Capítulo 20 #2
oyó el motor del coche de ella entrando en el camino de gravilla.
Elena llegaba del estudio que había alquilado en la plaza del pueblo, un local pequeño con las paredes de piedra vista y una mesa de dibujo enorme junto a la ventana, desde donde llevaba me‐ ses trabajando en el proyecto de restauración de una masía del siglo XVIII a las afueras,
encargo que le había llegado por el boca a boca del pueblo entero, agradecido, orgulloso de tener a "la arquitecta de la casa de la abuela" trabajando entre ellos.
La oyó entrar por la puerta de la cocina, dejar las llaves en el cuenco de cerámica de la entrada —el mismo gesto de todos los días, el mismo sonido metálico y familiar que a Martín, en algún momento de aquel año,
había empezado a sonarle a la definición exacta de la palabra "hogar"— y quitarse los zapatos de un puntapié.
—Huele que da gloria —dijo ella desde el pasillo—. ¿Qué celebramos?
Martín salió a su encuentro con el delantal puesto todavía, las manos oliendo a azafrán y a caldo de pescado reducido durante tres horas a fuego lento, y se quedó un segundo en el umbral de la co‐ cina solo mirándola: el pelo castaño recogido de cualquier manera,
un lápiz todavía metido detrás de la oreja, los ojos verdes cansados del día de trabajo y, sin embargo, brillantes de un modo que a él, después de todo lo que habían pasado, seguía pareciéndole un mila‐ gro completamente inmerecido.
—Nada en especial —mintió, y la mentira le supo distinta esta vez en la boca, ligera, sin el peso de las otras—. Tenía ganas de co‐ cinar para ti.
—Mmm. —Elena se apoyó en el marco de la puerta, cruzó los brazos, lo miró de arriba abajo con ese gesto de sospecha profesio‐ nal que usaba cuando examinaba una pared para decidir si era de carga o se podía tirar—.
Martín Rovira, llevas el delantal bueno.
El de las ocasiones. Y hay velas en la mesa.
Y esas no son las copas de diario, son las de mi abuela.
—¿Puedo cocinarte algo bonito sin que sea sospechoso?
—Puedes. Pero no sueles hacerlo un martes cualquiera sin que exista una razón.
Él sonrió, porque era exactamente la clase de observación que Elena hacía siempre: precisa, arquitectónica, capaz de detectar la grieta antes de que nadie más la viera.
Se la llevó de la mano hasta la mesa —el mantel de lino que había sido de su madre, las velas ya encendidas, el mar visible por la ventana volviéndose de un na‐ ranja quemado con el atardecer,
ese momento exacto del Empordà en que la luz parece venir de dentro de las cosas y no de fuera— y le sirvió el arroz.
Era el mismo arroz. El de aquella primera noche.
Pero esta vez el sofrito estaba en su punto exacto, dorado y no quemado, la cebo‐ lla deshecha del todo, el caldo reducido a la consistencia perfecta, meloso, brillante, con el azafrán abriéndose en hilos dorados por toda la superficie.
Había tardado tres intentos esa misma tarde en conseguirlo bien, tres sofritos empezados y descartados hasta dar con el punto, porque quería que esta vez, cuando ella lo probara, no hubiera nada que corregir.
Elena tomó la primera cucharada y cerró los ojos.
—Está perfecto —dijo, y algo en su voz se quebró un poco al reconocerlo—. Es el mismo arroz. El de la primera vez.
—El mismo. Pero bien hecho.
—Aquella noche se te quemó el sofrito y me dijiste que era "textura ahumada intencional".
—Mentí. Ya sabes que a veces miento fatal.
Ella lo miró entonces, y algo en la broma se le clavó a los dos al mismo tiempo, porque las mentiras de Martín ya no eran un chiste inocente, eran una herida con la que habían aprendido a convivir sin que dejara de doler del todo,
una cicatriz que se nombraba en voz alta precisamente para quitarle poder.
Elena estiró la mano por encima de la mesa y la puso sobre la de él.
—Ya no mientes —dijo—. Ya no.
—No. Ya no.
Fue entonces, con la mano de ella todavía sobre la suya, la luz del atardecer entrando oblicua por la ventana y pintándole a Elena una línea dorada en el pómulo, con el mar de fondo respirando su vaivén constante y el olor a azafrán y a cera de las velas mezclán‐ dose en el aire de la cocina,
cuando Martín entendió que no había ensayo posible que sirviera para ese momento.
Todos los discursos de la ducha se le borraron de golpe de la cabeza, como una pizarra limpiada de un manotazo.
Se levantó de la silla. Elena lo miró, extrañada, y empezó a le‐ vantarse también.
—No, quédate sentada —dijo él, y la voz le salió temblorosa, la voz de un hombre que por fin, después de treinta y seis años, había dejado de tener miedo a que se le notara temblar.
