Llena (Juramento MMA nº 1) DAKOTA
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DAKOTA

La luz de las velas baña el apartamento de Dante cuando empujo la puerta, docenas de pequeñas llamas esparcidas por las estanterías, los alféizares, la mesa de centro. Todo el lugar resplandece en ámbar y dorado, y por un segundo me quedo en el umbral con las llaves en la mano, contemplándolo todo.

Cruz se fue de la lengua hace tres días.

Dante está «haciendo algo especial» para el aniversario.

Un mes desde que Eli volvió con nosotros.

Un mes desde que Victor decidió que la familia importaba más que las reglas.

Cruz es incapaz de guardar un secreto ni aunque le fuera la vida en ello, y lo quiero por eso, porque he tenido tres días para anticipar esto y la anticipación ha sido un regalo en sí misma.

Eli y Dante se mueven en sincronía por la cocina, pasándose platos y utensilios sin palabras, una coreografía que han construido en semanas de cocinar juntos. Cruz está desparramado en el sofá con Brady acurrucado bajo su brazo, los dos riéndose de algo en el móvil de Cruz.

Doméstico. Normal. Todo lo que nunca pensé que tendría.

Cruz me ve primero. Se le transforma la cara, iluminándose como si yo fuera lo mejor que ha visto en todo el día, y ya está de pie antes de que termine de cerrar la puerta. Me envuelve en sus brazos y me levanta del suelo.

—Aquí estás —dice, hundiendo la nariz en mi pelo—. Te he echado de menos, cariño.

—Me has visto hace cuatro horas.

—Cuatro largas horas.

Huele a la colonia que Brady le compró y, debajo de eso, solo a Cruz, cálido y sólido. Me dejo mecer en sus brazos un momento más antes de que me baje.

Dante sale de la cocina con una botella de champán de una etiqueta que no reconozco, lo que significa que es cara. Eli lo sigue con cinco copas en equilibrio entre las manos.

—Te has lucido —digo, señalando las velas, el vino, el olor a ajo y mantequilla que llega de la cocina.

—Un mes —dice Dante, aflojando el corcho con los pulgares—. Eso merece más que pizza.

—A mí me gusta la pizza —dice Brady desde el sofá.

—Esto te gustará más.

El corcho salta. Cruz grita de alegría. Eli reparte las copas y Dante sirve, las burbujas doradas ascendiendo a la luz de las velas, y nos acomodamos en nuestra configuración natural: yo en el centro del sofá, Brady a un lado, Cruz al otro, Eli en el sillón, Dante sentado en el brazo del sofá junto a Brady.

Dante levanta su copa.

—Por nosotros. Por sobrevivir. Por lo que venga después.

—Por nosotros —repetimos, y las copas tintinean al chocar, y bebo y las burbujas me hacen cosquillas en la nariz y pienso en hace un mes, sentada en la oficina de Victor convencida de que lo había destruido todo con solo existir.

Ahora esto.

El champán corre. La conversación va y viene: el combate de Brady en tres semanas, el nuevo programa de acondicionamiento de Cruz, la casa que Eli ha encontrado a veinte minutos de la ciudad con cinco habitaciones, un jardín vallado y una cocina tan grande que podemos cocinar todos sin darnos codazos.

—Cinco habitaciones —dice Brady, girando la copa entre los dedos—. Como si fuéramos a usar cinco.

—Habitaciones de invitados —dice Eli.

—Despacho —añade Dante.

—Cuarto del sexo —dice Cruz, y Brady se atraganta con el champán.

—No lo vamos a llamar así —dice Eli.

—¿Y tú cómo lo llamarías, Entrenador?

—Un espacio recreativo multiusos.

La risa de Cruz retumba en las paredes.

—Eso suena mucho más guarro. Voy a ponerlo en una placa.

Me río con ellos, cálida y relajada por el champán, y en algún momento la energía empieza a cambiar.

La mano de Cruz sube por mi muslo, el pulgar trazando círculos perezosos sobre los vaqueros.

Los labios de Brady me rozan el hombro desnudo, apenas un roce fugaz.

Al otro lado de la habitación, Eli me observa por encima del borde de la copa, y sus ojos se han oscurecido de esa manera que me revuelve el estómago.

Dejo la copa en la mesa de centro.

Todos lo notan. Por supuesto que lo notan. Cuatro pares de ojos se clavan en mí, y la conversación muere a mitad de frase.

—Quiero celebrar como es debido —digo. Mi voz sale más firme de lo que esperaba—. Os quiero a los cuatro. A la vez. Lo que hablamos.

La mano de Cruz se queda paralizada en mi muslo. Brady inspira bruscamente por la nariz. Dante y Eli intercambian una mirada que contiene una conversación entera.

Saben lo que estoy pidiendo. Lo hemos planeado en conversaciones susurradas a altas horas de la noche, discutido posiciones y preparación y logística que parecían imposibles. Hablado de ello como quien habla de escalar una montaña que no sabe si existe.

—Princesa —dice Eli, dejando la copa con gesto lento y deliberado—. Dilo claramente. Quiero oír exactamente lo que me estás pidiendo.

El calor me sube por el cuello, pero le sostengo la mirada.

—Os quiero a los cuatro dentro de mí a la vez. Dos en el culo. Dos en el coño. Quiero estar tan llena de vosotros que no quede espacio para nada más.

El silencio que sigue tiene peso. Cruz exhala, lento y tembloroso.

—Joder —susurra Brady.

—Estás segura —dice Eli. No es una pregunta. Es una confirmación.

