Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1) Prólogo
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Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1)

Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1)

Por Ignacio Atelier

© inepub.com

Prólogo

El diagnóstico llevaba catorce días viviendo en el bolsillo interior de su chaqueta, doblado en un sobre que ya tenía las esquinas blan‐ das de tanto sacarlo y volver a guardarlo.

Martín Rovira lo sabía de memoria. Linfoma de Hodgkin, esta‐ dio dos.

El oncólogo se lo había dicho con la voz plana y entrenada de quien ha dado esa noticia mil veces y ha aprendido a no temblar al hacerlo: buen pronóstico, alta tasa de curación, seis meses de tra‐ tamiento, quizá ocho.

Palabras diseñadas para tranquilizar. Ninguna de ellas le había servido de nada a las tres de la mañana, cuando se despertaba empapado en sudor pensando en su madre, en el olor a hospital que se le había quedado pegado a la memoria desde los ocho años,

en la cara que ponía su padre cuando creía que nadie lo miraba.

Elena dormía al otro lado de la cama, la respiración lenta, un brazo colgando fuera de las sábanas como si incluso dormida qui‐ siera abarcar más espacio del que le correspondía.

Llevaba así cua‐ tro años. Ocupando espacio en su vida con la naturalidad de quien nunca ha necesitado pedir permiso para quedarse.

Él la miró durante mucho rato en la penumbra.

Memorizó la curva de su hombro, el mechón de pelo que se le pegaba a la meji‐ lla, la marca diminuta que tenía en la clavícula y que ella odiaba y él adoraba.

Pensó en los seis meses que tenía por delante.

Pensó en las agujas, en las náuseas, en el pelo que se le iba a caer a mecho‐ nes en la ducha.

Pensó en la cara de Elena viéndolo así. Pensó en su madre, delgada como un junco, sonriendo desde la cama del hospital para que él no llorara, y en cómo esa sonrisa no le había ahorrado ni un solo minuto de terror a un niño de ocho años.

No iba a hacerle eso a Elena.

—Tenemos que hablar —dijo, y su propia voz le sonó ajena, como si perteneciera a otro hombre.

Ella se despertó despacio, sonriendo antes incluso de abrir los ojos del todo, ese gesto automático que solo tienen las personas que se sienten seguras.

—¿Qué hora es?

—Da igual la hora.

Algo en su tono la hizo incorporarse. Encendió la lámpara de la mesita.

La luz amarilla le cayó sobre la cara a él, y por un segundo, solo un segundo, Martín tuvo miedo de que ella pudiera ver la ver‐ dad escrita en su piel, en las ojeras que llevaba semanas disimu‐ lando, en los kilos que ya no lograba esconder bajo las camisetas anchas.

—Martín, me estás asustando.

—No puedo seguir con esto —dijo. Las palabras le salieron se‐ cas, ensayadas, porque las había repetido cuarenta veces en el es‐ pejo del baño esa misma tarde y ni una sola vez habían sonado a verdad—. Con nosotros. No puedo.

El silencio que siguió tuvo textura propia.

Martín pensó, con esa costumbre suya de traducirlo todo a sabores y texturas, que sonaba como el momento exacto en que una salsa se corta: un segundo an‐ tes todo está unido, ligado, entero, y al segundo siguiente ya no hay manera de deshacer lo que se ha roto.

—¿Qué significa eso? —La voz de Elena todavía intentaba en‐ contrar un lugar donde apoyarse—. Anoche me dijiste que querías que nos fuéramos juntos a Cerdeña en septiembre. Anoche, Martín.

—Anoche mentí. —No era mentira, pero necesitaba que ella lo creyera—. Llevo tiempo sintiendo que esto no es lo que quiero. Que tú no eres lo que quiero.

Vio cómo la frase le atravesaba la cara como una quemadura.

Vio cómo ella buscaba en sus ojos algo que no encontraba —por‐ que él se había pasado media vida cocinando con las manos y sabía exactamente cómo poner un gesto encima de otro para que no se notara el temblor de abajo—.

Vio cómo se le rompía algo por den‐ tro, silencioso, sin escándalo, del modo en que se rompen las cosas que de verdad importan.

—No te creo —dijo ella, pero ya no sonaba segura.

—Da igual lo que creas. —Se levantó de la cama. Necesitaba que la distancia física existiera antes de que la voz se le quebrara del todo—. Necesito que te vayas de esta casa, Elena. Necesito es‐ tar solo.

Ella no lloró delante de él. Eso fue lo que más le dolió después, en las semanas que siguieron: que Elena Vidal, que lloraba viendo anuncios de compañías de seguros, que lloraba en las bodas de gente que apenas conocía, se hubiera negado a llorar delante de él esa noche.

Se vistió en silencio. Metió cuatro cosas en una bolsa con esa eficiencia brutal que solo tienen las personas heridas cuando deciden que no van a suplicar.

Y antes de cerrar la puerta, se giró una última vez.

—Espero que algún día me expliques qué te hice.

No le hiciste nada, quiso decir él. Me hicieron algo a mí, y no soy capaz de dejar que tú también lo sufras.

—No hay nada que explicar —dijo en cambio.

La puerta se cerró. El sonido del ascensor bajando. Silencio.

Martín se quedó de pie en medio del salón vacío, con el sobre del diagnóstico todavía en el bolsillo de la chaqueta, doblado sobre sí mismo como algo que avergüenza y que sin embargo uno no consigue tirar.

Se llevó una mano al pecho, no porque le doliera fí‐ sicamente —eso vendría después, con las agujas, con la quimio, con los meses que tenía por delante— sino porque necesitaba com‐ probar que el corazón le seguía latiendo,

ahora que acababa de arrancárselo él mismo con sus propias manos y entregárselo a al‐ guien que se iba a marchar creyendo que no valía nada.

Fuera, Madrid seguía su ruido de siempre, ajeno a que un hom‐ bre acababa de decidir, en la peor noche de su vida, que el amor más grande que podía ofrecerle a otra persona era la mentira más cruel que jamás había dicho.

Ese fue el último verano en que Elena Vidal creyó que conocía completamente a Martín Rovira.