PRÓLOGO #10
—Estamos investigando algunas cosas relacionadas con ella.
El hombre extendió el objeto.
Era una pequeña caja metálica.
La misma que habíamos encontrado en el ático.
O lo que quedaba de ella.
El fuego había destruido casi todo.
Pero no completamente.
—Esto apareció entre los escombros.
Lo tomé con cuidado.
Y entonces vi algo.
Un doble fondo.
Uno que nunca habíamos descubierto.
El corazón comenzó a latirme con fuerza.
Forcé la abertura.
Y encontré un único papel chamuscado.
Pequeño.
Doblado varias veces.
Lo abrí lentamente.
Parte del texto había desaparecido.
Pero aún podían leerse algunas líneas.
Y una de ellas bastó para helarme la sangre.
Si Esteban descubre que Valentina sigue viva...
El resto estaba quemado.
Destruido.
Perdido para siempre.
Pero ya no importaba.
Porque aquella frase contenía algo mucho más aterrador.
Esteban Salvatierra no solo estaba relacionado con Sofía.
No solo estaba relacionado con mi madre.
También estaba relacionado conmigo.
Y, aparentemente, hubo un tiempo en que alguien creyó que yo corría peligro de muerte.
CAPÍTULO 16
El hombre de la fotografía
Esa noche no regresé a mi habitación.
No podía.
Las palabras del papel rescatado del incendio seguían resonando dentro de mí.
Si Esteban descubre que Valentina sigue viva...
No tenían sentido.
Yo siempre había estado viva.
Nunca desaparecí.
Nunca me escondí.
Nunca abandoné Puerto Escondido.
Entonces, ¿por qué alguien escribiría algo así?
¿De qué me estaban protegiendo?
¿Y quién era realmente Esteban Salvatierra?
El cansancio comenzaba a mezclarse con la desesperación.
Y la desesperación tenía una forma peligrosa de convertir cualquier teoría en una verdad.
Necesitaba hechos.
Pruebas.
Algo sólido.
La casa estaba en silencio.
Mi padre se había encerrado en su habitación.
Nicolás seguía haciendo llamadas relacionadas con el incendio.
Yo deambulaba por los pasillos como un fantasma.
Sin rumbo.
Hasta que llegué al salón principal.
Allí colgaban decenas de fotografías familiares.
Algunas tan antiguas que apenas recordaba cuándo habían sido tomadas.
Otras pertenecían a una época que parecía una vida distinta.
Me detuve frente a una imagen de Sofía.
Tendría unos quince años.
Sonreía.
Con esa sonrisa luminosa que siempre conseguía que todos la miraran.
La observé durante largo rato.
Y entonces noté algo extraño.
El marco estaba torcido.
Muy levemente.
Como si alguien lo hubiera movido.
Probablemente no significaba nada.
Pero últimamente nada parecía casual.
Lo acomodé.
Y escuché un pequeño golpe detrás de la pared.
Fruncí el ceño.
Retiré la fotografía.
Y descubrí algo oculto detrás del marco.
Un sobre.
Antiguo.
Cubierto de polvo.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
Porque ya conocía demasiado bien aquella sensación.
Otro secreto.
Otra pieza escondida.
Otra verdad esperando salir a la luz.
Llevé el sobre hasta la mesa.
Lo abrí cuidadosamente.
Dentro había una única fotografía.
En blanco y negro.
Algo desgastada por el tiempo.
La observé.
Y sentí un estremecimiento inmediato.
Porque reconocí a varias personas.
Mi madre.
Teresa.
Clara.
Más jóvenes.
Mucho más jóvenes.
Y junto a ellas había un hombre.
Alto.
Cabello oscuro.
Expresión seria.
No sonreía.
Ni siquiera para la cámara.
Parecía incómodo.
Como si no quisiera estar allí.
En el reverso alguien había escrito un nombre.
Esteban Salvatierra.
Por primera vez veía su rostro.
Por primera vez aquel nombre se convertía en una persona real.
Me incliné sobre la imagen.
Observando cada detalle.
Intentando comprender qué tenía aquel hombre para generar tanto miedo.
Y entonces lo vi.
Un colgante.
Pequeño.
De plata.
Con forma de brújula.
Sentí un escalofrío inmediato.
Porque conocía ese colgante.
Lo había visto muchas veces.
Demasiadas.
Mi respiración se detuvo.
No.
Era imposible.
Absolutamente imposible.
Pero allí estaba.
Exactamente igual.
La misma forma.
El mismo diseño.
El mismo grabado en el centro.
Retrocedí lentamente.
Porque ese colgante pertenecía a alguien que conocía.
Alguien muy cercano.
Alguien que había estado conmigo desde que comenzó toda esta investigación.
Martín.
Intenté convencerme de que era una coincidencia.
Una simple coincidencia.
Las personas compartían objetos.
Los colgantes podían heredarse.
Podían comprarse.
Podían repetirse.
Pero una parte de mí ya sabía que aquello no era tan sencillo.
Recordé la primera vez que lo vi.
Martín lo llevaba siempre.
Debajo de la camisa.
Como si tuviera un valor especial.
Como si significara algo.
Nunca le pregunté de dónde había salido.
Nunca tuve motivos para hacerlo.
Hasta ahora.
Dormí apenas unas horas.
Y al amanecer ya estaba esperando frente al periódico local.
Martín llegó poco después de las ocho.
Llevaba café en una mano.
Y la misma cadena alrededor del cuello.
Mi estómago se tensó.
—Pareces haber pasado una mala noche.
—La tuve.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué ocurrió?
