10 Cuidar al que cuida #4
Ryan avanzó hacia la cocina y vio el teléfono aún conectado. Había mensajes, pero nada que hubiera exigido despertarlo.
Desconectó el cargador y regresó con él en la mano, aunque no abrió ninguna notificación todavía.
—Gracias por no decidir que todo era urgente por mí —dijo mientras se sentaba en el extremo del sofá—. Me cuesta más de lo que debería reconocer que, una vez salgo del hospital, el trabajo puede seguir existiendo sin que yo lo sostenga activamente.
David cerró el libro y lo dejó a un lado.
—A mí me cuesta que alguien me vea hecho polvo sin intentar compensarlo haciendo algo después. Supongo que los dos tenemos aficiones poco saludables.
Ryan recordó la primera escena de aquel aprendizaje: David sentado a la mesa de South Boston, agotado hasta olvidarse de por qué había abierto el frigorífico. Recordó también el peso de su cuerpo apoyándose contra él cuando por fin dejó de sostenerlo todo.
—Lo que hicimos contigo fue más fácil —admitió—. Estabas cansado, comiste, te ayudé un poco y dormiste. Esto me parece mucho más invasivo, aunque objetivamente hayas hecho menos.
David no respondió con una teoría. Estiró una mano sobre el sofá, dejando la palma hacia arriba entre ambos.
Ryan la tomó.
—Porque cuando tú cuidas sigues siendo tú quien hace —dijo David después de un momento—. Hoy has tenido que dejar que otra persona hiciera cosas mientras tú no aportabas nada.
La frase pinchó un lugar incómodo y Ryan consideró discutir la formulación. Se detuvo porque era precisamente el tipo de precisión que él utilizaba contra David cuando encontraba una contradicción.
—Dormir no es «no aportar nada».
—No he dicho que lo sea. He dicho que así se siente para ti.
Ryan apoyó la cabeza contra el respaldo.
El teléfono seguía en su otra mano. Podía revisar los mensajes en ese momento, volver a entrar en el hospital desde el sofá y utilizar el trabajo para cerrar una conversación que empezaba a tocar una zona demasiado sensible.
Lo dejó boca abajo sobre la mesa.
—Me fastidia que tengas razón con tanta calma.
David sonrió.
—Tengo práctica siendo irritante.
—Eso sí puedo confirmarlo sin supervisión.
La risa compartida no necesitó prolongarse. Ryan dejó que el cuerpo se inclinara hacia David y apoyó la cabeza en su hombro. Tenía energía suficiente para notar el deseo cuando David le rodeó la cintura, pero también reconocía el cansancio que seguía detrás.
Podrían haber tenido sexo. La posibilidad estaba presente en la cercanía, en la cama a pocos metros y en el modo en que David le besó el pelo antes de dejar la boca junto a su sien.
Ryan no quería.
Por una vez, no sintió que rechazar el sexo después de recibir cuidados convirtiera la intimidad en algo incompleto.
—No quiero hacer nada más hoy —dijo, sin apartarse—. Quiero comer otra vez, quizá ducharme y luego volver a dormir una cantidad indecente.
David ajustó el brazo alrededor de él.
—Puedo colaborar con ese plan hasta el punto exacto que me autorices.
Ryan sonrió contra su hombro.
—Puedes pedir comida. Esta vez yo pago. Y no pienso aceptar una transferencia de dieciocho dólares mañana.
David se rio, pero no sacó el teléfono de inmediato. Se quedaron sentados unos minutos más, sin necesidad de convertir el cuidado en una actividad que hubiera que seguir ejecutando.
Más tarde, mientras comían en la cocina, David mencionó que en Ladder 15 estaban empezando a organizar Acción de Gracias alrededor de quienes trabajarían ese día y de las visitas que pudieran pasar por la estación. Lo presentó como información antes de formular la parte que le importaba.
—Si tu horario te deja —dijo mientras apartaba un recipiente para hacer espacio sobre la mesa—, me gustaría que vinieras un rato. No tienes que comprometerte hasta que sepas cómo queda tu semana, y tampoco necesito que cambies una guardia para hacerlo.
Ryan levantó la vista.
Hasta entonces había conocido a Michael y Sarah, había pasado por la estación y participado con ellos en Copley.
Entrar en Acción de Gracias era distinto.
No porque la invitación contuviera una declaración que ninguno había hecho todavía, sino porque significaba presentarse en una celebración de la comunidad de David como la persona que estaba con él.
Una parte de Ryan quiso comprobar el calendario de inmediato.
El teléfono estaba sobre la mesa, al alcance de la mano.
No lo cogió.
—Cuando tenga el horario te digo si puedo —respondió—. Si estoy libre, quiero ir.
David asintió y siguió comiendo sin convertir la aceptación provisional en ceremonia.
Ryan agradeció precisamente eso.
Dos semanas antes habían discutido qué significaba encontrar espacio dentro de una vida que David llevaba décadas construyendo.
Aquella tarde, sentado en su propia cocina después de dormir mientras David permanecía cerca sin administrar su descanso, Ryan recibió una invitación concreta a entrar un poco más.
No necesitaba resolverla antes de tener el horario.
Por una vez, pudo dejar una cosa buena pendiente sin convertirla inmediatamente en un problema.