comportamiento. Y eso significa que sabe que algo se acerca.
—Lo que lo convierte en un hombre peligroso —comentó uno de los asesores legales.
—Sí —respondió Rojas—. No es peligrosamente impulsivo.
Es peligrosamente estratégico.
Los nombres de los niños volvieron a aparecer en la pantalla.
Esta vez bajo las identidades falsas que estaban utilizando.
Sin matrícula escolar.
Sin un historial médico continuo.
Sin una rutina estable.
Todos los mecanismos creados para protegerlos estaban siendo evitados deliberadamente.
—Los está aislando —observó uno de los analistas—. Eso no es casualidad.
—No —respondió Rojas—. Es preparación.
Diego permanecía sentado frente a la mesa del apartamento, observando un mapa en el que ya había dejado de confiar.
Las rutas que antes conocía de memoria ahora le parecían demasiado expuestas.
Las calles que alguna vez le parecieron anónimas estaban llenas de rostros que había aprendido a evitar.
Sofía permanecía sentada en el suelo, acomodando cuidadosamente las orejas de su conejo de peluche con una precisión que parecía ensayada.
Mateo estaba recostado contra la pared, con las rodillas abrazadas contra el pecho, observando a su padre sin decir una palabra.
De pronto, Diego se puso de pie.
Cruzó la habitación y volvió a mirar por entre las cortinas.
Nada.
Solo la misma mañana gris.
El mismo tránsito de siempre.
Exhaló lentamente.
—Estamos bien —dijo con un tono más brusco de lo necesario—. Todo está bajo control.
Sofía levantó la vista.
—¿Nos vamos a quedar aquí?
—Por ahora.
—¿Por cuánto tiempo?
Diego abrió la boca para responder.
Pero volvió a cerrarla.
—El tiempo que sea necesario.
Alicia permanecía sentada a la mesa de la cocina.
Sostenía entre las manos una taza de café que hacía rato se había enfriado.
Luis Fernando observaba la calle desde la ventana, como si esperara que alguien apareciera sin previo aviso.
—Están vivos —dijo Alicia en voz baja—. Eso debería bastar para que pudiera respirar tranquila.
—Pero no basta —respondió Luis Fernando.
—No.
No basta.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Los están escondiendo.
Como la escondieron a ella.
Luis Fernando giró lentamente hacia Alicia.
—Y esconderse solo funciona...
hasta que deja de funcionar.
Aquella noche, Rojas volvió a revisar el expediente cuando ya estaba solo en la oficina.
Se detuvo una vez más en una frase que había leído decenas de veces.
Boleto adquirido. Ruta modificada. Menores presentes.
La mayoría de los prófugos cometían errores muy pronto.
Los más cuidadosos...
los cometían más tarde.
Diego Barrera todavía no había cometido el suyo.
Pero Rojas sabía que, tarde o temprano, tendría que mover una pieza.
Y cuando lo hiciera...
la verdad se movería con él.