CAPÍTULO 22 — DIEGO
El apartamento en Barcelona es considerablemente más pequeño que mi antiguo espacio en Buenos Aires, ubicado en el barrio de Gràcia, con un balcón diminuto que apenas cabe una silla individual pero que ofrece vistas parciales hacia el Park Güell en la distancia lejana.
Es exactamente el tipo de espacio que había imaginado durante estos últimos meses de planificación cuidadosa: modesto pero genuinamente mío, un punto de partida sólido para la nueva vida que estoy construyendo activamente con determinación.
Nora viene a ayudarme con la mudanza final, tomando un tren de alta velocidad desde Madrid que la trae hasta Barcelona en poco más de dos horas y media, una distancia considerablemente más manejable que cualquier vuelo intercontinental que hayamos enfrentado durante los últimos meses de relación a distancia.
—Esto se siente genuinamente real —dice, ayudándome a desempacar cajas en la cocina pequeña del nuevo apartamento con considerable entusiasmo—.
Como si finalmente estuviéramos construyendo algo permanente juntos, en vez de simplemente visitas planeadas cuidadosamente entre viajes constantes de un lado a otro.
—Se siente exactamente así para mí también, honestamente.
—Dejo la caja que estaba desempacando para acercarme hacia ella, rodeándola con mis brazos desde atrás mientras contempla la vista limitada del balcón pequeño—.
Barcelona representa considerablemente más que simplemente proximidad geográfica contigo, Nora.
Representa finalmente elegir conscientemente una vida estable, en vez de huir constantemente hacia el próximo horizonte distante como solía hacer.
—Estoy considerablemente orgullosa de ti por esa elección consciente que tomaste.
Pasamos el resto del día organizando el apartamento juntos con considerable paciencia, discutiendo animadamente sobre dónde colocar exactamente cada mueble disponible, riendo genuinamente cuando descubrimos que ninguno de los dos tiene ninguna habilidad particular para el montaje de muebles de IKEA, a pesar de nuestros respectivos veintinueve y treinta años de experiencia vital acumulada supuestamente.
—Definitivamente deberíamos haber contratado a alguien profesional para esto —dice Nora, examinando críticamente una estantería que se inclina peligrosamente hacia la izquierda a pesar de nuestros mejores esfuerzos combinados durante casi una hora.
—Le da carácter genuino y único al apartamento. Considéralo arte contemporáneo accidental de nuestra propia creación conjunta.
Ríe genuinamente ante mi broma, y mientras la observo moverse por mi nuevo espacio con esa comodidad natural que siempre ha tenido, como si perteneciera exactamente ahí desde siempre sin ninguna duda, siento una certeza profunda asentándose firmemente en mi pecho sobre el camino que estamos construyendo cuidadosamente juntos día tras día.
Esa noche, después de terminar la mayor parte del desempaque necesario, cenamos en un pequeño restaurante cerca del apartamento nuevo, celebrando tranquilamente este nuevo capítulo compartido con una botella de cava catalán que el dueño del restaurante nos recomienda entusiasmadamente al enterarse de nuestra mudanza reciente.
—¿Puedo confesarte algo? —dice Nora, mientras brindamos suavemente con las copas—.
Estaba genuinamente aterrada de que esto no funcionara entre nosotros.
No solamente por la distancia física, sino por el miedo persistente de que estuviéramos simplemente reviviendo nostálgicamente algo que ya había terminado naturalmente su curso hace cinco años enteros sin posibilidad real de renovación.
—¿Y ahora qué piensas al respecto, después de todo esto?
—Ahora pienso que esto se siente considerablemente más sólido que lo que teníamos originalmente hace años.
No porque el amor en sí sea diferente exactamente en su naturaleza esencial, sino porque ambos aprendimos, de la manera más dolorosa posible, exactamente cuánto vale la pena proteger activamente esto que tenemos, en vez de simplemente asumir que va a sobrevivir automáticamente sin ningún esfuerzo consciente de nuestra parte.
—Estoy completamente de acuerdo contigo en eso.
—Tomo su mano sobre la mesa del restaurante, sintiendo la calidez familiar de sus dedos entrelazados con los míos—.
Nora, quiero preguntarte algo importante, y quiero que sepas que no hay ninguna presión para responder inmediatamente si necesitas tiempo para considerarlo cuidadosamente primero.
—¿Qué es exactamente lo que quieres preguntarme?
—¿Considerarías mudarte a Barcelona también eventualmente, con el tiempo?
No inmediatamente, entiendo completamente que tienes tu propia carrera establecida en Madrid desde hace años, tu propio apartamento cómodo, tu propia vida construida cuidadosamente ahí con considerable esfuerzo.
Pero en algún momento futuro, cuando ambos sintamos genuinamente que es el momento correcto para dar ese paso juntos.
Nora se queda en silencio un momento, considerando cuidadosamente la pregunta importante antes de responder con una sonrisa que ilumina completamente su expresión facial.
—Diego, llevo considerando exactamente esa posibilidad durante las últimas semanas transcurridas, honestamente hablando.
Mi trabajo como freelance me permite considerable flexibilidad geográfica en la práctica, y Barcelona tiene una escena periodística activa donde podría fácilmente continuar construyendo mi carrera profesional sin ningún problema significativo.
—¿Estás diciendo que sí a la posibilidad?
—Estoy diciendo que, cuando ambos sintamos genuinamente que es el momento correcto para dar ese paso importante, definitivamente consideraría seriamente mudarme aquí contigo de manera permanente.
La respuesta me llena de una felicidad tan intensa que apenas logro contenerla completamente dentro de mí, y me inclino sobre la mesa pequeña del restaurante para besarla suavemente, sin importar las miradas curiosas de otros comensales cercanos que puedan estar observando este momento íntimo entre nosotros.
—Te amo, Nora Aguilar —digo, cuando finalmente nos separamos después del beso—.
No solamente la versión de ti que conocí hace años atrás, sino esta versión completamente renovada, considerablemente más sabia y considerablemente más valiente sobre reconocer exactamente lo que merece protección activa en la vida.
—Y yo te amo a ti también, Diego Salcedo. Especialmente esta versión tuya que finalmente aprendió que la vulnerabilidad honesta vale considerablemente más que la protección silenciosa del miedo acumulado durante años.
Terminamos la cena entre planes futuros emocionantes y risas compartidas genuinamente, y mientras caminamos de vuelta hacia mi nuevo apartamento bajo las estrellas visibles de Barcelona, tomados de la mano con una certeza renovada sobre el camino que estamos construyendo juntos con considerable cuidado, entiendo que finalmente hemos logrado exactamente lo que Marina probablemente esperaba secretamente cuando organizó deliberadamente ese apartamento compartido en Sevilla hace ya varios meses atrás: darnos la oportunidad genuina de reconstruir, con considerable esfuerzo consciente y honestidad completa entre nosotros, algo que vale absolutamente la pena proteger para siempre.