Las Voces de Caín CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

En la amplia y luminosa consulta del doctor Mallory, Debra se sentó con una sonrisa que, aunque tenue, reflejaba la tranquilidad que no había mostrado en mucho tiempo.

Su postura era más relajada y sus manos, que solían estar inquietas, descansaban con calma sobre sus rodillas.

El doctor, como siempre, notó el cambio.

—Hoy pareces diferente, Debra. ¿Qué ha cambiado desde la última vez que nos vimos?

Debra asintió, casi como si reconociera esa percepción.

—He avanzado. He empezado a reunirme una vez a la semana con algunas antiguas compañeras del colegio adventista. Rachel, Miriam, Esther y Leah. Después de tanto tiempo, hemos encontrado un punto en común, un espacio para hablar sin miedo.

—Eso es significativo —respondió el doctor, inclinándose ligeramente hacia adelante—. ¿Cómo te sientes al volver a conectar con ellas?

Debra dejó escapar un suspiro, esta vez no de cansancio, sino de algo más profundo, quizá alivio.

—Al principio, fue extraño. Temía que abrir viejas heridas fuera demasiado doloroso. Pero ha sido todo lo contrario. Nos hemos convertido en una especie de red de apoyo. Compartimos lo que vivimos y, aunque cada una lo procesó a su manera, estar juntas nos ha fortalecido.

El doctor asintió con aprobación y luego esperó, dejando que Debra continuara.

—Además, he comenzado una relación con Robert Taylor. Me hace sentir bien. Es distinto. Hablamos mucho y me escucha, algo que no sabía cuánto necesitaba. Pero le he pedido que vayamos despacio. Todavía estoy sanando y él lo entiende.

Mallory sonrió levemente, satisfecho con la evolución de su paciente.

—Eso es un gran paso, Debra. Parece que estás empezando a construir una vida en la que te sientes cómoda.

—Lo estoy intentando —dijo Debra, mirándolo con un leve brillo en los ojos—. También he estado trabajando muy duro en mi nueva exposición. Está casi lista.

—¿Cuál es el título? —preguntó el doctor, genuinamente interesado.

Debra cruzó las piernas y se recargó ligeramente en el sillón antes de responder.

—La he titulado Las siembras de Caín.

El doctor arqueó una ceja, intrigado.

—Un título poderoso. ¿Por qué lo elegiste?

Debra inspiró hondo, como si estuviera preparándose para explicar algo profundamente personal.

—Lo elegí porque cada cosa que he vivido, todo el dolor, la traición, la injusticia...

se siente como una siembra. Como si Caín, el arquetipo del ser humano que actúa desde el egoísmo, la envidia o la violencia, hubiera dejado semillas a lo largo del tiempo y esas semillas brotaran en forma de abuso, silencio o abandono.

Cada herida que he soportado ha sido una plaga, una manifestación de esas siembras.

El doctor guardó silencio, procesando las palabras de Debra. Finalmente, dijo:

—Es una metáfora poderosa, Debra. Pero lo que veo en ti ahora es que esas siembras no solo trajeron plagas. También sembraron algo más: resiliencia y fortaleza.

Debra asintió lentamente, mientras su expresión se tornaba más introspectiva.

—Tal vez tenga razón. Al trabajar en esta exposición, me di cuenta de que cada imagen que he capturado no solo muestra el sufrimiento, sino también la capacidad de las personas para resistir y encontrar luz incluso en los lugares más oscuros.

Mallory la miró con una leve sonrisa, admirada por la forma en que Debra articulaba su proceso de sanación a través del arte.

—Parece que este proyecto no solo es una obra de arte, sino también una catarsis para ti.

—Lo es. He fotografiado lugares y personas que simbolizan esas «siembras». Rostros marcados por el dolor, pero también por la esperanza. Es mi manera de reconciliarme con lo que he vivido, de darle un propósito.

El doctor asintió satisfecho con el progreso que veía en Debra.

—Estoy orgulloso de lo lejos que has llegado, Debra. Lo que estás haciendo es transformar el dolor en algo significativo que no solo te ayuda a ti, sino que también puede resonar en los demás.

Debra sonrió, esta vez con una confianza renovada.

—Gracias, doctor. Creo que finalmente estoy empezando a entender qué significa sanar.

La sesión terminó con una sensación de logro, como si Debra hubiera alcanzado un nuevo nivel en su camino hacia la sanación.

Mientras salía de la consulta, ya estaba pensando en su próxima reunión con sus compañeras, en su próxima conversación con Robert y, sobre todo, en el día en que presentaría Las siembras de Caín al mundo.

***

El día comenzó con un cielo despejado y una brisa suave que hacía que todo pareciera más ligero.

Debra se encontraba en el jardín trasero de la casa de los padres de Robert Taylor, un amplio espacio verde rodeado de flores y árboles frutales, donde se había organizado un almuerzo familiar.

Los niños corrían jugando al frisbee mientras los adultos charlaban animadamente bajo una pérgola decorada con luces colgantes y guirnaldas.

