Lo Que Nunca Nos Dijimos Parte I (Lo Que Nunca Dijimos 1) PRÓLOGO #8
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PRÓLOGO #8

Si estás leyendo esto, significa que finalmente comenzaste a hacer las preguntas correctas.

Abrí lentamente el sobre.

Dentro había una única fotografía.

Nada más.

La observé.

Y sentí que el mundo desaparecía.

Porque la imagen mostraba a Clara.

A Teresa.

A mi madre.

Y a una niña de aproximadamente seis años.

Una niña que sonreía mientras sostenía la mano de Clara.

Esa niña era yo.

Pero no recordaba aquella fotografía.

No recordaba a Clara.

No recordaba haberla conocido jamás.

Y eso era imposible.

Porque la expresión de aquella mujer mientras me miraba en la imagen no era la de una desconocida.

Era la expresión de alguien que me amaba.

Como si hubiera sido parte de mi vida.

Como si hubiera sido familia.

Como si alguien hubiera borrado ese recuerdo de mí.

Y por primera vez comprendí algo aterrador.

Tal vez Sofía tenía razón.

Tal vez no podía confiar ni siquiera en mis propios recuerdos.

ACTO II

LAS GRIETAS

CAPÍTULO 13

El diario azul

Hay recuerdos que desaparecen.

Y hay recuerdos que desaparecen porque alguien necesita que lo hagan.

Esa idea fue la primera que ocupó mi mente al despertar.

La fotografía seguía sobre la mesa de noche.

La observé durante varios minutos.

Clara.

Teresa.

Mi madre.

Y yo.

Una niña sonriente sosteniendo la mano de una mujer que no recordaba haber conocido.

Intenté obligar a mi memoria a reaccionar.

A ofrecerme algo.

Un nombre.

Una voz.

Un olor.

Cualquier cosa.

Pero no apareció nada.

Solo una sensación vaga.

Lejana.

Como una canción escuchada hace mucho tiempo.

Algo que estuvo allí y luego desapareció.

Y eso me aterraba más que cualquier secreto familiar.

Porque si era posible olvidar a una persona tan importante, ¿qué más había olvidado?

A las nueve de la mañana me reuní con Martín.

Le conté sobre la llamada.

Sobre la fotografía.

Sobre Clara.

Y sobre la creciente sensación de que mi infancia estaba llena de espacios vacíos.

Martín escuchó sin interrumpir.

Con la misma paciencia que siempre había tenido.

Cuando terminé, permaneció pensativo unos segundos.

—Hay algo que me llama la atención.

—¿Qué?

—Todos los caminos terminan conduciendo a lo mismo.

—Clara.

—No.

Negó con la cabeza.

—Tus recuerdos.

Guardé silencio.

Porque también había comenzado a notarlo.

Las cartas.

Las advertencias.

Las fotografías.

Todo parecía girar alrededor de algo que yo había olvidado.

Algo que Sofía recordaba.

Algo que otros intentaban ocultar.

—¿Y si alguien hizo que olvidara?

Martín no respondió enseguida.

—No sé si alguien puede hacer algo así.

—El trauma sí.

Su expresión cambió.

Sabía que tenía razón.

Algunas heridas son tan profundas que la mente encuentra formas de esconderlas.

Formas de sobrevivir.

Pero si aquello era cierto...

¿Qué había ocurrido para que una niña olvidara una parte completa de su vida?

Decidimos visitar la biblioteca municipal.

No porque tuviéramos una pista concreta.

Sino porque era uno de los pocos lugares vinculados tanto a mi madre como a Teresa.

Además, Clara había trabajado allí durante algunos años.

Martín había encontrado ese dato la noche anterior revisando archivos antiguos.

La biblioteca ocupaba un edificio antiguo frente a la plaza principal.

Cuando entré, el olor a libros me envolvió inmediatamente.

Y con él llegó algo inesperado.

Una sensación.

Un pequeño estremecimiento.

Como si hubiera estado allí muchas veces.

Más veces de las que recordaba.

Me detuve.

Observando las estanterías.

Las mesas.

Las ventanas.

Por un instante vi algo.

Un destello.

Una niña sentada en el suelo leyendo.

Una mujer sonriendo.

Una mano acariciando mi cabello.

La imagen desapareció tan rápido como llegó.

Pero fue suficiente para hacerme temblar.

—¿Estás bien? —preguntó Martín.

Asentí.

Aunque no era verdad.

La directora de la biblioteca era una mujer llamada Alicia Romero.

Debía tener cerca de setenta años.

Y cuando escuchó el nombre de Clara, su expresión cambió.

Apenas un segundo.

Pero lo vi.

—¿La conoció? —pregunté.

Alicia observó alrededor.

Como si temiera que alguien escuchara.

—Sí.

—¿Quién era?

La mujer suspiró.

—Una buena persona.

—Eso no responde mi pregunta.

—Lo sé.

Hubo un silencio incómodo.

Luego agregó:

—Clara amaba a los niños.

Especialmente a una niña.

Mi corazón dio un salto.

—¿Quién?

Alicia me observó directamente.

—Tú.

El mundo pareció detenerse.

—¿Yo?

—Venías aquí todo el tiempo.

Negué inmediatamente.

—No.

—Sí.

—No la recuerdo.

La tristeza cruzó el rostro de Alicia.

Como si hubiera esperado esa respuesta.

—Siempre pensé que algún día preguntarías por ella.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Por qué nadie me habló de ella?

La mujer tardó varios segundos en responder.

Cuando finalmente lo hizo, su voz apenas fue un susurro.

—Porque después de lo que pasó, nadie volvió a mencionarla.

Lo que pasó.

Aquellas tres palabras quedaron suspendidas entre nosotros.

