Lazos en la sala de juntas (La Bratva Multimillonario 3) 6 Mat
10%

6 Mat

cVF

MAT

SEIS SEMANAS DESPUÉS

He tenido seis semanas para olvidarme de la chica.

En general, lo he conseguido.

Estoy sentado al otro lado de la mesa de reuniones frente a un hombre llamado Gregory Gordon. Cada pocos minutos se oye un chapoteo húmedo cuando una gota de sudor de la frente de Gregory cae sobre el montón de papeles que acabo de colocar delante de él.

Si fuera mejor persona o peor abogado, quizá habría empezado a sentir lástima por Gregory. Las cosas no pintan nada bien para él.

Es el director financiero de una empresa tecnológica de mediana capitalización a la que mi cliente, un fondo de cobertura, ha demandado por falsear los resultados justo antes de salir a bolsa.

Acabo de pasarle la copia impresa de un correo electrónico que demuestra sin lugar a duda que sabía que estaba haciendo alguna artimaña sucia, y le he obligado a leerlo en voz alta para que conste en el acta de la declaración.

Esto supone el fin de su carrera escrito en Times New Roman de 12 puntos y, si ha estado conspirando con tipos turbios del mundo del hampa, como sé a ciencia cierta que ha sido el caso, podría significar también el fin de su vida.

—No creo que la cámara lo haya captado bien —digo amablemente—. Léelo otra vez desde el principio.

Gregory rompe a llorar.

Así que, sí. A una buena persona le importaría. Y un abogado de mierda nunca llegaría tan lejos. Pero como no soy ni una buena persona ni un abogado de mierda, me resulta fácil mirar a Greg directamente a los ojos sin sentir ni una pizca de remordimiento.

La cuestión es que esto me resulta fácil. Cuando creces como yo, con un pie en los bajos fondos de Nueva York y el otro en el mundo real, básicamente te entregan un pasaporte que te permite pasar libremente de uno a otro.

Conozco los trucos. Hablo el idioma.

Gregory Gordon no es más que un puto turista aquí.

El abogado de Greg carraspea. —¿Podemos tomarnos cinco minutos? ¿Por favor?

Miro mi reloj y decido concederle un respiro. —Que sean diez. Me vendría bien un café.

Me levanto de la mesa y salgo al pasillo. La puerta se cierra detrás de mí como la tapa de un ataúd, sellando aún más el destino de Greg. Encuentro una ventana y contemplo la ciudad gris que se extiende a mis pies.

Y, como un reloj, mis pensamientos se dirigen hacia ella.

Han pasado seis semanas desde que me desperté tras la operación y descubrí que se había ido, y ella sigue apareciendo cada vez que mi mente tiene un momento para distraerse. Todos esos recuerdos sensoriales, fragmentados y distorsionados.

El anillo en su palma.

Su boca a una pulgada de la mía.

Nunca supe su apellido. Me desperté solo en aquella cama de hospital, con una enfermera diciéndome que la mujer con la que había entrado se había marchado a toda prisa hacía horas. No dejó ninguna nota ni ningún número de teléfono. Nada que demostrara que hubiera existido siquiera.

Fuera lo que fuera, fuera lo que no fuera, ahora se ha acabado. Hay un moribundo en la habitación de al lado al que tengo que rematar.

Vuelta al trabajo.

La declaración termina una hora más tarde.

Greg firma lo que tiene que firmar. Su abogado no me mira a los ojos, porque sabe que acabo de destrozarlo.

Mis clientes obtendrán su cuantiosa indemnización, y Greg se quedará con un minúsculo estudio en algún lugar de Queens.

Eso, si sus amigos de los bajos fondos le dejan vivir tanto tiempo.

De cualquier modo, no es mi problema.

Cojo mi abrigo y salgo. El bar clandestino de la East 4th está a quince minutos en taxi de mis oficinas. Kir ya está allí cuando entro, acomodado en nuestra mesa habitual al fondo. Hay un vaso de nuestra bebida de siempre, Clase Azul, esperándome sobre la mesa.

—Llegas tarde —dice Kir mientras me deslizo en el asiento.

—Estaba ocupado arruinando la vida de un hombre.

—¿Se lo merecía?

Esbozo una sonrisa burlona. —Siempre se lo merecen.

Kir levanta su vaso. —No me digas que este se ha meado en tu silla como el último, ¿no?

Niego con la cabeza y le doy un sorbo a mi bebida. —No, menos mal. Tuve que tirarlo todo. Apestaba muchísimo.

—¿Pero lloró?

Él sonríe, y los dos respondemos al unísono con la respuesta obvia—: Siempre lo hacen.

Riendo entre dientes, me recuesto en el asiento y me aflojo la corbata.

Esta estúpida tela me ha estado quemando la garganta últimamente, aunque no sé por qué me pasa eso de repente.

He estado llevando corbata casi todos los días de mi vida desde que empecé mi primer trabajo, archivando papeles y sirviendo cafés, allá por cuando era solo un chico de quince años que se había quedado huérfano de repente y se ganaba la vida por su cuenta.

Pero, de repente, esta seda de Hermès me parece una soga.

—¿Un día largo? —pregunta Kir.

