22 Dos años #7
—Vuelve aquí —dijo, sin utilizar el tono del juego sexual de otras noches, aunque Ryan lo reconoció lo suficiente para sonreír todavía más—. No voy a correr alrededor de una mesa mientras cocino. He aprendido algo hoy.
Ryan regresó por voluntad propia, guardando el teléfono. —Eso sí merece documentación.
David lo agarró por la cintura cuando estuvo a alcance y lo acercó hasta que la risa chocó con el beso.
No hubo urgencia por llevarlo hacia otra parte ni necesidad de demostrar que, a los cuarenta y nueve y veintinueve, el deseo seguía funcionando; la mañana anterior ya había ofrecido evidencia suficiente.
Aquello era un beso en mitad de la preparación de la cena, con olor residual a humo, una tabla sucia y un temporizador avanzando a pocos pasos.
Ryan le rodeó el cuello y prolongó el contacto hasta que David tuvo que recordarle, contra toda dignidad, que había comida al fuego.
—Ahora eres tú quien distrae al responsable de la cocina —murmuró David cuando se separaron, manteniendo todavía una mano en su espalda—. Si vuelve a sonar la alarma, quiero que conste que existe corresponsabilidad.
—Acepto responsabilidad por este minuto. Los anteriores siguen siendo completamente tuyos.
La respuesta llegó acompañada de una mano sobre su pecho, no como cierre del intercambio sino para apartarlo lo suficiente y volver a la tarea. Ryan recuperó la tabla mientras David revisaba la sartén. El temporizador todavía tenía varios minutos y, esta vez, nada mostraba intención de quemarse.
El teléfono de David vibró sobre la mesa.
Sarah.
No necesitó abrir el mensaje para saber que Ryan había dicho la verdad.
—Voy a matarte —dijo con una serenidad que perdió bastante efecto porque Ryan estaba sonriendo otra vez.
—No antes de cenar. Olivia viene de camino y hemos establecido varias normas sobre no decidir por otras personas qué necesitan.
David abrió el mensaje. Sarah había respondido con una frase suficientemente larga como para informar que la rehabilitación profesional de David requeriría evaluación inmediata por parte de Ladder 15 y que Michael, convenientemente incluido en la conversación, ya estaba preguntando por evidencia fotográfica.
Ryan leyó por encima de su hombro y soltó una carcajada.
David guardó el teléfono antes de que llegaran más respuestas y señaló la tabla. —Corta. Si vas a destruir mi reputación, al menos vas a contribuir a alimentar a mi hija.
Ryan obedeció sin dejar de reírse.
Cuando Olivia abrió la puerta con su propia familiaridad de siempre, encontró las ventanas todavía entreabiertas, una sartén dañada enfriándose junto al fregadero y a David vigilando de manera casi ofensiva el temporizador mientras Ryan terminaba de poner la mesa.
—Llegas en buen momento —dijo Ryan mientras le quitaba de las manos la caja de postre y buscaba sitio para ella—. La segunda cena tiene un pronóstico excelente y tu padre lleva diecisiete minutos sin abandonar una superficie caliente.
David señaló la cocina con la cuchara que estaba usando y explicó, dentro de la misma reprimenda, que cualquier persona que hubiera llegado tarde perdía automáticamente el derecho a participar en un informe de calidad.
Olivia dejó el abrigo, olió el aire y decidió que aquella regla no tenía ninguna posibilidad de ser respetada.
La alarma no volvió a sonar.
Comieron más tarde de lo previsto y con una cena distinta de la que David había planeado.
Olivia contó finalmente el problema por el que había llamado, Ryan recibió un mensaje del hospital y lo dejó sin responder hasta después del postre porque no exigía nada inmediato, y David soportó dos fotografías discretas de la sartén antes de anunciar que una tercera implicaría confiscación temporal de teléfonos sin ninguna base legal.
Cuando terminaron, Olivia se llevó la tarta sobrante y prometió no contarle a Jennifer la historia antes de la mañana siguiente, plazo que David consideró insultantemente breve.
Ryan cerró la puerta después de despedirla y regresó a la cocina, donde quedaban platos, una encimera por limpiar y el utensilio quemado esperando una decisión.
David estaba llenando el fregadero cuando Ryan se acercó y examinó otra vez la sartén.
—Creo que se salva —dijo mientras probaba con cuidado una zona ya enfriada y comprobaba que buena parte de la capa oscura empezaba a desprenderse—. Va a requerir paciencia, lo cual convierte el proceso en una prueba especialmente bien diseñada para ti.
David le pasó una esponja y, antes de soltarla, tiró de él lo suficiente para besarlo una vez más.
—Tú friegas la sartén —decidió dentro del mismo movimiento con que volvía hacia los platos—. Yo hago lo demás. Esta vez sí acepto que tienes más experiencia documentada recuperándote de una catástrofe culinaria.
Ryan sonrió, abrió el grifo y empezó a trabajar sobre el fondo quemado mientras David colocaba los platos a su lado.
La ventana seguía abierta unos centímetros. El detector permanecía en silencio.
Y la cena del día siguiente, por acuerdo mutuo, no necesitaría sartén.
FIN