Saqué la fotografía.
La coloqué frente a él.
Observé atentamente su reacción.
Vi el instante exacto en que reconoció la imagen.
Y el instante exacto en que comprendió lo que yo había descubierto.
El color abandonó su rostro.
—¿Dónde encontraste esto?
No respondió a mi pregunta.
Eso fue suficiente.
—Tú dime.
Martín bajó la mirada hacia la fotografía.
Luego hacia el colgante que llevaba.
Y finalmente hacia mí.
Había tristeza en sus ojos.
Y algo más.
Algo parecido a la resignación.
—Sabía que este momento llegaría.
Sentí que el corazón comenzaba a golpear con fuerza.
—¿Qué significa eso?
Martín exhaló lentamente.
Como alguien que lleva demasiado tiempo cargando un peso.
—Significa que hay algo que nunca te conté.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
—¿Qué cosa?
Hubo un largo silencio.
Luego levantó la vista.
Y dijo las palabras que cambiaron nuevamente el rumbo de toda la historia.
—Esteban Salvatierra era mi abuelo.
Por un instante olvidé respirar.
Olvidé moverme.
Olvidé pensar.
Solo lo observé.
Esperando que dijera que era una broma.
Que estaba equivocado.
Que había alguna explicación sencilla.
Pero no ocurrió.
Porque su expresión era demasiado seria.
Demasiado sincera.
Demasiado dolorosa.
—No...
Fue lo único que logré decir.
Martín asintió lentamente.
—Mi madre me lo contó antes de morir.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—¿Sabías quién era?
—Sí.
—¿Y no me dijiste nada?
—Porque no sabía que estaba relacionado contigo.
Su voz se quebró apenas.
—Lo descubrí hace pocos días.
Exactamente igual que tú.
Lo observé.
Intentando decidir si podía creerle.
Intentando decidir si todavía lo conocía.
Porque de pronto todo parecía diferente.
Cada conversación.
Cada descubrimiento.
Cada coincidencia.
Todo.
Y la peor parte era que una pregunta horrible acababa de aparecer en mi mente.
Una pregunta que no quería formular.
Una pregunta que temía escuchar respondida.
—Martín...
—¿Sí?
—Si Esteban era tu abuelo...
Tragué saliva.
—¿Qué hizo para que todos le tuvieran tanto miedo?
Martín cerró los ojos.
Y cuando volvió a abrirlos, vi algo que jamás había visto en él.
Terror.
—Eso es exactamente lo que llevo intentando descubrir toda mi vida.
CAPÍTULO 17
La noche que olvidé
Durante el resto de la mañana fui incapaz de concentrarme.
Las palabras de Martín seguían repitiéndose en mi cabeza.
Esteban Salvatierra era mi abuelo.
Todo se había vuelto demasiado complejo.
Demasiado personal.
Hasta ese momento, Esteban era un nombre.
Una sombra.
Una figura lejana en una historia antigua.
Ahora estaba conectado con alguien a quien conocía.
Con alguien en quien confiaba.
Y eso cambiaba las cosas.
Porque el pasado acababa de dejar de ser un misterio abstracto.
Ahora tenía rostro.
Tenía vínculos.
Tenía consecuencias.
Martín permaneció en silencio durante gran parte del día.
Yo también.
Ninguno sabía exactamente cómo comportarse después de aquella revelación.
Sin embargo, había algo que seguía pareciéndome genuino.
Su sorpresa.
Su miedo.
Su necesidad de encontrar respuestas.
Era la misma que la mía.
Y quizás por eso decidí seguir adelante.
Porque ya no había forma de regresar.
Poco después del mediodía, la secretaria del periódico apareció con un paquete.
—Lo dejaron en recepción.
Martín levantó la vista.
—¿Quién?
—No lo sé.
No había remitente.
Ni nombre.
Ni explicación.
Solo una caja de cartón antigua.
Mi corazón comenzó a acelerarse inmediatamente.
Porque ya había aprendido algo sobre Puerto Escondido.
Las respuestas nunca llegaban de forma sencilla.
Siempre aparecían escondidas dentro de algo.
Y casi siempre traían nuevas preguntas.
Martín colocó la caja sobre el escritorio.
Nos observamos durante unos segundos.
Luego la abrió.
Dentro había carpetas.
Decenas de carpetas.
Perfectamente organizadas.
Etiquetadas.
Protegidas del paso del tiempo.
Y sobre todas ellas había una nota.
Una sola línea.
Escrita a mano.
La verdad pertenece a quien tenga el valor de mirarla.
Sentí un escalofrío.
Porque reconocí la letra.
La había visto antes.
En las anotaciones encontradas junto al diario.
Era la letra de Clara.
Las primeras carpetas contenían informes profesionales.
Registros clínicos.
Notas de seguimiento.
Documentos relacionados con distintos niños de la comunidad.
Martín y yo revisamos página tras página.
Hasta encontrar una carpeta más gruesa que las demás.
Una carpeta marcada únicamente con una inicial.
V.
Mi respiración se detuvo.
—No puede ser.
Martín tampoco parecía capaz de apartar la mirada.
Porque ambos sabíamos exactamente quién era esa V.
Yo.
Las manos comenzaron a temblarme.
Abrí la carpeta lentamente.
Y encontré años de registros.
Sesiones.
Observaciones.
Evaluaciones.
Notas escritas por Clara.
Todo relacionado conmigo.
Todo relacionado con una etapa de mi vida que no recordaba.
La fecha del primer informe me dejó helada.
Yo tenía seis años.
Exactamente seis.