Pesadas.

Inquietantes.

—¿Qué pasó?

Alicia bajó la mirada.

—No puedo decírtelo.

—¿Por qué?

—Porque no es mi historia.

—También es la mía.

La mujer cerró los ojos.

Y durante un instante pareció debatirse entre hablar o guardar silencio.

Finalmente se levantó.

Caminó hacia una estantería del fondo.

Y regresó con un libro viejo.

Una novela cualquiera.

Gastada por los años.

La colocó sobre la mesa.

—Clara dejó esto aquí poco antes de desaparecer.

Fruncí el ceño.

—¿Un libro?

—Ábrelo.

Lo hice.

Las páginas estaban amarillentas.

Sin embargo, algo llamó mi atención de inmediato.

Habían sido pegadas entre sí cerca de la mitad.

Con cuidado.

Como si escondieran algo.

Mi pulso comenzó a acelerarse.

Separé lentamente las hojas.

Y encontré varios papeles doblados.

Antiguos.

Fragilizados por el tiempo.

Los reconocí inmediatamente.

Las páginas arrancadas del diario de Sofía.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—No puede ser.

Martín también se había quedado inmóvil.

Porque acabábamos de encontrar algo que creíamos perdido para siempre.

Las páginas desaparecidas.

Las respuestas.

O al menos parte de ellas.

Abrí la primera hoja.

La fecha correspondía exactamente a cuatro días antes de la desaparición de Sofía.

La letra era firme.

Pero distinta.

Más tensa.

Más preocupada.

Y entonces leí la primera línea.

La frase que parecía esperar veinte años para ser encontrada.

Hoy recordé algo que Valentina olvidó.

Y si alguna vez lo recuerda, todo cambiará.

Las palabras se clavaron dentro de mí.

Continué leyendo.

No sé cuánto tiempo podremos seguir ocultándolo.

Clara dice que los recuerdos siempre regresan.

Mamá cree que aún tenemos tiempo.

Teresa no está tan segura.

Yo tampoco.

Mi respiración se volvió irregular.

Porque por primera vez veía aquellos nombres juntos.

Clara.

Teresa.

Mi madre.

Sofía.

Todas protegiendo el mismo secreto.

Todas intentando ocultar algo.

Algo relacionado conmigo.

Seguí leyendo.

Y llegué a la última frase de aquella página.

La frase que hizo que mis manos comenzaran a temblar.

Si Valentina recuerda aquella noche, nadie volverá a estar a salvo.

El silencio cayó sobre la biblioteca.

Un silencio absoluto.

Pesado.

Porque acabábamos de descubrir algo mucho peor que una mentira.

Habíamos descubierto que toda mi familia había vivido durante años aterrorizada por un recuerdo.

Un recuerdo mío.

Uno que ni siquiera sabía que existía.

CAPÍTULO 14

Fotografías faltantes

Durante varios segundos fui incapaz de seguir leyendo.

Las palabras de Sofía parecían moverse sobre el papel.

No por las lágrimas.

Por el miedo.

Porque todo apuntaba en una dirección que todavía no comprendía.

Un recuerdo.

Un recuerdo olvidado.

Un recuerdo tan importante que había condicionado la vida de todos los que me rodeaban.

Martín permanecía en silencio.

Respetando el momento.

Esperando que fuera yo quien decidiera continuar.

Respiré profundamente.

Y pasé a la siguiente página.

La fecha correspondía a tres días antes de la desaparición de Sofía.

La letra seguía siendo la misma.

Pero el tono era diferente.

Más urgente.

Más desesperado.

Clara volvió hoy.

Pasó casi dos horas hablando con mamá.

Discutieron.

Escuché gritos desde el jardín.

Clara insiste en que no podemos seguir escondiendo la verdad.

Mamá dice que si la verdad sale a la luz, Valentina será quien más sufra.

Sentí un escalofrío.

Mi nombre aparecía una y otra vez.

Siempre en el centro.

Siempre como la razón detrás de cada decisión.

Seguí leyendo.

Teresa está de acuerdo con Clara.

Cree que el silencio está haciendo más daño que el recuerdo.

Yo ya no sé qué pensar.

Me detuve.

Miré a Martín.

—Todos estaban discutiendo sobre mí.

—Eso parece.

—Pero ¿por qué?

Él negó lentamente.

—Todavía nos faltan piezas.

Y tenía razón.

Nos faltaban demasiadas.

Continué leyendo.

Las páginas siguientes ofrecían fragmentos de conversaciones.

Menciones a reuniones.

A discusiones familiares.

A decisiones que parecían imposibles de entender sin contexto.

Hasta que apareció una frase que hizo que mi corazón se acelerara.

Clara sigue guardando los informes.

Parpadeé.

Volví a leerla.

Informes.

No cartas.

No fotografías.

Informes.

Y entonces apareció la explicación.

Dice que algún día Valentina tendrá derecho a conocerlos.

Aunque mamá desea destruirlos.

Sentí un vacío en el estómago.

Porque aquello sonaba oficial.

Médico.

Profesional.

Y de pronto recordé algo que Alicia había dicho.

Clara trabajaba con niños.

Una idea comenzó a formarse lentamente.

Una posibilidad que me inquietó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Martín...

—¿Sí?

—¿Y si Clara no era una amiga de la familia?

Él me observó.

Y comprendió exactamente lo que estaba pensando.

—Continúa leyendo.

La respuesta apareció dos páginas después.

Sin advertencias.

Sin preparación.

Simplemente allí.

Entre líneas aparentemente normales.

Clara dice que la terapia ya no es necesaria.

Cree que Valentina ha progresado más de lo esperado.

Pero todavía hay recuerdos bloqueados.