Capítulo 2
Estaba de pie junto a la ventana de la sala, con las manos en los bolsillos, observando el leve resplandor de la tarde.
Las rejas de Altavilla brillaban a lo lejos, más allá de los jardines perfectamente cuidados y las fachadas pulidas que protegían a la élite de la ciudad del resto de Valmora.
Dentro de la casa, se percibía un leve olor a cloro…
y a algo más. Algo que por el momento no podía nombrar, pero que conocía muy bien.
El equipo forense trabajaba en silencio. Las cámaras destellaban. Marcadores de evidencia señalaban puntos en el suelo cerca de las escaleras y junto a la puerta del dormitorio. Rojas observó la tenue mancha en el azulejo, el jarrón roto, el marco de fotografía colocado boca abajo sobre el tocador.
Las cosas pequeñas —las que la mayoría de la gente pasaba por alto— siempre contaban las historias más inquietantes.
Rojas se volvió hacia la empleada doméstica, Olga. Estaba sentada en el borde de una silla del comedor, con las manos apretadas alrededor de un rosario.
—Señora —dijo con suavidad—, ¿cuándo fue la última vez que vio a su patrona?
Ella vaciló antes de responder:
—Anoche… los escuché discutir. Era tarde. Luego oí que algo cayó y alguien le subió el volumen al televisor… muy fuerte. Cuando el ruido paró, todo volvió a quedar en silencio.
—¿Y esta mañana?
—Solo vi al señor Diego. Dijo que ella se había ido temprano, antes del amanecer.
Rojas la miró con atención y preguntó:
—¿Se llevó su auto?
—No, señor. Su auto, su bolsa, sus llaves… todo sigue aquí.
Rojas asintió lentamente y dijo:
—Gracias, señora. Eso nos ayuda.
En la cocina, el leve zumbido del refrigerador era el único sonido. Encontró la bolsa de Elisa cuidadosamente colocada sobre el sofá, las llaves a su lado, su teléfono aún cargándose sobre la encimera.
Nada de eso encajaba con la idea de alguien que hubiera decidido marcharse.
Por el rabillo del ojo vio a Diego de pie junto al marco de la puerta. Las mangas de su camisa estaban otra vez arremangadas y su expresión parecía cuidadosamente neutral.
—Entenderá —dijo Rojas con tono firme— que necesitaré acceso a las grabaciones de seguridad del enclave y a sus registros telefónicos.
La mirada de Diego se desvió hacia los guardias mientras replicaba entre dientes:
—Dijeron que las cámaras no estaban funcionando.
Rojas esbozó una leve sonrisa y dijo con sarcasmo:
—Siempre dicen lo mismo.
Hizo una pausa antes de mirarlo directamente a los ojos.
—¿Se fue sin su auto? Su suegra dice que ella jamás dejaría a los niños.
Diego apartó la mirada, apretando la mandíbula.
—Realmente no sé qué estaba pensando.
Rojas lo observó unos segundos más, fijándose en cómo su mano rozaba la muñeca una y otra vez: un gesto nervioso, mecánico, casi ensayado.
—Necesitaremos su cooperación total, señor Barrera —dijo Rojas.
—Por supuesto —respondió Diego.
Pero en su voz no había convicción.
Afuera, Alicia y Luis Fernando permanecían junto a las patrullas. La tarde se había vuelto un gris opaco, como si el cielo hubiera decidido sofocar todo sonido. Las manos de Alicia temblaban mientras sostenía la bufanda de su hija.
—Ella no se iría —susurró cuando Rojas se acercó—. No así. No sin sus hijos.
Él asintió diciendo:
—Estamos tratando esto como un caso de desaparición, pero voy a ser muy honesto con usted, señora. Cuanto antes actuemos, mejores serán nuestras posibilidades de encontrarla.
Luis Fernando apretó la mandíbula.
—¿Qué necesita de nosotros?
—Cualquier información sobre los últimos días de Elisa: llamadas, mensajes, cualquier persona en quien haya confiado.
Alicia vaciló por un momento y luego murmuró:
—Ella dijo que quería dejarlo. Creo que tenía miedo y no quería provocar un escándalo.
El bolígrafo de Rojas se detuvo.
Levantó la mirada y preguntó:
—¿Dijo ella si él la había amenazado?
—No hacía falta que lo dijera —respondió Alicia en voz baja—. Se notaba.
Para cuando cayó la noche, la calle frente al número 23 estaba llena de curiosos. Vecinos con camisas de lino impecables murmuraban junto a sus portones. En Altavilla, la tragedia era una incomodidad, una grieta en la perfección que la gente prefería ignorar.
Dentro de la casa, Rojas se detuvo en la entrada del dormitorio principal. Las luces forenses proyectaban sombras largas sobre el suelo de mármol.
No había sangre visible. Tampoco señales de entrada forzada. Y sin embargo, todo en la habitación parecía incorrecto.
Demasiado limpio. Demasiado ordenado.
Notó una leve marca en la alfombra cerca de la ventana, como si algo pesado hubiera estado allí por un momento. Había un contorno de polvo sobre el tocador donde faltaba un joyero.
En la mesa de noche, una fotografía de Elisa con sus hijos había sido colocada boca abajo.
Rojas llamó a su asistente.
—Consígame una lista de todos los vehículos que entraron y salieron de Altavilla entre las once de la noche y las seis de la mañana —dijo—. Y dígales a los guardias que hagan copias de todos los registros de visitantes, incluso si dicen que no entraron visitantes.
—Sí, señor —replicó.
Cuando el equipo empezó a recoger sus cosas, Rojas salió al patio. El aire nocturno era fresco y estaba cargado con el aroma de lluvia.
A lo lejos se escuchaba el leve murmullo de la ciudad: una ciudad que pronto despertaría con la noticia de una mujer desaparecida.
Sacó su libreta y escribió cuatro palabras en la última página:
“Ella no se fue.”
Luego la cerró y miró una vez más las ventanas oscuras de la casa número 23.
En algún lugar detrás de esos muros, pensó, alguien sabía exactamente lo que había ocurrido.
Y en Altavilla, el silencio era más que una costumbre.
Era protección.