—Más bien seis semanas muy largas —murmuro.

—¿Todavía?

Gruño y me encojo de hombros. —No ha salido nada nuevo sobre esos cadáveres, ¿verdad?

—No te pongas paranoico —dice Kir, restándole importancia a mis preocupaciones—.

Sabes perfectamente que nuestros chicos son profesionales.

Dejaron ese callejón tan limpio que podrías comer sobre los ladrillos si quisieras.

Nadie va a encontrar nunca a esos tipos, y no tenían ninguna conexión entre sí.

Solo unos cabrones de poca monta buscando un golpe fácil.

—Se lo llevaron —digo con aire sombrío. Miro mis nudillos, abriendo y cerrando la mano. A veces todavía me escuece, normalmente de forma aleatoria en mitad de la noche, como si le estuviera partiendo la cara a ese cabrón de cuello grueso otra vez.

Si Cassandra no hubiera estado allí, habría hecho algo mucho peor de lo que hice. Hacía años que no sentía una rabia así. Casi me había convencido a mí mismo de que había dejado atrás para siempre esa parte oscura de mí.

Entonces me topé con ese trío de tipos feos y gruñones que la amenazaban, y perdí los malditos estribos.

¿Cómo se atrevían a ponerle la mano encima? Era una tonta luchadora y testaruda, pero no tenían derecho a tocarla.

Así que les recordé ese pequeño detalle.

De forma violenta.

Ahora tengo este dolor esporádico en la mano como recordatorio. Las costillas donde aquel cobarde me apuñaló también me están molestando. A veces es casi incapacitante, como si la mitad de mi cuerpo intentara acurrucarse y morir.

De hecho, esta noche tengo cita para ir a ver a un especialista en el hospital.

Se supone que él sabe todo sobre este tipo de cosas: daño nervioso o como se llame cuando te clavan de repente entre los huesos de la caja torácica una navaja oxidada para abrir ostras y te jode las tripas.

Ya veremos si puede hacer que desaparezca.

Me termino la copa y alzo la vista para ver que Kir me está mirando. —Bueno —dice.

—Uh-oh.

—Escúchame.

—Preferiría no hacerlo.

—Me debes al menos eso.

—De hecho, diría que no te debo “ni una mierda”.

—¿Y qué hay de…?

—Te aseguro, amigo mío, que perderás esta partida si empiezas a llevar la cuenta de los favores.

Sin embargo, Kir insiste. Cruza los brazos delante de él y se inclina hacia delante. —Pero hubo una vez en la que…

—Te juro por Dios que te daré una paliza de las buenas.

—¿Sabes siquiera lo que significa eso?

—Estaría más que encantado de mostrártelo.

—Eres un imbécil, ¿lo sabes?

—Lo mismo digo.

Frunce el ceño. —Tengo que hacer esto, ya lo sabes.

—No tienes por qué —Desvío la mirada y me quedo fijándome en la tenue lámpara de tonos rojizos que hay sobre mi cabeza hasta que empiezo a ver manchas borrosas bailando ante mis ojos—.

Podemos hablar de cualquier otra cosa. ¿Cómo está Jillian?

¿Cómo van los negocios? ¿Cómo está tu padre? ¿Qué tal los Yankees?

Pone los ojos en blanco, pero me sigue la corriente.

—Jillian está bien. Las náuseas del primer trimestre casi han desaparecido y ahora come como un caballo.

Y antes de que preguntes, sí, le encanta que describa así sus hábitos alimenticios.

Por eso dormí en el sofá anoche, porque le gusta tanto.

El negocio va viento en popa, como ya sabes.

Mi padre está hasta las metras por Rae, como también sabes.

Y los Yankees, como ambos sabemos, son una puta mierda —Me arranca el trago de las manos para que no pueda seguir ignorándolo—.

Así que ahí lo tienes. Ahora que se nos han acabado los otros temas de los que hablar, podemos volver al tema principal.

Hago una mueca y cojo la botella de Clase Azul para poder beber directamente de ella, ya que Kir parece decidido a mantener mi vaso fuera de mi alcance. —Eres el peor mejor amigo del puto planeta, hombre.

Pero Kir pone ahora cara seria y se niega a desistir. —No te lo pediría si no te necesitara para esto, Mat.

Resoplo con desdén. —Si me dieran un céntimo por cada vez que te he oído decir eso, compraría Lazarev Global y te despediría.

Él se limita a negar con la cabeza con tristeza. —Lo digo en serio. De verdad. Hemos probado todas las demás opciones y el tiempo se nos acaba. Así que o eres tú, o nos tragará todo.

Que se joda él.

Que se joda esto.

Que se joda todo, y punto.

—Que te jodan —digo en voz alta, por si acaso Kir no puede leer la expresión de mi cara—. No puedo creer que me estés metiendo en esta mierda.

Esta mierda. Así es como la hemos estado llamando desde hace semanas, desde que Kir me puso al corriente del tema la noche que conocí a Cassandra

En resumen, hay un nuevo actor en el panorama criminal de Nueva York. Alguien bien organizado y con mucho dinero, con un liderazgo y unos objetivos poco claros. Lo único que sabemos es un nombre.

El Sindicato Vainakh.