Lo Mejor de Dyna Grant (Momentos Especiales de las Highlands 5) El espía del escocés #2
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El espía del escocés #2

Los gritos de batalla llenaban el aire a su alrededor.

Y entonces sucedió. Se dio cuenta de que había entrado en modo de batalla sin ningún miedo ni vacilación, y esa comprensión lo deshizo.

El peso de este momento, de la necesidad de proteger a sus primos, a Joya y a los otros guardias Grant pesaba sobre él, y ya no podía luchar con los movimientos fáciles y fluidos que había realizado con tanta naturalidad momentos antes.

Un caballero con armadura se acercó a él, con el brazo de la espada en alto, y Els se quedó inmóvil.

Alasdair se dio cuenta y gritó:

—¡Els, derríbalo del caballo!

El caballero se tambaleaba sobre su caballo por el peso de su espada combinado con la armadura, así que Els estrelló fácilmente la cuchilla de su espada contra el torso del caballero.

El bastardo salió volando del caballo y derribó a otro caballero.

Alasdair siguió a los dos hombres, clavando su espada en un punto abierto de la armadura del segundo.

Els se abalanzó sobre otros dos que se le acercaban por ambos lados, derribando a uno de un corte en el costado y casi amputando el brazo de la espada del siguiente.

Se volvió para ver a Alasdair a punto de golpear al otro hombre, quien había caído al suelo, pero seguía agitando la espada, cuando otro enemigo sin armadura entró en su punto ciego.

—¡Dair! ¡A tu lado!

Els fue tras el hombre y le clavó la espada en la espalda, pero no antes de que el bastardo acuchillara la pierna de Alasdair. La misma pierna que había sido herida en batalla tres años atrás.

—Alasdair, apártate y acabaremos con esto.

—Las flechas seguían dando en el blanco desde arriba, y la mayoría de los caballeros habían caído.

Dos de los hombres de Derric cayeron y uno de los guardias de Grant, pero el guardia aún vivía.

No estaba seguro de los hombres de Derric.

Los otros guerreros Grant acabaron con otros tres hombres blindados mientras Els luchaba por recuperar el control de sus sentidos, por volver a la batalla y luchar.

Cinco ingleses sin armadura, los únicos enemigos que aún estaban en condiciones de luchar, se agruparon y cargaron directamente hacia Alasdair, Els y Derric, quien acababa de unirse a ellos.

Els se colocó delante de Alasdair para defenderlo, pero entonces una descarga aparentemente continua de flechas surcó el aire y dio en el blanco, una tras otra en perfecta sucesión, acabando con los últimos cinco hombres.

Los amigos sobrevivientes de Derric estaban paralizados en el campo. Probablemente nunca habían visto a una persona disparar de la forma en que Dyna acababa de hacerlo.

Derric giró la cabeza hacia el árbol.

—¡Joder! ¿Quién ha sido?

—La que ha amenazado tus pelotas —dijo Els arrastrando las palabras—. Nunca consideres sus palabras como amenazas vacías.

Derric silbó y dijo:

—Diablos, ¿ese ataque mortal ha venido de una muchacha? Ha dado en todos los blancos.

—Harías bien en no olvidarlo.

Alasdair dijo:

—La mejor arquera de las Highlands. —Se bajó del caballo y sacó una tela escocesa de su alforja, atándosela alrededor de la pierna donde la sangre había empapado sus pantalones.

Dyna lo miró y gritó:

—Alasdair, presiona fuerte.

Joya se movió por detrás de ella y corrió al lado de Els, quien la rodeó con un brazo, acercándola lo suficiente como para sentir su aroma.

—¿Estás bien?

—Sí —dijo ella, aferrándose a él con demasiada fuerza.

—Estás temblando. ¿Tanto les temes? Yo no dejaría que te capturaran —dijo, apartándose para mirarla de pies a cabeza. ¿Qué era lo que él estaba pasando por alto?

—He estado cerca de muchos ingleses. Los bandidos me molestan más porque solo los motiva la codicia. Yo solo… —Se llevó los dedos a las sienes y presionó, cerrando los ojos—. Es curioso, pero este grupo de hombres me pareció más de bandidos.

—No digas más —dijo él, besándole la frente—. No necesitas darme una razón. Has tenido muchos más problemas que la mayoría de nosotros.

—Ella podría tener razón —dijo Alasdair—.

Podrían haber sido bandidos ingleses. He oído que han venido a las Lowlands a coger lo que quieren, siguiendo el ejemplo de Edward.

—Alasdair se alejó cojeando de su caballo, gritando a sus guardias que revisaran a sus hombres, a los muertos y buscaran algún rezagado.

Las entrañas de Els estaban revueltas.

—Alasdair, todo es culpa mía. Me quedé paralizado unos instantes y, si no me hubieras gritado, quizá no habría podido derribar a ese hombre. Si hubiera luchado como debía, lo habría matado, no solo derribado del caballo.

—No podrías haberlo hecho —dijo Alasdair—.

Llevaban armadura. Lo único que podías haber hecho era derribarlo.

Has hecho lo que debías y eso me ha dado la oportunidad de liquidarlo.

Hemos ganado. Y me advertiste sobre el que venía por un lado.

Cierto, me cortó, pero no es una herida mortal.

Todos seguimos aquí. No hay razón para cuestionar cada movimiento que hemos hecho, Els. ¡Olvídalo!

