21 Una mudanza sin ghosting #5
Cuando Nicholas se marchó, había cumplido su objetivo principal —sobrevivir sin lesión real— y dejó a Ryan con la advertencia de que la próxima mudanza tendría que incluir remuneración o al menos una cena de calidad proporcional al número de cajas.
Olivia permaneció algo más, ayudó a colocar cosas en la cocina y se negó a permitir que su padre decidiera dónde debían guardarse todos los utensilios nuevos antes de que Ryan opinara.
Al final se fue también, llevándose una caja de objetos que David había decidido donar y la satisfacción evidente de haber presenciado al menos tres derrotas organizativas de su padre.
La casa quedó extrañamente silenciosa después.
Ryan estaba cansado, le dolía la espalda de una manera que no requería ninguna interpretación médica y todavía había suficientes cajas cerradas para ocupar varios días.
La cama estaba hecha porque David había insistido en que una prioridad razonable no equivalía a dirigir una operación.
En el baño, los productos de Ryan ya no ocupaban un rincón; habían reorganizado el almacenamiento la semana anterior y ambos habían tenido que mover cosas.
El armario contenía ropa mezclada por necesidad más que por simbolismo.
David estaba en la cocina guardando los últimos vasos cuando Ryan entró con una caja pequeña que había sobrevivido al día sin encontrar destino.
—¿Qué queda ahí? —preguntó David, pero permaneció donde estaba, dejando que Ryan decidiera si necesitaba ayuda antes de acercarse.
Ryan abrió la tapa. Había papeles, dos marcos pequeños, cables, una libreta y la sartén nueva que había comprado después de la primera alarma, demasiado buena todavía para tirarla y demasiado asociada a la historia como para haberla dejado atrás.
David empezó a reírse en cuanto la vio.
—No digas nada —advirtió Ryan mientras sacaba la sartén y comprobaba que no se hubiera dañado—. Es un utensilio perfectamente funcional y me pertenece. Tiene derecho a residencia.
—No estaba pensando discutir su derecho a vivienda. Me preocupa su historial.
—Su historial es impecable. El problema era el usuario anterior.
David recibió la sartén cuando Ryan se la tendió y abrió un armario donde ya había otras.
El espacio no era suficiente. Durante un segundo, su cuerpo reprodujo el reflejo antiguo: estudiar dónde podía encajar sin alterar el orden.
Ryan lo reconoció y esperó, demasiado cansado para convertir aquello en una lección.
David sacó dos sartenes, reorganizó el espacio y después le pasó una a Ryan.
—Elige tú cuáles dejamos aquí. Hay demasiadas y varias son mías, así que no voy a solucionar el problema metiendo la tuya al fondo.
Ryan comparó tamaños y uso con una seriedad exagerada que consiguió que David protestara por la cantidad de tiempo que estaba dedicando a una decisión mínima.
Terminaron guardando tres y separando una antigua para donar.
La sartén que había provocado meses de mensajes y bromas quedó en un lugar accesible entre las demás.
Ryan cerró el armario y apoyó la espalda contra la encimera. El cansancio hacía que cualquier pensamiento demasiado grande resultara sospechoso, así que evitó convertir aquella imagen en metáfora sobre pertenencia.
—Tengo que cambiar mi dirección en aproximadamente cuarenta sitios —dijo—. Voy a odiar las próximas dos semanas.
David se acercó y apoyó ambas manos en su cintura, sin intentar arreglar inmediatamente la lista administrativa. —Yo puedo hacer la cena mientras tú odias formularios. Eso sí entra dentro de mis competencias sin invadir tu autonomía, salvo que quieras apelar.
Ryan rodeó su cuello y lo besó con suficiente lentitud para que la mudanza, las cajas y la conversación de tres meses atrás encontraran una consecuencia corporal sin transformarse en una escena sexual que el capítulo no necesitaba.
Le gustó sentir el peso estable de las manos sobre sus costados y, aún más, saber que podía separarse después y seguir teniendo pendientes igual de poco románticos que elegir dónde guardar documentos.
—Acepto la cena —dijo cuando terminaron el beso—. Los formularios los hago yo. Y mañana movemos la mesa del salón.
David tuvo una reacción tan rápida ante la última propuesta que Ryan supo que la conversación de septiembre todavía tenía trabajo por delante.
Sin embargo, en vez de preguntar por qué estaba mal la ubicación actual, miró hacia el salón y pareció obligarse a contemplar posibilidades que la casa no había necesitado durante años.
—Enséñame dónde la quieres antes de decidir que tu idea es mala.
Ryan sonrió. —Eso es casi romántico.
Cenaron entre cajas y, después, Ryan abrió el portátil para empezar a cambiar direcciones mientras David clasificaba únicamente sus propios papeles, una división de tareas que habría parecido ridícula como demostración de crecimiento y resultaba perfectamente lógica como final de un día de mudanza.
En algún momento Ryan levantó la vista y vio la estantería reorganizada desde la mesa: libros de ambos mezclados, una fotografía de Olivia junto a una de Copley, objetos que llevaban años en la casa y otros que acababan de llegar.
Quedaban cajas por abrir, un acuerdo económico que revisar de vez en cuando y suficientes hábitos incompatibles para mantenerlos ocupados.
A la mañana siguiente moverían la mesa.