PRÓLOGO #19
Intentando recordar cada una de las personas que había perdido durante aquella búsqueda.
Teresa.
Elena.
Gabriel.
Quizás Sofía.
Quizás Clara.
Y por primera vez me pregunté si el precio de la verdad era demasiado alto.
Los pasos se acercaron al pasillo.
Luego a la habitación.
Luego se detuvieron.
Justo detrás de la puerta.
Mi respiración se congeló.
La puerta se abrió lentamente.
Y apareció una silueta.
Alta.
Delgada.
Inmóvil.
El hombre observó la habitación durante varios segundos.
Como si supiera que no estaba solo.
Como si pudiera sentir nuestra presencia.
Entonces dio un paso hacia adelante.
Y otro.
Y otro más.
Hasta quedar bajo el haz de luz que entraba por la ventana.
Y finalmente vi su rostro.
Lo reconocí inmediatamente.
Porque lo había visto antes.
En las fotografías escondidas por Sofía.
En los documentos de Gabriel.
En varias imágenes recientes.
Siempre en segundo plano.
Siempre observando.
Siempre cerca.
Era él.
Adrián Salvatierra.
Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo.
Porque durante semanas aquel nombre había sido una sombra.
Una teoría.
Una advertencia.
Ahora era una persona real.
De carne y hueso.
A pocos metros de mí.
Pero algo no encajaba.
No parecía el hombre que había imaginado.
No tenía la expresión fría que esperaba.
No parecía alguien perseguido por décadas de secretos.
Parecía...
Cansado.
Profundamente cansado.
Como una persona que había pasado demasiado tiempo huyendo de algo.
O de alguien.
Adrián observó la habitación.
Luego fijó la mirada en la fotografía que yo había dejado sobre la mesa.
La fotografía de Sofía.
Y algo cambió en su expresión.
Una tristeza inmensa.
Dolorosa.
Humana.
Entonces habló.
Y lo que dijo hizo que el mundo volviera a inclinarse bajo mis pies.
—Llegué tarde.
Nada más.
Solo eso.
Llegué tarde.
No sonaba como una amenaza.
Sonaba como un hombre devastado.
Adrián tomó la fotografía entre sus manos.
La observó durante unos segundos.
Y luego cerró los ojos.
Como quien intenta contener una pérdida demasiado grande.
—Lo siento, Sofía.
Susurró.
Sentí que el corazón comenzaba a acelerarse.
Porque aquella frase no pertenecía a un enemigo.
No pertenecía a un perseguidor.
No pertenecía a alguien que quisiera hacer daño.
Pertenecía a alguien que estaba de duelo.
Martín y yo intercambiamos una mirada.
Y por primera vez desde que apareció, nuestras certezas comenzaron a resquebrajarse.
Adrián permaneció inmóvil.
Luego sacó algo del bolsillo interior de su abrigo.
Un sobre.
Blanco.
Sellado.
Lo colocó cuidadosamente sobre la mesa.
Justo junto a la fotografía.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Algo imposible.
Sin girarse.
Sin mirarnos.
Sin siquiera acercarse.
Habló directamente hacia nuestro escondite.
—Ya pueden salir.
Sentí que la sangre desaparecía de mi rostro.
Porque sabía que estábamos allí.
Siempre lo supo.
El silencio se volvió insoportable.
Finalmente salimos lentamente.
Sin saber qué esperar.
Sin saber qué creer.
Adrián nos observó.
Primero a Martín.
Luego a mí.
Y cuando sus ojos encontraron los míos, vi algo que jamás olvidaré.
Reconocimiento.
Como si hubiera esperado aquel encuentro durante años.
—Valentina.
Dijo suavemente.
No era una pregunta.
Sabía quién era.
—¿Quién es usted?
Pregunté.
Mi voz apenas era un susurro.
Adrián bajó la mirada.
Como si aquella respuesta pesara demasiado.
Luego respondió.
—Alguien que le debe la verdad.
Las mismas palabras.
Las mismas palabras que aparecían una y otra vez en esta historia.
Verdad.
Mentiras.
Silencios.
Pero esta vez era diferente.
Porque Adrián estaba allí.
Porque ya no quedaban cartas.
Ni fotografías.
Ni grabaciones.
Solo personas.
Y las personas son mucho más difíciles de interpretar que los documentos.
Tomó el sobre.
Me lo entregó.
Y habló nuevamente.
—Todo lo que buscas está aquí.
Miré el sobre.
No lo abrí.
Todavía no.
Porque había una pregunta más importante.
Una que llevaba semanas persiguiéndome.
Una pregunta que ya no podía esperar.
—¿Dónde está Sofía?
Por primera vez, Adrián pareció perder el control.
Apenas un instante.
Apenas una grieta.
Pero la vi.
Y también vi algo más.
Miedo.
Miedo verdadero.
Entonces respondió.
Con una voz tan baja que casi no pude escucharla.
—Esa es exactamente la razón por la que vine a buscarte.
El corazón comenzó a golpearme las costillas.
—¿Qué significa eso?
Adrián no respondió inmediatamente.
Miró hacia la ventana.
Hacia el bosque.
Hacia algún lugar lejano que solo él parecía ver.
Y cuando finalmente volvió a hablar, las palabras cayeron sobre nosotros como una tormenta.
—Porque Sofía encontró algo antes de desaparecer.
Algo que ninguno de nosotros comprendió a tiempo.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué encontró?
Adrián cerró los ojos.
Solo un segundo.
Y cuando los abrió, ya no vi cansancio.
Ni tristeza.
Ni culpa.
Vi terror.
—La persona que estuvo detrás de todo desde el principio.
El silencio explotó dentro de la habitación.
Porque si Adrián decía la verdad...
Entonces habíamos estado equivocados.
Todo el tiempo.
Esteban no era el final de la historia.
Era apenas una pieza.
Una pieza de algo mucho más grande.
Mucho más antiguo.
Mucho más peligroso.
Y entonces Adrián pronunció un nombre.
Un nombre que jamás había escuchado.
Un nombre que no aparecía en ninguna carta.
En ningún informe.
En ningún documento.
Y antes de que pudiera explicarlo...
Se escuchó un disparo.
El cristal de la ventana estalló.
La luz desapareció.
El bosque rugió a nuestro alrededor.
Y el sobre cayó de mis manos.
Mientras todo se volvía oscuridad.
FIN DEL LIbrO 1
CONTINUARÁ EN EL LIbrO 2:
¿Qué contiene el sobre que Adrián entregó a Valentina?
¿Quién es la persona que Sofía descubrió antes de desaparecer?
¿Clara sigue viva?
¿Qué ocurrió realmente la noche del incendio?
¿Quién disparó desde el bosque?
Y la pregunta más importante de todas:
¿Cuántas generaciones fueron destruidas por una verdad que nunca debió salir a la luz?
Continuará...