Alasdair se detuvo a mirarse la pierna casi al mismo tiempo que Dyna corría hacia ellos, arrojando su arco al suelo mientras se acercaba. Le echó un vistazo y le empujó el pecho, derribándolo porque estaba demasiado inestable sobre sus pies.

—¿Qué demonios, Dyna? —le gritó.

Els ahogó una carcajada, divertido al ver a su delgada prima derribar a su musculoso primo como si no pesara más que un junco agitándose con la brisa en un lago.

Había mucha fuerza en su esbelto cuerpo, pero también sabía controlar sus movimientos.

Un hombre se preocupaba por la fuerza de su propio empuje.

Dyna sabía cómo utilizar el ángulo, el balanceo y la longitud para potenciar cada movimiento que hacía.

Y ella podía ser mortal.

—Estás sangrando demasiado para andar caminando por ahí —le gritó ella—. Ese tipo de herida puede matarte si no presionas lo suficiente. —Se arrodilló junto a él y colocó las dos manos sobre la herida, ejerciendo todo su peso sobre ella.

Alasdair no intentó detenerla, sino que se apoyó en los codos mientras ella presionaba la herida.

—Parará. No te preocupes.

Els tenía que admitir que ellos tres rara vez discutían con Dyna. A menudo ella tenía razón.

Tampoco se rendía fácilmente.

—No creas, no contigo caminando y hablando así. Vosotros, los hombres, tenéis que aprender que no todo va a ir bien solo porque vosotros lo queráis.

—¿Por qué odias tanto a los hombres? —preguntó Derric, parándose junto a ella.

—No odio a los hombres, idiota —dijo ella—. Viajo con hombres todo el día y paso más tiempo con ellos que con mujeres.

—Actúas como un hombre, te vistes como un hombre, disparas como un hombre…

—¿Y qué?

—Nada, yo solo… —Derric sacudió la cabeza—. Nunca he visto a nadie disparar así.

Els dijo:

—Cuando teníamos unos diez años, nuestra familia del Clan Ramsay organizó un entrenamiento para que aprendiéramos algunas habilidades como arqueros.

Al tío Logan no le gustaba la idea de que no pudiéramos disparar una flecha para acertar en el lateral de un ancho barranco.

Así que nos llevó a los tres muchachos a un lugar para practicar y trabajamos duro.

Disparamos y disparamos, y recuerdo que estaba muy orgulloso de mí mismo porque era capaz de ensartar una flecha y lanzarla.

Ninguno de nosotros se acercaba siquiera a la diana, pero al menos disparábamos de frente.

Se rio entre dientes y señaló a Dyna.

—Entonces ella salió con la tía Gwyneth, cogió un arco, escuchó y trabajó con la tía durante una media hora. Después, hizo todo lo posible por imitarla.

—No funcionó entonces, ¿verdad? Siendo una muchacha, tendría que trabajar muchas lunas para igualaros. —Derric le dedicó una sonrisa insolente a Dyna.

Si Els tuviera que adivinar, diría que Derric intentaba irritarla a propósito. ¿Había más en aquel hombre de lo que él pensaba?

Alasdair soltó una carcajada.

—Lo recuerdo bien. ¿No funcionó? Diablos, ella dio en el blanco con las tres primeras flechas que ensartó y, al cabo de una hora, ya daba justo en el centro. Era de lo más extraño, ¿verdad, Els?

—No, extraño no. Nació para ser arquera.

Derric tosió entre risas.

—Y una mierda. Te lo has inventado.

—¿No la acabas de ver?

—La he visto, pero debió haber practicado durante muchos años. Es solo una muchacha. —Esta vez ya no sonreía con suficiencia, pero apoyó las manos en las caderas en actitud desafiante. Lanzó una mirada extraña a Dyna, un desafío.

Dyna amaba los retos. Els casi pensó en dar un paso atrás para dejar espacio a su prima para que hiciera lo que quisiera. Y si tenía que adivinar, esa era exactamente la intención de Derric.

Els miró a Alasdair.

—Él no acaba de decir eso, ¿verdad? ¿Lo he oído mal? ¿Solo una muchacha?

Dyna dijo:

—Els, presiona la pierna de Dair justo aquí. Tan pronto como paremos el sangrado, lo llevaré al castillo de MacLintock para que lo cosan. Vosotros dos podéis ir a Ayr a buscar a Bruce. Nos pondremos al día más tarde.

Els se arrodilló junto a ella para obedecer. Reconoció esa mirada en Dyna, una que no te atrevías a cuestionar, algo que Derric estaba a punto de aprender.

Derric silbó.

—Y también da órdenes como un hombre.

Dyna probablemente no vio el baile en sus ojos cuando silbó. El patán estaba haciendo todo lo posible para enfurecerla.

Els presionaba la pierna de Alasdair, pero su atención estaba en Dyna mientras se limpiaba las manos en la túnica y se levantaba.

Estaba claro que Alasdair no había visto la expresión de su cara, de lo contrario no habría formulado su siguiente pregunta.

—Dyna, ¿qué demonios estás haciendo?

—Algo que debería haber hecho hace tiempo.

Se movió tan rápido como una ardilla roja en una tormenta, intentando agarrar las dos últimas nueces que acababan de caer al viento, y le propinó un puñetazo a Derric en toda la mandíbula.

Con un tono tan fino como el de cualquier dama, dijo:

—Cierra el pico, Derric.