CAPÍTULO 17
Las semanas siguientes transcurrieron con una facilidad que ninguno de los dos había anticipado, una rutina nueva construyéndose poco a poco entre las reuniones de trabajo en el Aurelia y las noches compartidas que se volvían, gradualmente, menos esporádicas y más frecuentes.
Delaney descubrió que Silas todavía roncaba ligeramente cuando dormía boca arriba, un detalle que la hacía reír en la oscuridad de maneras que no reía desde hacía años.
Silas descubrió que ella todavía dejaba las luces del pasillo encendidas toda la noche, un hábito que se remontaba a su infancia y que él, esta vez, no cuestionó ni una sola vez, simplemente aceptándolo como parte de quien ella era.
Marlow, con su instinto certero para notar cambios en su mejor amiga, comentó una tarde que Delaney parecía "más ligera, como si hubiera dejado caer una mochila que llevaba cargando durante años sin darse cuenta del peso".
Priya, por su parte, había empezado a bromear diciendo que el estudio entero olía distinto desde que Delaney había vuelto a sonreír con esa frecuencia, como si su estado de ánimo se filtrara literalmente en las flores que manejaba a diario.
Silas, por su lado, había empezado a integrarse poco a poco en los pequeños rituales de la vida de Delaney: acompañarla los sábados por la mañana al mercado de granjeros donde ella compraba flores frescas para sus arreglos personales, aprender los nombres de las variedades que ella cultivaba en su balcón, incluso ofrecerse a ayudar con las entregas más pesadas cuando su horario en el Aurelia se lo permitía.
Había algo profundamente reconfortante, para ambos, en esta integración gradual de sus vidas cotidianas, tan distinta de la intensidad acelerada de su relación original.
Los domingos se habían convertido en su día favorito de la semana, un ritual no planeado que surgió naturalmente de la costumbre: desayuno tardío en el apartamento de uno o del otro, seguido de una caminata larga sin destino específico, terminando casi siempre en alguna cafetería nueva que ninguno de los dos conocía, descubriendo juntos rincones de la ciudad que Delaney, a pesar de haber vivido ahí toda su vida, nunca había explorado del todo.
Una noche de viernes, mientras preparaban juntos una cena sencilla en el apartamento de Delaney —él cortando verduras con la torpeza de alguien que rara vez cocinaba, ella dirigiendo el proceso con una paciencia divertida—, Silas se detuvo de pronto, el cuchillo suspendido a medio camino, y la miró con una expresión seria que la alertó de inmediato.
—Estás cortando esas zanahorias completamente mal, para que sepas —comentó ella, riendo, antes de que él pudiera hablar—. Se supone que deben ser rodajas uniformes, no esos bloques irregulares que pareces estar produciendo.
—Estoy haciendo mi mejor esfuerzo. La arquitectura no me preparó para esto en absoluto.
—Claramente no. Dame eso.
Se acercó para corregir su técnica, colocando su mano sobre la de él para guiar el movimiento correcto del cuchillo, y fue en ese momento de cercanía simple y doméstica que Silas se detuvo de pronto, el cuchillo suspendido a medio camino, y la miró con una expresión seria que la alertó de inmediato.
—Vas a cortarte un dedo si sigues distraída así —bromeó ella, sin notar todavía el cambio genuino en su expresión.
—No estoy distraído por las zanahorias, Delaney.
—¿Entonces por qué?
—¿Qué pasa?
—Nada malo —aclaró rápidamente—. Solo estaba pensando en lo simple que es esto. Cortar verduras contigo en una cocina pequeña, sin ninguna gran conversación pendiente, sin ningún peso del pasado colgando sobre nosotros. Hacía tanto tiempo que no sentía algo tan simple y tan bueno al mismo tiempo.
—Yo también lo siento así.
—Tengo miedo de que algo lo arruine —admitió él, con una honestidad cruda que la sorprendió—.
Hemos superado tanto ya, la confesión, el perdón parcial, la reconstrucción lenta de la confianza.
Y ahora que finalmente tenemos esto, esta simplicidad hermosa, tengo miedo constante de que algo, en algún momento, venga a quebrarla de nuevo.
—¿Qué tipo de cosa te preocupa específicamente?
Silas dudó un momento antes de responder, y Delaney no supo, en ese instante, que estaba presenciando el primer indicio silencioso de la lucha interna que él ya cargaba respecto a la oferta de Chicago, aunque todavía faltaban días para que ese correo llegara a su bandeja de entrada.
—No sé, cosas de la vida en general. Decisiones difíciles, circunstancias fuera de nuestro control. La vida tiene una forma particular de poner a prueba justo las cosas que más apreciamos.
—Eso suena casi como una premonición.
—Quizás lo es, en cierto sentido. O quizás es solo el miedo residual de alguien que una vez destruyó algo hermoso por tomar la decisión equivocada bajo presión, y que ahora vive con el terror constante de repetir ese mismo error.
Delaney dejó su propio cuchillo a un lado y se acercó a él, tomándole el rostro entre las manos con una ternura que no había sentido en años.
—No podemos vivir con miedo constante a que las cosas buenas se rompan, Silas. Eso ya nos costó diez años una vez. Si vamos a hacer esto, tenemos que hacerlo con la confianza de que, pase lo que pase, vamos a enfrentarlo juntos esta vez, hablando, sin secretos, sin decisiones tomadas en solitario.
