Llamaradas y Quirófanos 11 Acción de Gracias en Ladder 15 #4
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11 Acción de Gracias en Ladder 15 #4

—Lo de la fecha me resultó raro. Durante unos segundos, bastante. Escuchar en una mesa que tú estabas haciendo este trabajo cuando yo tenía diez años convierte los veinte años en algo menos abstracto. Pero eso no significa que necesitara que evitaras la conversación por mí.

—Lo sé.

—Ahora lo sabes.

La precisión le arrancó a David una sonrisa.

Ryan se acercó un poco más. La estación seguía alrededor, ruidosa, ocupada, incapaz de ofrecer el tipo de intimidad que tenían en casa. Aun así, apoyó la mano brevemente en el costado de David.

—Lo que sí me ha gustado —continuó— es verte aquí cuando no estás intentando impresionarme. Resulta que eres bastante menos misterioso de lo que crees. Tienes historias humillantes, gente que sabe cuándo estás mintiendo sobre estar relajado y una relación incomprensible con café objetivamente malo.

David cubrió la mano de Ryan con la suya.

—Qué atractivo.

—No he dicho que haya perdido interés.

El deseo estaba en la frase, pero no era su parte importante. David podía oír debajo otra cosa: Ryan había visto el volumen de historia, comunidad y rutinas que existían antes de él y no había reaccionado retirándose.

Todavía.

La palabra apareció sin permiso y David se negó a alimentarla.

Ryan tenía derecho a descubrir sus propias incomodidades cuando llegaran. Acción de Gracias no era una prueba que hubiera superado y que garantizara el futuro. Era una tarde que había funcionado.

Eso bastaba.

—Gracias por venir —dijo David, y consiguió no añadir ninguna explicación sobre lo mucho que había significado verlo en aquella mesa.

Ryan pareció entender lo que faltaba de todos modos.

—Gracias por invitarme. La próxima vez, eso sí, necesito instrucciones de vestuario más fiables. He pasado media hora sintiendo que iba a venderle seguros a alguien.

David recorrió con la mirada el abrigo y la camisa.

—A mí me gustaba.

—Tu opinión estaba comprometida desde antes de que llegara.

—También.

Ryan sonrió. El beso que se dieron fue breve porque ninguno quería convertir el lugar de trabajo en escenario de exhibición, pero tampoco fingieron que necesitaban despedirse como conocidos. David mantuvo una mano en su cintura durante el contacto y la retiró cuando Ryan se apartó.

Entonces recordó la conversación que había pospuesto durante toda la semana.

—Olivia vuelve a estar en Boston con más tiempo en diciembre —dijo, procurando no cargar la frase con una importancia que todavía no tenía—. Le he hablado de ti. Quiere conocerte y me preguntó si podríamos cenar algún día.

La expresión de Ryan no cambió de inmediato.

David sintió la antigua tentación de aclarar que no había compromiso, que podían dejarlo para más adelante, que Olivia no esperaba nada concreto y que él podía administrar la situación para que resultara fácil. Reconoció el impulso y no obedeció.

Esperó.

Ryan bajó la vista un instante, no hacia el teléfono ni hacia el reloj, sino a algún cálculo privado que David no podía hacer por él. Cuando volvió a mirarlo, había curiosidad y una pequeña tensión nueva.

—Quiero conocerla —respondió—. Cuando sepamos qué noche funciona, cenamos.

David sintió el alivio antes de poder controlar la reacción.

Ryan lo vio y apretó una vez su brazo.

—No interpretes eso como permiso para construir un operativo familiar completo. Una cena. Tres personas. Comida. Puedes manejarlo.

David miró hacia la sala, donde Sarah acababa de levantar una bandeja y Michael estaba discutiendo con alguien sobre qué podía guardarse y qué debía tirarse.

—Después de hoy, no prometo nada.

Ryan rio mientras empezaba a alejarse. Antes de salir se volvió para despedirse otra vez de los demás, recibió varias respuestas y una advertencia de Sarah sobre traer más café la próxima vez.

David permaneció donde estaba hasta que la puerta se cerró tras él, pero no sintió el vacío que había anticipado durante la mañana.

Ryan había dejado una caja de postre vacía, dos paquetes de café y suficiente información personal distribuida entre el crew para garantizar que la próxima visita sería peor.

David regresó a la mesa y empezó a ayudar a recoger.

Michael se acercó con un recipiente que necesitaba encontrar sitio entre los demás.

—Ha estado bien —comentó, concentrado en la tarea en lugar de estudiar la reacción de David—. No porque sea médico ni porque te haga menos insoportable. Se adapta sin intentar que todo gire a su alrededor.

David encontró espacio para el recipiente.

—Sí.

Michael lo miró entonces, esperando quizá una ampliación. David no tenía ninguna intención de entregársela delante de todos.

—Eso es todo lo que vas a decir, ¿verdad?

David cerró el espacio que acababa de ordenar y cogió otro recipiente.

—Tengo comida que guardar.

Michael sonrió y lo dejó marchar.

David había pasado la mañana preocupado por si Ryan podía entrar en el ruido de su vida sin sentirse fuera de lugar. Al final del día, la pregunta ya no parecía especialmente urgente.

Había otra esperando en diciembre, sentada frente a ellos en una mesa mucho más pequeña.

Olivia.

Y esa, sospechaba, no iba a permitirle esconder veinte años entre una docena de personas, una montaña de comida y el ruido de una estación en Acción de Gracias.