CAPÍTULO 37Tres días #3
Daniel podía soportar dolor físico, cirugías, rehabilitación y enfermedad manteniendo algún tipo de conexión.
Lo que no sabía hacer era permanecer cuando sentía que una parte de sí mismo podía destruir la imagen que los demás tenían de él.
Entonces reducía información, se alejaba, dejaba pasar tiempo y regresaba cuando creía que podía volver a sostener la versión funcional de Daniel.
Lily había sido el origen. Después Matthias había desaparecido.
Y durante años habían ocurrido versiones menores de la misma retirada. No era una doble personalidad.
No era una explicación simple como bipolaridad que pudiera colocar sobre él y considerar el problema resuelto.
Podía haber trauma, impulsividad, problemas para regular emociones, episodios depresivos o cualquier combinación que solo un profesional habría tenido derecho a nombrar.
Pero ninguna etiqueta cambiaba el hecho de que Daniel seguía siendo responsable de sus decisiones. Había empujado a Lily.
Había borrado mensajes.
Había mentido a la policía. Había desaparecido de mi vida durante meses.
Comprender por qué lo hizo no podía convertirse en una forma elegante de decir que no lo hizo.
Y, sin embargo, aquella tarde estaba haciendo algo que durante años había evitado.
Había venido. No había apagado el teléfono ni desaparecido detrás de trabajo, hospitales o distancia.
Había cruzado un océano para sentarse frente a mí mientras yo miraba directamente la parte de su historia que más temía mostrar.
Esa decisión no borraba nada, pero importaba.
Yo quería que importara. Quizá porque todavía lo quería.
Quizá porque después de cinco años era imposible apagar todo lo que sentía simplemente porque había aparecido una verdad horrible.
Antes de que se fuera al hotel le hice una pregunta que no tenía relación directa con Lily y que, al mismo tiempo, tenía relación con todo.
Le dije que incluso si al día siguiente descubría algo peor, incluso si terminaba decidiendo que debía llevar la información a la policía o no volver a verlo nunca, seguía sin poder imaginar una versión de mí misma capaz de matarlo.
Daniel me observó con una mezcla de confusión y preocupación.
No sabía nada de la predicción.
No entendía por qué había llevado la conversación hasta ese extremo.
—No creo que alguna vez me hicieras daño —dijo.
La frase me produjo algo frío. Porque él lo creía. Yo también. Y Veyra no.
No le conté nada todavía. No quería convertir aquel momento en una conversación sobre una predicción que quizá estaba equivocada.
Daniel se fue poco después. No quise que durmiera en mi casa y no discutió la decisión.
El hotel estaba cerca. Antes de salir preguntó si podía llamarme cuando llegara.
Le dije que sí. Después permanecí sola en la sala durante mucho tiempo.
Su taza seguía sobre la mesa. Había una marca circular de café sobre la madera y una servilleta doblada de cualquier manera junto al sillón.
Me resultaba absurdo que el espacio pudiera contener objetos tan comunes después de una conversación que había cambiado cinco años de recuerdos.
Abrí Veyra más tarde. No le conté todo. Todavía no estaba preparada para convertir la confesión de Daniel en otro conjunto de variables.
Escribí únicamente que Daniel había causado la muerte de una persona sin haber tenido intención de matarla y después había ocultado parte de lo ocurrido.
La respuesta tardó unos segundos.
¿Estás segura de ambas afirmaciones?
Me irritó de inmediato. Le dije que Daniel me lo había contado. Veyra respondió que eso identificaba la fuente, no establecía la certeza.
Me quedé mirando la frase con una incomodidad creciente.
Durante toda la tarde había sentido que por fin llegábamos al fondo. La confesión era tan grave y tan específica que parecía imposible que todavía existiera otra capa. Pregunté qué estaba sugiriendo.
Nada todavía. Solo que una confesión también es una versión de los hechos.
Sentí un escalofrío.
No porque Veyra hubiera descubierto algo. Precisamente porque no lo había hecho. Yo había pasado días desconfiando de las explicaciones parciales de Daniel y, en cuanto me ofreció una suficientemente terrible, había asumido que por fin era completa. Le pregunté si creía que todavía mentía.
No lo sé.
Por primera vez aquella respuesta me pareció peor que una acusación.
Cerré Veyra y miré la hora.
Tres días. Daniel estaba a pocos kilómetros de mi casa.
Lily llevaba años muerta. Matthias había desaparecido una vez y después, de maneras más pequeñas, muchas otras.
Yo acababa de escuchar una confesión que habría sido suficiente para destruir la imagen que tenía de cualquier otra persona y, aun así, seguía sin querer que Daniel muriera.
Seguía sin imaginarme haciéndole daño. Seguía sin comprender qué decisión mía podía conducir a aquello que Veyra insistía en presentar como una consecuencia.
Pero ahora había aparecido una posibilidad nueva, una que me resultaba incluso más inquietante que descubrir que Daniel todavía escondía algo. Quizá el problema no era que todavía no supiera suficiente sobre él. Quizá el problema era que, por primera vez, empezaba a creer que ya sabía la verdad.