DANTE #2
Dakota se rompe primero. Su espalda se arquea separándose de la cama y se corre gritando una maraña de nombres, y la contracción de ella arrastra a Cruz justo al borde.
Él lucha. Lo veo luchar, los músculos tensándose visiblemente a lo largo de su espalda, pero Eli no se ralentiza, no lo dejará resistir.
—Déjate ir —ordena Eli.
Cruz se corre con un grito que comienza como placer y termina como súplica, derramándose dentro de ella sobre lo que Eli ya dejó, y luego Eli sigue moviéndose, follándoselo sin parar, y los sonidos que Cruz hace ahora son casi sollozos. Sobreestimulado. Deshecho. Aguantándolo de todos modos.
—Eso es —el agarre de Eli en las caderas de Cruz dejará marcas—. Eso es, eso es... —su control finalmente se rompe y se entierra y se queda rígido, el aliento arrancándosele del pecho.
Junto a ellos, estoy cerca. Demasiado cerca. Me ralentizo, embestidas medidas, y Brady empuja hacia atrás contra mí desesperado por más.
—Por favor —dice—. Por favor, Dante.
Dakota gira la cabeza, laxa y radiante, y le toma el rostro con afecto.
—Mira lo bueno que eres. Cómo lo recibes. Estoy tan orgullosa de ti, cariño. Tan orgullosa —su pulgar le traza el pómulo—. Me encanta verte recibir lo que necesitas.
Brady se desmorona. Su contracción rítmica me arranca el orgasmo antes de que pueda detenerlo. Me vacío dentro de él con la frente presionada entre sus omóplatos.
Colapsamos por etapas. Eli sale de Cruz, que cae sobre el colchón como si le hubieran cortado las cuerdas.
Salgo del culo de Brady despacio, con cuidado, y lo ayudo a rodar sobre su costado.
Cinco personas respirando como si hubiéramos corrido sprints.
La habitación huele a sudor y sexo y a todos nosotros.
Los ojos de Brady están húmedos cuando me mira. No de tristeza, sino de alivio tal vez, o gratitud, o lo que sea que cueste cruzar una línea que pensabas que te destruiría y descubrirte al otro lado entero de una manera que nunca imaginaste posible.
Lo atraje hacia mí y lo besé. —Lo hiciste muy bien. Joder, muy bien.
Permanecimos en la cama en silencio, dichosos, durante al menos veinte minutos, hasta que sentí que el colchón se movía y vi a Eli escabullirse hacia el baño contiguo. Se oyó el grifo y luego salió, con la polla medio dura y los ojos fijos en Dakota.
Ella seguía tendida en el centro de la cama, los muslos resbaladizos, goteando el semen de Cruz, el pelo pegado a la sien.
Algo en su rostro cambió. Se suavizó de una manera que solo había visto un puñado de veces.
Desapareció en el baño y oí correr el agua, luego volvió y se colocó entre sus piernas de nuevo.
—Papi —susurró ella—. Ya tú...
—Lo sé. —Se deslizó dentro de ella y esta vez fue completamente distinto. Sus manos le acunaron el rostro como si estuviera hecha de cristal y acero al mismo tiempo—. Déjame.
Observamos. Los tres, agotados y en silencio, viendo a Eli hacerle el amor entre los restos de lo que acabábamos de hacer. Su frente contra la de ella. Las piernas de ella rodeándole la cintura, los talones presionándolo más cerca. Sin fingir nada. Sin público, en lo que a ellos respectaba.
Cuando llegaron al clímax fue en silencio —la respiración de ella entrecortándose, los hombros de él temblando una sola vez— y aquello pareció menos sexo que un juramento.
Se retiró y se dejó caer a su lado, y durante un largo minuto nadie se movió. El pie de Brady se enganchó en mi tobillo. Estábamos tan enredados que ya no sabíamos a quién pertenecía cada extremidad.
Entonces Cruz empezó a reír.
La risa le brotó del pecho, ese sonido profundo y desinhibido que llena cualquier habitación en la que esté, y se tapó los ojos con el brazo, casi muerto de risa.
—No podemos estar ocho horas separados mañana. Lo digo muy en serio. Si esto es lo que pasa después de un día de trabajo, alguien va a acabar doblado sobre el rack de sentadillas para el miércoles.
—No sigas —gimió Eli.
—Solo digo, Eli, desde el punto de vista de la seguridad...
Dakota le dio un manotazo en el pecho y entonces nos echamos todos a reír. Toda la tensión del día se nos escapó de golpe: Brady resoplaba contra la almohada, Eli se tapaba la cara con las dos manos.
—Necesito comida —anunció Dakota—. Comida de verdad. He quemado cuatro mil calorías en la última hora.
—Cálculo modesto —dijo Cruz.
Después de eso, volvió la practicidad. Hubo que negociar las duchas.