—Nunca he estado más segura de nada. Me habéis dado todo. Seguridad. Familia. Quiero daros esto. Quiero sentir que me reclamáis tan completamente que cada fantasma que me queda salga huyendo.

Eli se levanta del sillón. Cruza hacia mí, me toma las manos, me pone de pie y me besa lento y profundo, una pregunta y una respuesta fundidas en una. Cuando se aparta, sus ojos escudriñan mi rostro.

Busque lo que busque, no lo encuentra, porque no hay ni rastro de duda en mí.

—De acuerdo. —Su voz desciende, queda y rotunda—. Entonces lo hacemos bien. Despacio. Con cuidado. Usas la palabra de seguridad en cuanto algo te resulte incómodo, lo que sea.

—Rojo es parar, amarillo es más despacio. Lo sé, Papi.

Se le tensa la mandíbula al oír el nombre, pero de la forma buena.

—Primero el dormitorio —dice Dante, ya de pie—. La preparación tarda lo que tenga que tardar. Sin prisas.

Me desnudan despacio. Sin rasgar tela, sin manos desesperadas.

Ocho manos trabajan al unísono, deliberadas, reverentes.

Cruz me saca la camiseta por la cabeza y me besa la curva del hombro.

Brady se arrodilla para bajarme los vaqueros, posando los labios en cada centímetro de piel que queda al descubierto: el interior de la rodilla, la parte alta del muslo.

Dante me desabrocha el sujetador con un giro de dedos y Eli lo atrapa en el aire, y entonces la boca de Dante está en mi nuca y los pulgares de Eli me bajan las bragas por las caderas y estoy desnuda en una habitación llena de velas con cuatro hombres mirándome como si fuera sagrada.

—Mírate —murmura Cruz—. Lo más bonito que he visto en mi vida, y nos pides que te destrocemos.

—No destrozar —los dientes de Dante me rozan el lóbulo—. Completar.

Me tienden en la cama de Dante. Los hombres se desnudan entre caricias, la ropa va cayendo al suelo, y de pronto hay piel por todas partes, cuerpos cálidos que me rodean, y Dante se acomoda entre mis piernas con el lubricante ya en la mano.

—Respira para mí, cariño. —Se embadurna los dedos—. Vamos a tomarnos nuestro tiempo.

Primero un dedo, que entra despacio en mi culo mientras la boca de Eli encuentra mi pecho y Cruz me besa profundo y perezoso y Brady traza dibujos en la cara interna del muslo con las yemas de los dedos. Para cuando Dante añade un segundo dedo, ya me mezo contra su mano, buscando más.

—Qué codiciosa —dice Dante contra mi cadera—. ¿Lo quieres tanto?

—Sí. Dios, sí.

—Dile a Cruz lo que me dijiste la semana pasada. Sobre tus sueños.

Me arde la cara, pero Cruz se aparta de mi boca con un destello de interés en esos ojos azules.

—Sueño con estar llena de todos vosotros —logro decir—. Me despierto empapada. Restregándome contra la nada.

—Joder, cariño. —A Cruz se le quiebra la voz—. ¿Sueñas con que te llenemos y no habías dicho nada?

—Lo estoy diciendo ahora.

Dante mete un tercer dedo y suelto un gemido largo y desvergonzado, y Eli levanta la cabeza de mi pecho para observarme la cara.

—Escúchala —dice Eli—. Tres dedos en el culo y suena como si ya estuviera cerca.

—Lo está. —Dante curva los dedos y me sacudo—. Me aprieta como un puño. Dale tu boca, Brady. A ver cuánto podemos aflojarla.

Brady se acomoda entre mis muslos, se agacha bajo el brazo de Dante, y cuando su lengua me encuentra el clítoris casi salgo volando de la cama. Cruz me sujeta los hombros contra el colchón con una sonrisa.

—Tranquila, ángel —murmura Brady contra mí—. Te tenemos.

—Cuatro dedos —anuncia Dante, y el estiramiento me arranca un sonido que me hace vibrar entera. Brady me succiona el clítoris en ese mismo instante, y el orgasmo me arrolla sin previo aviso, el culo contrayéndose sobre la mano de Dante.

—Ahí va uno —dice Cruz—. ¿Cuántos crees que tiene esta noche?

—Vamos a averiguarlo. —Eli me aparta el pelo de la frente húmeda—. ¿Estás con nosotros, princesa?

—Verde —jadeo—. Tan verde.

Dante saca los dedos con cuidado y entonces siento la presión fría del plug, grueso y pesado, que se desliza en el hueco que ha dejado. Mi cuerpo lo engulle y gimo ante esa plenitud que no basta, que es solo una promesa.

—Eso se queda mientras nos preparamos. —Dante me besa la cadera—. Para mantenerte bien abierta para nosotros.

Hablan de logística en voz baja mientras floto sobre las sábanas, el plug que se mueve dentro de mí con cada pequeño movimiento.

Capto fragmentos —Eli y Dante en el sofá, piernas entrelazadas, Cruz encima, Brady de pie— y la planificación clínica frente al latido entre mis piernas es una tortura en sí misma.

—Sala de estar —decide Eli—. Más espacio para maniobrar. Cruz, coge el lubricante.

Me guían de vuelta a la sala de estar con las piernas temblándome.

Han reorganizado los cojines del sofá, han tendido toallas, y Eli y Dante se colocan en el sofá uno frente al otro, piernas abiertas y entrelazadas, y cuando se juntan sus pollas se presionan la una contra la otra, ambas duras, ambas resbaladizas de lubricante, y se me hace la boca agua.