Lo que nadie vio de nosotros 5. La noche sin cámaras
13%

5. La noche sin cámaras

La noche sin cámaras

La puerta automática se abrió a la cuarta vez.

No porque Caleb la arreglara. No porque yo la amenazara con mi libreta. Se abrió porque una mujer con un abrigo rojo salió de la terminal con una maleta demasiado grande y el sensor decidió que ella, al menos, merecía entrar y salir del mundo sin tener que discutirlo.

Caleb guardó el destornillador.

—¿Ya viste qué tenía? —pregunté.

—Sí.

—¿El qué?

—Un cable flojo y una placa partida. La puerta se abría para cualquiera que pasara por el lado correcto.

Lo miré.

—No suspiro así.

—No dije que fuera malo.

—Eso no mejora nada.

La puerta se cerró entre nosotros con un golpe suave. Por un momento, su reflejo quedó atrapado a mi lado en el vidrio.

No parecíamos una pareja. No parecíamos nada que tuviera nombre.

Él tenía el cabello pegado a la frente por la humedad del puerto y una mancha oscura de grasa junto al pulgar. Yo llevaba la mochila mal cerrada, el borde de la libreta asomándose como si quisiera escaparse sola.

Dos personas que no sabían si podían confiar una en la otra.

Eso era todo.

—Voy a volver al estudio —dije.

Caleb asintió.

—Yo también.

—No juntos.

—No juntos.

Me adelanté sin esperar a comprobar si cumplía.

Crucé la avenida cuando el semáforo cambió y no miré hacia atrás hasta llegar a la esquina.

Él seguía junto a la terminal, a media cuadra de distancia, revisando el tornillo que había sacado del sensor como si no hubiera notado que el mundo podía romperse con una frase mal puesta.

O quizá lo sabía demasiado bien.

Para las siete de la tarde, Seattle había decidido llover en serio.

En R-12, la lluvia le daba al techo con ganas. Caleb había puesto tres pruebas sobre la mesa: una rueda de lavadora hecha con tapas de refresco, una puerta minúscula de metal y un semáforo dibujado en cartón con un foco verde que no dejaba de parpadear.

Yo había extendido mis mapas sobre el suelo porque la mesa ya no alcanzaba.

No hablábamos desde hacía casi una hora.

Era una de las formas más raras de estar con alguien: no podías llamarlo comodidad, pero tampoco era distancia. Sabías exactamente dónde respiraba la otra persona aunque no la estuvieras mirando.

Caleb movió un cable detrás del semáforo. Lo acomodó, lo soltó y volvió a acomodarlo.

—Si lo sigues tocando, se va a cansar de ti —dije.

Su mano se quedó quieta.

—Se queda prendido cuando no debe.

—Todos tenemos algo.

Me arrepentí antes de que pudiera cambiar de tema.

Caleb no sonrió. Solo dejó el cable sobre la mesa.

—¿Quieres que me vaya?

La respuesta correcta era sí.

La respuesta que me salió fue:

—Quiero que dejes de preguntar como si fueras a hacerme un favor enorme por obedecer.

Él asintió despacio.

—Está bien.

—Y deja de decir “está bien” cada vez que te digo algo que no te gusta.

—No me gusta.

—Gracias.

—Pero lo voy a hacer de todos modos.

Lo miré desde el suelo. Él tenía una rodilla apoyada junto a la mesa, una mano sobre el cable y esa expresión suya de persona que se preparaba para recibir una mala noticia aunque la noticia ya hubiera llegado.

—Eres desesperante —dije.

—Lo he escuchado.

—¿De muchas personas?

—De las suficientes para no pensar que todas se pusieron de acuerdo.

Contra mi voluntad, una risa se me escapó. No se quedó. Fue apenas una grieta, pero la vi cruzar su cara también.

Se fue la luz.

No hubo aviso. La lámpara sobre la mesa se apagó y el estudio se volvió un rectángulo azul oscuro con lluvia pegando en el vidrio.

—Bueno —dije—. Eso parece una señal.

—No creo en esas.

—Claro que no. Tú eres de los que creen que todo son cables flojos.

Caleb encendió la linterna de su teléfono y la apuntó al suelo, lejos de mí.

—En edificios viejos suele ser un interruptor.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que quiere quedarse atrapado en un edificio viejo con una persona que acaba de decirle que es desesperante.

—No quiero quedarme atrapado contigo.

Levanté la cabeza.

Él cerró los ojos apenas un segundo.

—Quise decir que no quiero que quedes atrapada aquí. Conmigo. No que no—

—Ya entendí.

—No creo que hayas entendido.

—Caleb, si sigues hablando, voy a hacer que la puerta automática te adopte.

Eso sí lo hizo reír. Bajito. Como si no se fiara del sonido.

Me pareció irritante que alguien pudiera reírse así después de haber callado lo que él había callado. No pidió nada con esa risa, y eso la volvía peor.

—Voy a revisar el tablero —dijo.

—No eres electricista.

—No soy muchas cosas.

La frase dejó de ser graciosa antes de terminar de existir.