Debra, aunque algo nerviosa, intentaba encajar en este escenario idílico que le parecía sacado de una película.

Nunca había visto una familia tan unida, y mucho menos había experimentado algo parecido en su vida.

La calidez con la que todos se trataban, las bromas entre hermanos, la cercanía de Robert con su exmujer...

Todo aquello la desconcertaba y, al mismo tiempo, la fascinaba.

Robert, siempre atento, permanecía cerca de Debra y la presentaba a cada miembro de la familia con una sonrisa que denotaba orgullo.

Ella, a pesar de su timidez inicial, se sorprendía a sí misma disfrutando de las conversaciones y risas que llenaban el ambiente.

Sin embargo, un pequeño nudo en su estómago no la abandonaba.

Este era un mundo completamente diferente al suyo y no podía evitar preguntarse si alguna vez podría adaptarse a él.

En un momento dado, mientras los niños se alejaban hacia el columpio situado al final del jardín y los adultos comenzaban a recoger los platos del almuerzo, una mujer de cabello castaño y sonrisa amable se acercó a Debra. Era Annette, la exmujer de Robert.

—Hola, Debra —dijo Annette, extendiendo la mano con cordialidad—. Me alegra mucho que hayas venido hoy. He oído hablar mucho de ti.

Debra sintió una leve punzada de ansiedad, pero se armó de valor y sonrió.

—Gracias, Annette. Es un placer conocerte.

Ambas mujeres se alejaron un poco del bullicio y caminaron hacia una mesa en la sombra de un árbol. Allí, Annette la invitó a sentarse y pidió dos copas de limonada.

—Quería aprovechar este momento para hablar contigo —dijo Annette con un tono sereno pero directo—. Como sabes, Robert y yo tenemos dos hijos y, aunque nuestra relación de pareja terminó, seguimos siendo un equipo por ellos. Me interesa conocer mejor a la mujer que está entrando en sus vidas.

Debra asintió, comprendiendo la preocupación de Annette.

—Totalmente comprensible, Annette. La verdad es que...

—Debra vaciló un momento antes de continuar—, la situación me abruma un poco.

Nunca he tenido una relación tan significativa como esta ni he estado cerca de adolescentes.

No soy una experta, pero quiero aprender.

Robert es una persona increíble y estoy dispuesta a dar lo mejor de mí.

Annette la observó con atención y, tras unos segundos, sonrió.

—Aprecio tu sinceridad, Debra. Créeme, nadie nace sabiendo cómo manejar estas cosas. Pero lo más importante es que seas tú misma. Nuestros hijos son buenos chicos, aunque como todos los adolescentes, tienen sus momentos. Mientras seas auténtica y muestres interés, te aceptarán.

Debra bajó la mirada por un instante, sintiendo un leve nudo en la garganta.

—Creo que esa es la parte que más me cuesta. Ser yo misma. He pasado tanto tiempo detrás de una cámara, observando el mundo desde una distancia segura, que a veces me siento como una espectadora de mi propia vida.

Annette asintió en señal de comprensión.

—Eso es algo que Robert ve en ti, ¿sabes? Me ha dicho que eres una mujer fuerte y con una visión única del mundo. Quizá pienses que él te está ayudando, pero creo que también tú le estás ayudando a él. La política puede ser un mundo muy duro y tener a alguien como tú a su lado le da esperanza.

La conversación continuó y, poco a poco, Debra se fue sintiendo más cómoda.

Annette le habló de sus hijos, de sus personalidades y de los pequeños detalles que los hacían únicos.

También compartió anécdotas de su relación con Robert, dejando claro que entre ellos no había rencores, sino una amistad sólida construida por el bien de sus hijos.

Debra, por su parte, le habló de su pasión por la fotografía, de las historias que había capturado a través de su cámara y de cómo Robert la estaba ayudando a descubrir una nueva faceta.

Al final del día, mientras Debra y Robert se despedían de su familia, ella sintió algo distinto. Había sido un día apacible, lleno de conversaciones sinceras y momentos que nunca pensó que experimentaría. Aunque seguía sintiendo cierta inseguridad, también sabía que estaba dispuesta a intentarlo.

Cuando subieron al coche, Robert le tomó la mano y la miró con esa mezcla de ternura y seguridad que siempre la dejaba sin palabras.

—¿Todo bien? —preguntó.

Debra asintió y le dedicó una sonrisa tranquila.

—Sí, todo bien. Tu familia es increíble, Robert. Y Annette... bueno, creo que ella también es increíble.

Robert rio suavemente y besó el dorso de su mano.

—Sabía que encajarías. Solo tienes que confiar un poco más en ti misma.

Mientras conducían de regreso a la ciudad, Debra miró por la ventana y vio cómo las luces del atardecer teñían el cielo de tonos anaranjados. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que tal vez, solo tal vez, estaba empezando a encontrar un lugar al que podría llamar hogar.