Mi baño se convirtió en una crisis diplomática: Cruz alegó antigüedad, pero Dakota entró sin más mientras él estaba a mitad de frase y se metió la primera.
Encontré toallas que había olvidado que tenía.
Eli, medio vestido, buscó en el móvil algún sitio que todavía repartiera a esas horas y encontró exactamente una opción.
—Marino's. Solo pizza.
—Dos grandes —dijo Brady.
—Tres —corrigió Cruz—. ¿Es que no nos conoces?
Cuarenta minutos después estábamos apiñados alrededor de mi mesa de cocina, casi todos en ropa interior o pantalones cortos prestados, robándonos porciones de los platos.
Cruz comía como si fuera una competición.
Dakota dobló su pizza por la mitad como una loca y la defendió con el tenedor cuando Brady alargó la mano.
—Hoy hemos tenido dos momentos comprometidos —dijo Eli entre bocado y bocado—. La mano de Cruz en la espalda de Dakota durante el calentamiento. Y Brady, me miraste fijamente diez segundos enteros durante el trabajo de manoplas.
—Tenías las mangas remangadas —se defendió Brady—. Eso es provocación.
—Necesitamos mejores normas sobre el contacto en público —respondió Eli.
—Lo que necesitamos —dijo Cruz, señalándolo con un trozo de corteza— es aceptar que somos cinco personas extremadamente atractivas que somos un desastre fingiendo que no queremos tirarnos los unos a los otros cada diez minutos, y actuar en consecuencia.
—Eso no es una opción —dijo Eli con tono inexpresivo.
—Horarios de llegada escalonados. Esquinas asignadas del gimnasio. Y yo dejo de mirar el culo de Dakota, lo cual, que conste en acta, es un sacrificio extremo. Preferiría que me hicieran el submarino —replicó Cruz.
Dakota le lanzó una servilleta arrugada a la cabeza. Rebotó en su frente y aterrizó en su vaso de agua, y él la miró con tal expresión de ofensa que Brady se atragantó con su porción.
Me senté a la cabecera de mi mesa y los observé. Eli intentaba celebrar una reunión seria en bóxers, Cruz sacaba la servilleta de su vaso, el pie descalzo de Dakota descansaba sobre la rodilla de Brady debajo de la mesa, y me sentí completo por primera vez en mi vida.
El hogar no es este apartamento. Nunca lo fue. Es esto. Estas cuatro personas ridículas, dañadas, extraordinarias eligiéndose mutuamente, cada día, en un mundo que nos quemaría por ello.
Meter a cinco adultos en una cama king es un problema de ingeniería del que nadie me había advertido.
El codo de Cruz me dio en las costillas dos veces.
Las piernas de Dakota pateaban como si estuviera luchando contra un oso pardo antes siquiera de dormirse, y Brady recibió un talonazo en la espinilla y lo aceptó con la elegancia de un hombre que ha recibido cosas peores en la jaula.
Eli dirigió el tráfico hasta que Cruz le dijo que dejara de entrenar los abrazos y le hizo una peineta.
Al final encajamos. Dakota acurrucada contra mi pecho, su pelo haciéndome cosquillas en la barbilla.
Cruz abrazándome por detrás, su brazo un peso cálido sobre mi cintura.
Brady acurrucado contra el pecho de Dakota, y Eli envolviendo a Brady desde atrás, con una mano abierta sobre el corazón de Brady.
Sus respiraciones se fueron acompasando una a una. Cruz primero, siempre. Luego Dakota, cuyo latido se volvió lento y constante bajo mi palma. Brady, el último de los tres, con el pie enganchado en mi tobillo bajo las sábanas, aferrándose incluso dormido.
Me quedé despierto un rato más.
Esto es real. Ese era el pensamiento que no dejaba de darme vueltas.
No es una fase, no somos cinco personas consumiéndose en un experimento antes de que el experimento nos consuma a nosotros.
No pudimos aguantar un día de trabajo separados.
Entramos por esa puerta muertos de ganas los unos de los otros y terminamos la noche discutiendo sobre ingredientes de pizza y protocolos del gimnasio como cualquier familia.
Estoy enamorado de todos ellos.
La revelación no me deja sin aliento. Ha estado construyéndose durante semanas, ladrillo a ladrillo, y ponerle nombre solo remata la obra.
Amo la boca de Cruz y la ternura que esconde tras ella.
Amo las manos cuidadosas de Eli y su dominio.
Amo el fuego de Brady y la dulzura que por fin está dejando escapar.
Amo el acero de Dakota y cómo lo va dejando a un lado por nosotros, pieza a pieza, como una ofrenda.
Ninguno de nosotros lo ha dicho en voz alta. Pero está aquí, en esta habitación. Las palabras llegarán. Pronto.
Mañana nos pondremos las máscaras de nuevo. Entrenador y luchadores, sin tocarnos. Pero esta noche, en mi cama, en la oscuridad, podemos ser exactamente lo que somos.
Familia.