Caleb abrió la puerta del estudio. El pasillo estaba oscuro también. A lo lejos alguien golpeó una puerta y Mateo dijo algo que no alcancé a entender. Después se oyó la voz de Eva dando instrucciones sobre linternas, salidas y “por favor, nadie convierta esto en un retiro espiritual”.

—Hay gente —dije.

—Sí.

—Puedes irte con ellos.

—Puedo.

Pero no se movió.

Me senté con las piernas cruzadas sobre uno de los mapas. El suelo estaba frío a través del pantalón. La lluvia había borrado la ciudad al otro lado de la ventana; solo quedaban luces estiradas y el contorno negro de los edificios.

—La luz de emergencia está en el armario —dije.

Caleb apuntó la linterna hacia la pared de atrás.

—¿Sabes dónde está todo ahora?

—Abrí cajones.

—Eso sigue siendo preocupante.

Encontramos la lámpara roja en una caja de plástico, detrás de un paquete de servilletas y una cinta métrica rota. Caleb la encendió. La luz dejó el estudio en un color extraño, como si todo estuviera ocurriendo dentro de una alarma.

—Muy acogedor —dije.

—Puedo apagarla.

—No. Así parece que por lo menos alguien se toma en serio el desastre.

Él puso la lámpara en el centro de la mesa y se sentó en el suelo, al otro lado de uno de mis mapas. No demasiado cerca. Nunca demasiado cerca.

La lluvia llenó el espacio que dejábamos.

—¿Por qué mapas? —preguntó.

No levanté la vista.

—Ya te dije. Camino mucho.

—Eso no explica por qué dibujas lugares donde nadie quiere estar.

—¿Quién dijo que nadie quiere estar ahí?

—La lavandería. La escalera. La puerta que no abre.

—Tú fuiste quien eligió la lavandería.

—La elegiste tú también.

Le pasé un lápiz sin mirarlo. Lo tomó. Por unos segundos, solo se escuchó la punta del grafito sobre el papel.

—Cuando era niña —dije—, mi mamá se perdía mucho.

Caleb dejó de dibujar.

—No de verdad. No desaparecía. Solo… se bajaba en una estación equivocada, olvidaba dónde había dejado el coche, se confundía de calle. Le pasaba cuando estaba cansada.

No sabía por qué le estaba contando eso. Quizá la luz roja era una mala influencia.

—Yo empecé a memorizar rutas. Paradas, tiendas, el número de las calles. Era más fácil saber dónde estaba todo que preguntarle si ella estaba bien.

Caleb no dijo lo siento . Gracias a Dios.

—¿Y funciona? —preguntó.

Miré el mapa bajo mis manos. Había dibujado una línea azul desde la residencia hasta la terminal. La línea se cortaba antes de llegar a la puerta.

—No. Pero me da algo que hacer con el miedo.

Él levantó la cabeza.

No sonrió. No dijo que entendía.

Solo miró el papel como si esa frase hubiera cambiado de peso cuando salió de mi boca.

—Mi padre decía eso —dijo al fin.

—¿Que te da algo que hacer?

—Que arreglar cosas da algo que hacer con el miedo.

La respuesta era tan parecida a la suya en la lavandería que estuve a punto de decirlo. No lo hice. Algunas coincidencias no necesitaban señalarse para existir.

—¿Por eso arreglas máquinas? —pregunté.

—Al principio, sí.

—¿Y ahora?

Miró el lápiz entre sus dedos.

—Ahora me gusta saber que una cosa puede dejar de servir y no por eso hay que tirarla.

—Eso es una metáfora horrible para decirle a alguien que acabas de traicionar.

Caleb soltó el aire. No se defendió.

—Tienes razón.

—No empieces.

—No es una metáfora.

Eso me hizo mirarlo.

La luz roja le cambiaba la cara. Le borraba las ojeras y hacía que la mancha de grasa de su pulgar pareciera sangre. Por un segundo entendí por qué la gente escribía cosas terribles sobre noches de apagón y decisiones que se toman porque nadie puede verlas.

Entonces sonó un golpe de metal en el pasillo y Mateo gritó que había encontrado el interruptor principal.

Las luces volvieron de golpe.

El estudio recuperó sus esquinas. La lluvia siguió siendo lluvia. Caleb volvió a ser Caleb: sudadera gris, manos manchadas, ojos cansados.

Y entre los dos seguía habiendo una cosa enorme a la que nadie había puesto nombre.

Él se levantó primero.

—Voy a guardar esto —dijo, señalando la lámpara.

—Haz lo que quieras.

La frase no fue amable. Él no intentó salvarla con otra.

Mientras guardaba la lámpara, su teléfono vibró sobre la mesa.

La pantalla se encendió.

No vi el mensaje. Vi una notificación de archivos debajo, abierta desde antes.

17 OCTUbrE — SIN EDITAR

Caleb lo tomó demasiado rápido.

Nos miramos.

No pregunté qué era.

El problema era que ya sabía.

—Mara —dijo.

Tomé mi libreta, mi bolígrafo rojo y la regla metálica. Guardé todo sin orden.

—No —respondí.

Esta vez no me detuve a mirar si venía detrás de mí.