Se arrodilló junto a la mesa. Elena se llevó una mano a la boca.
—Martín...
—Necesito decir esto entero, sin parar, porque si paro no sé si voy a poder terminarlo.
—Respiró. El corazón le latía tan fuerte que lo sentía en los oídos, un tambor constante, y sin embargo no era el mismo miedo de antes: no era el miedo de morirse solo, era el miedo, mucho más humano, mucho más antiguo, de que alguien te mire de verdad y decida quedarse—.
Hace un año no fui capaz de decirte la verdad ni una sola vez.
Te dejé creyendo que no te quería porque no tuve el valor de decirte que me estaba muriendo.
Construí una mentira entera, ladrillo a ladrillo, para protegerte de algo, y lo único que conseguí fue hacerte más daño del que jamás te habría hecho la verdad.
Aprendí, del peor modo posible, que hay cosas que no se pueden callar.
Que hay verdades que hacen más daño calladas que dichas.
Y esta es una de ellas, Elena: te quiero.
Te he querido cada día de estos doce años, incluso los días en que fingí lo contrario, incluso el día que te vi salir por esa puerta en Madrid con la bolsa al hombro y no lloré delante de ti porque no me quedaba derecho a llorar.
Te quiero con todo lo que soy, con la cicatriz de la operación y con el miedo que todavía me da a veces despertarme de madrugada y comprobar que sigo respirando.
Y ya no voy a callarme nada más. Nunca más.
Sacó la cajita del bolsillo del delantal. Se le resbaló de los dedos un instante, torpe, y la volvió a agarrar con las dos manos como quien rescata algo que no se puede permitir dejar caer.
—Elena Vidal. ¿Quieres casarte conmigo?
El silencio que siguió no tuvo nada que ver con el otro silencio, el de aquella noche en Madrid, el silencio que sonaba a salsa cor‐ tada.
Este silencio, Martín lo reconoció al instante, con esa costum‐ bre suya de traducirlo todo a sabores: era el silencio exacto de un caldo que por fin ha encontrado su punto de sal, ese segundo de plenitud en que ya no hace falta corregir nada más.
Elena tenía los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa que le tem‐ blaba en las comisuras, esa sonrisa suya que era mitad ternura y mi‐ tad la promesa de un chiste que llegaría un segundo después para que ninguno de los dos se ahogara en la emoción.
—Se te ha vuelto a quemar algo, ¿verdad? —dijo, con la voz rota—. Porque huelo un poco a humo.
—Elena.
—Sí —dijo ella entonces, sin dejar pasar ni un segundo más—. Sí, quiero. Claro que quiero, idiota. Llevo queriendo decir que sí desde que tenía veinticuatro años y todavía no me lo habías pregun‐ tado como Dios manda.
Él le puso el anillo temblando tanto que tardó dos intentos en acertar con el dedo, y ella se rio entre lágrimas, y en algún mo‐ mento de esa risa las lágrimas de los dos se mezclaron cuando él la abrazó, arrodillado todavía, la cara hundida contra su vientre,
respi‐ rando el olor a lápiz de grafito y a jabón de lavanda que era, senci‐ llamente, el olor de estar vivo.
—El anillo es del color de tus ojos —dijo él contra su ropa— justo antes de decir la verdad más difícil.
—Qué cursi te has vuelto, Rovira.
—Casi me muero. Tengo derecho a ser cursi el resto de mi vida.
Fue en ese preciso instante, con las manos de Martín todavía aferradas a la cintura de Elena y el arroz enfriándose sin que a nin‐ guno de los dos le importara ya lo más mínimo, cuando un ruido sordo y evidente resonó justo al otro lado de la ventana de la co‐ cina: un tropiezo, un "ay" ahogado,
y después la voz inconfundible de Doña Carmen susurrando —con ese volumen de susurro que en realidad se oía perfectamente desde dentro de la casa y probable‐ mente desde la casa de al lado— "Teresa, Teresa, ha sacado el ani‐ llo, lo he visto todo,
corre a buscar el cava que lo tengo guardado desde marzo por si acaso."
Elena y Martín se miraron, y entre las lágrimas y la emoción y el anillo todavía torcido en el dedo, ambos se echaron a reír a la vez, esa risa que solo se comparte con la persona con la que ya se ha atravesado lo peor, y que sirve, precisamente por eso,
para medir exactamente cuánto se ha ganado lo que viene después.
—Llevaba cava guardado desde marzo —dijo Elena, sin poder parar de reír—. ¿Cuánta gente sabía esto antes que yo?
—Todo el pueblo, probablemente —dijo Martín, todavía de ro‐ dillas, sin ninguna prisa por levantarse—. Aquí no se guarda un se‐ creto ni media hora.
—Ya lo sé —dijo ella, y le tomó la cara entre las manos, con el anillo nuevo brillando contra la piel de él bajo la luz de las velas—. Por eso ya no me da miedo que se sepa nada.