Capítulo 20
El taller del casco antiguo mantenía esa luz tamizada y constante de las mañanas de otoño, cuando el sol atraviesa los ventanales altos y dibuja franjas de polvo de tiza flotando en el aire.
Estaba sentado frente a mi mesa de trabajo principal.
Sobre la madera descansaba una tabla devocional del siglo XVII procedente de una pequeña capilla de montaña.
Tenía el soporte atacado por xilófagos, la capa de aparejo agrietada en retícula por los cambios de humedad y una capa de barniz de alambique oscurecida por el humo de miles de velas encendidas durante generaciones.
Sostenía el bisturí de corte curvo entre el pulgar y el índice.
A mi lado, Daniel —el nieto de Elena Valterra, que había aceptado mi invitación para incorporarse como alumno en prácticas— preparaba con precisión una mezcla de gel de agarosa para la limpieza enzimática de la superficie.
—¿Señor Alarcón? —preguntó Daniel, deteniendo la varilla de vidrio sobre el vaso de precipitados—. ¿Cómo se sabe exactamente cuándo detener la limpieza de una capa pictórica? Si quitamos demasiado, alteramos la pátina del tiempo; si dejamos demasiado, ocultamos la intención del artista.
Me retiré las lupas de aumento y miré la tabla.
—Ese es el límite ético de nuestro oficio, Daniel —respondí, señalando la frontera entre la suciedad acumulada y la pátina original—.
No restauramos para hacer que una obra parezca nueva.
Tampoco para imponer nuestro criterio sobre la historia.
Restauramos para devolverle la legibilidad a la materia, para que el objeto hable por sí mismo sin las interferencias de la degradación o el engaño.
La puerta del taller se abrió con un sonido metálico y Mateo entró llevando una caja de madera de pino con arenques ahumados y salazones recién traídos del puerto.
—La flota del amanecer ha tenido una buena marea, Martín —dijo Mateo, dejando la caja sobre la mesa auxiliar y saludando a Daniel con un gesto cordial—. Tenía que pasar por la capital para los trámites del nuevo cooperativismo de armadores y no podía dejar de traer los suministros.
—Siempre bienvenido, Mateo —sonreí, sirviéndole una taza de café recién elaborado.
Mateo se acercó al caballete donde descansaba el cuadro en el que trabajaba Daniel. Observó el proceso con ese respeto silencioso de quien ha aprendido a mirar la madera con ojos limpios.
—A veces me cuesta creer que hace tres años estábamos atrapados en el lodazal de Las Marismas —murmuró Mateo, contemplando las herramientas alineadas sobre el tablero—.
Aquella casa sigue cerrada por orden del juez, pero el pueblo ha empezado a olvidar el miedo.
La gente vuelve a bajar a la cala a pescar.
—Las sombras solo se sostienen mientras nadie se atreve a encender una luz en la estancia, Mateo —le dije—. Una vez que la verdad sale a la superficie, la piedra vuelve a ser solo piedra.
Por la tarde, tras la marcha de Daniel y Mateo, me quedé a solas en el taller.
El silencio de la estancia solo era interrumpido por el tic-tac rítmico del reloj de pared y el suave crujido de la madera asentándose en el soporte.
Me acerqué al estante donde guardaba mis diarios de campo: veinte volúmenes encuadernados en piel que recogían cada intervención pericial, cada análisis de espectrometría y cada informe técnico realizado a lo largo de mi carrera.
Tomé el último volumen y lo abrí por la última página en blanco.
Mojé la pluma estilográfica en la tinta negra y escribí las líneas finales de la memoria de intervención del caso de la Catedral Vieja y Las Marismas:
La restauración pictórica nos enseña que nada se pierde por completo mientras conservemos el método para buscar bajo las falsas capas.
Los hombres intentan a menudo sepultar sus errores bajo mentiras elaboradas con resina sintética, oro robado o silencio complaciente.
Sin embargo, la física de la materia no responde a la codicia ni al poder.
La pintura cede. El mortero se fractura. La luz del sol termina siempre por encontrar la grieta.
Al final de la jornada, el valor de una obra de arte no reside en la firma del reverso ni en la tasación de los mercados de subastas; reside en la capacidad de recordar a quienes la contemplan que la verdad, por profunda que sea la capa que la sepulta, siempre es susceptible de ser rescatada.
Cerré el cuaderno.
Desconecté los focos de espectro continuo, dejé el bisturí limpio en su estuche de terciopelo y apagué las luces del taller.
Al salir a la calle, la brisa fresca de la tarde me golpeó el rostro.
La ciudad histórica comenzaba a encender los faroles de hierro fundido, proyectando una luz dorada y limpia sobre las piedras centenarias del casco antiguo.
Caminé despacio hacia la plaza de la catedral, sabiendo que el tiempo, despojado de sus falsas sombras, volvía a fluir con la transparencia serena de la madera restaurada.