—¿Y si algo surge que sea genuinamente difícil de compartir? ¿Algo que temas que pueda cambiar cómo te sientes respecto a mí, o respecto a nosotros?
La pregunta de Silas quedó suspendida en el aire con un peso que Delaney no supo interpretar del todo en ese momento, aunque más tarde reconocería el eco de la culpa que ya empezaba a acumularse en él respecto a la oferta de Chicago.
—Entonces lo compartes de todos modos —respondió ella, sin dudar—. Aunque sea difícil, aunque temas mi reacción. Prefiero enfrentar la verdad más dolorosa contigo, a tu lado, que descubrir después que me protegiste de algo que merecía saber desde el principio.
—Prometo eso. Con todo lo que soy, te lo prometo.
Delaney lo abrazó entonces, sintiendo la tensión en sus hombros aflojarse ligeramente bajo sus manos, sin saber que esa misma promesa estaba a punto de ponerse a prueba de una manera que ninguno de los dos podía anticipar todavía.
—¿Sabes qué es lo que más admiro de ti ahora, comparado con hace diez años? —preguntó ella, todavía abrazándolo—. Que estás intentando, activamente, romper los patrones que te llevaron a lastimarme la primera vez. Eso requiere una valentía que no todos tienen.
—No siempre lo logro perfectamente. Todavía tengo miedos que me cuesta nombrar en voz alta.
—Nadie espera perfección, Silas. Solo esfuerzo genuino, y eso ya lo veo en ti todos los días.
Se besaron entonces, despacio, con las manos todavía manchadas de los vegetales que estaban cortando, y la cena terminó quemándose ligeramente en la sartén mientras ambos descubrían, una vez más, que algunas cosas entre ellos nunca habían dejado de funcionar exactamente como debían.
Cuando finalmente se apartaron, ambos riendo ante el desastre humeante de la sartén olvidada, Silas la abrazó por detrás mientras ella intentaba salvar lo que quedaba de la cena, apoyando la barbilla en su hombro con una familiaridad que ya no sorprendía a ninguno de los dos.
—Creo que arruinamos por completo la cena —comentó él, sin ningún arrepentimiento real en la voz.
—Completamente arruinada. Espero que tengas hambre de comida a domicilio.
—Siempre tengo hambre de comida a domicilio, si la comparto contigo.
* * *
Pidieron comida a domicilio esa noche, riéndose de su propio desastre culinario mientras esperaban la entrega, y Delaney se sorprendió pensando, mientras compartían una caja de comida tailandesa sentados en el suelo de su sala porque ninguno de los dos tenía ganas de moverse hasta la mesa, en lo distinta que se sentía esta versión de la relación comparada con la de diez años atrás.
Entonces todo había sido urgencia, planificación acelerada, la sensación constante de estar corriendo hacia un futuro que ambos daban por garantizado.
Ahora, en cambio, había una lentitud deliberada, una atención cuidadosa a cada momento pequeño, como si ambos hubieran aprendido, de la manera más dolorosa posible, que nada en la vida debía darse jamás por sentado.
—¿En qué piensas? —preguntó Silas, notando su expresión pensativa.
—En que esto se siente distinto a como se sentía antes. Mejor, en cierto modo, aunque suene extraño decirlo considerando todo el dolor que tuvimos que atravesar para llegar aquí.
—No suena extraño. Yo siento exactamente lo mismo. Hay una gratitud en esto que no existía antes, cuando dábamos todo por garantizado. Ahora sé, de una manera visceral que antes no tenía, lo fácil que es perder algo precioso por decisiones tomadas desde el miedo.
—Espero que ambos hayamos aprendido esa lección lo suficientemente bien como para no repetir el mismo error.
—Yo también lo espero, Delaney. Con todo mi corazón.
Terminaron de comer sentados en el suelo de la sala, compartiendo directamente de las cajas de cartón porque ninguno de los dos tenía ganas de lavar platos adicionales, y la conversación se desvió hacia temas más ligeros: los planes de Marlow y Holt para las próximas fiestas navideñas, la posibilidad de que Priya finalmente se animara a salir con el barista del café de la esquina que llevaba meses coqueteando con ella sin resultado, pequeñas historias cotidianas que, en su simpleza, representaban exactamente el tipo de normalidad compartida que ambos habían anhelado sin saberlo durante tanto tiempo.
Cuando finalmente Silas se preparó para irse esa noche, ya pasada la medianoche, se despidió en la puerta con un beso largo y pausado, sin ninguna prisa por terminar el momento.
—Gracias por esta noche —dijo, con la frente apoyada contra la de ella—. Por lo simple que fue, y por lo mucho que significó de todos modos.
—Gracias a ti también, Silas. Por estar aquí, presente, de la manera en que antes no podías estarlo.
Se quedaron así un momento más, frente a frente en el umbral, ninguno de los dos con verdaderas ganas de romper el contacto, hasta que finalmente Silas se obligó a dar un paso atrás, sonriendo con una calidez que Delaney sintió calentarle el pecho entero.
—Nos vemos mañana en el Aurelia.
—Nos vemos mañana.