Capítulo Catorce
Tish se despertó sintiéndose como si un camión la hubiera arrastrado durante kilómetros con una tonelada de ladrillos atada a la cabeza.
Un olor nauseabundo, a medio camino entre el metal oxidado y el vinagre, flotaba a su alrededor.
Estaba boca arriba, su postura menos favorita para dormir, pues siempre tenía pesadillas extrañas cuando no yacía de lado.
Por mucho que lo intentó, enseguida se dio cuenta de que le resultaba imposible adoptar su postura preferida porque tenía el cuerpo agarrotado.
Cuando por fin recordó dónde estaba, abrió la boca para llamar a Adam, pero solo le salió un susurro.
Gimió mientras giraba la cabeza hacia la derecha, hacia la cama contigua.
Como ella, Adam yacía boca arriba, rígido como un tronco, sin que saliera de él sonido alguno.
La cruda luz de la mañana se filtraba por las cortinas, y la habitación dio vueltas cuando trató de incorporarse; las extremidades se le rebelaban con cada movimiento.
—¡Adam! Su voz siguió siendo un susurro.
—¡Adam! No hubo respuesta. Mientras trataba de recomponer los fragmentos de su memoria borrosa, afloró un débil recuerdo de los acontecimientos de la noche anterior.
Los recuerdos eran como piezas dispersas de un puzle, y Tish intentó unirlas mientras examinaba la habitación.
Una botella de vino vacía, envoltorios arrugados de chocolate y un par de copas de vino adornaban la mesa en el centro de la habitación, ofreciendo sutiles pistas sobre las actividades que podrían haber tenido lugar.
Lo último que recordaba era haber bailado y divertirse con Adam durante su cita.
No le venía nada más a la mente, así que llegó a la conclusión de que Adam había echado alguna droga en su guaro en la discoteca o en el vino que bebió después de que regresaran a su apartamento.
Aquel pensamiento inquietante solo permaneció con ella un minuto antes de que volviera a mirar al techo e intentara moverse de nuevo.
Un dolor punzante le atravesó el pecho, y volvió a llamar a Adam, pero Adam seguía sin responder.
Cuando la vejiga estuvo a punto de reventarle, bajó una pierna cada vez hasta el suelo, se inclinó hacia delante y levantó despacio el cuerpo para dirigirse al baño.
Sus piernas apenas podían sostenerla, así que tropezó y cayó junto a la cama de Adam, donde permaneció llorando unos minutos hasta que empezó a sentir intensos dolores por todo el cuerpo.
—Adam, Adam —lo llamó, sacudiéndole la pierna y haciendo pausas de vez en cuando para comprobar si respondía.
—¿Qué…? —murmuró él por fin.
—Adam, no me encuentro bien —dijo, apoyándose en el pie de su cama, antes de arrastrarse hasta ponerse en pie y caminar tambaleándose hacia el baño cuando Adam no respondió nada más.
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Se quitó el albornoz con enorme dificultad cuando por fin llegó al baño.
El suave zumbido del extractor proporcionaba un reconfortante ruido de fondo, y Tish cerró los ojos al sentarse en el inodoro, concediéndose un momento de descanso.
El baño se convirtió en un santuario de soledad que la protegía de la dura realidad de su estado físico y calmaba su mente desbocada.
Pero, cuando empezó a levantarse para abrir el grifo, una repentina oleada de mareo la invadió.
—¡No! —chilló, sujetándose al mueble del baño. La habitación pareció girar, y Tish sintió que le subían las náuseas. Decidió sentarse en el borde de la bañera, esperando que la sensación pasara.
Justo cuando se dejaba caer, el mareo se intensificó y, en ese preciso momento, se vio de reojo en el espejo del baño.
Pálida y desorientada, apenas reconoció a la persona que le devolvía la mirada.
Aunque la imagen era borrosa, la conmoción por lo que alcanzaba a distinguir la hizo temblar.
Al recorrer con la mirada su pelo desgreñado y su piel manchada, comprendió que su cuerpo había sufrido una tortura inimaginable y que probablemente llevaba dormida más de un día.
Las lágrimas le rodaron por las mejillas y, al levantar la mano para secarse algunas, volvió a sentir aquel dolor punzante en el pecho.
Un lento reguero descendía desde el escote hasta el pliegue bajo el pecho y seguía bajando hacia el ombligo, al tiempo que un líquido rosado se extendía rápidamente por su camisón blanco.
Se levantó la camisola presa del pánico y jadeó horrorizada.
Una línea dentada le recorría el pecho, pasaba por el centro de los senos y terminaba cerca de la caja torácica.
Al verlo, se desplomó sobre el suelo del baño y se golpeó la cabeza contra la bañera.
Lo último que oyó fue el eco de su propio jadeo antes de que todo quedara en silencio.