CAPÍTULO 7
Tras el funeral, Debra regresó a la casa familiar por insistencia de su hermano Anthony, quien se había mostrado amable de forma incómoda durante la ceremonia.
La fachada de la casa seguía siendo tan austera como la recordaba: con pintura descascarillada en algunos sitios y una ventana rota que alguien había tapado con una lámina de plástico.
El interior no era muy diferente: muebles desgastados, colores apagados y el constante aroma a madera vieja mezclado con algo de humedad.
Cada rincón parecía congelado en el tiempo, como si nadie hubiera vivido realmente allí en años, a pesar de que su padre seguía ocupándola.
Subió las escaleras lentamente, con la mano tocando la baranda, que seguía tan áspera como cuando era niña.
En el pasillo, pasó frente a las habitaciones de sus hermanos y, finalmente, llegó a la suya.
Al entrar, se encontró con un espacio que parecía un museo de su adolescencia.
El papel pintado de flores pequeñas, que había odiado desde el primer día, seguía en su sitio.
La colcha de la cama, tejida por su madre, estaba desgastada, pero doblada con precisión.
Debra abrió el armario y encontró algunos libros y cuadernos escolares, así como fotos de una época que preferiría olvidar.
Cada objeto despertaba un recuerdo: las noches llorando en silencio mientras escuchaba los sermones de su padre desde el salón, las mañanas en las que tenía que forzar una sonrisa en la escuela, como si todo estuviera bien.
Sus dedos se detuvieron sobre una Biblia en la que podía leer su nombre grabado en letras doradas.
Al abrirla, encontró una nota de su madre: «Debra, el Señor te guiará siempre. Confía en Él».
Sintió un nudo en la garganta, pero lo apartó rápidamente y dejó la Biblia donde estaba. Se sentó en la cama y miró por la ventana, recordando cómo solía observar el vecindario mientras soñaba con huir de allí algún día.
Entonces escuchó un golpe suave en el marco de la puerta. Era John, su hermano mayor. Había llegado a Middleton sin su familia.
—¿Sigues enfadada con él? —preguntó, cruzando los brazos y apoyando un hombro en el marco.
—¿Eso importa ahora? —respondió Debra sin mirarlo, mientras pasaba un dedo por el polvo acumulado en su escritorio.
—Importa si vas a quedarte atrapada aquí, en el pasado. No todo fue culpa de nuestro padre.
Debra giró para encararlo, con una mezcla de incredulidad y resentimiento en el rostro.
—¿En serio, John, no todo fue culpa de papá? Estabas fuera de casa cuando las cosas empeoraron. Tú no tuviste que soportar su... —calló un momento para encontrar las palabras adecuadas—, su perfección asfixiante cada día.
John bajó la mirada por un momento antes de responder. Era cierto. Él a los catorce años se había marchado a Atlanta con un tío materno porque necesitaba ayuda con la granja. Allí conoció a la que ahora era su esposa y madre de su hijo.
—Solo digo que mamá también tenía opciones. Todos las tuvimos.
Debra soltó una risa amarga.
—Sí, claro. Y mira dónde estamos ahora. Mamá está muerta, papá está en su propio mundo y nosotros estamos cada uno arrastrando los restos de este desastre.
John suspiró y se alejó, pero antes de cerrar la puerta, murmuró:
—Quizás haya llegado el momento de dejar de huir.
Debra lo observó marcharse y volvió su atención a la habitación, sintiéndose atrapada entre el pasado y la culpa.
***
Mientras exploraba la casa, los recuerdos del ambiente opresivo en el que había crecido afloraron con fuerza.
Su padre, un hombre de rostro severo y voz tronante, era la figura dominante en la familia.
Para él, las normas de la Iglesia no solo eran sagradas, sino también absolutas.
No había espacio para opiniones ni desviaciones, y cada error, por pequeño que fuera, se castigaba con largos sermones o, en ocasiones, con un cinturón de cuero que guardaba en un cajón del salón.
La rutina familiar giraba en torno a la religión.
Los sábados eran los días más estrictos: no se permitía encender la televisión, escuchar música no religiosa ni realizar actividades de ocio.
Asistían a la iglesia vestidos con sus mejores galas y cualquier sonrisa o risa infantil durante el servicio era motivo suficiente para recibir una mirada de advertencia.
Su madre, siempre callada, evitaba cualquier enfrentamiento con su esposo.
En más de una ocasión, Debra la vio bajar la cabeza ante sus reproches, incluso cuando claramente no estaba de acuerdo.
«Es por el bien de todos», solía decir su madre cuando Debra se quejaba en privado. Tu padre quiere lo mejor para nosotros.
Sin embargo, Debra sabía que su madre no era feliz. Lo veía en sus cansados ojos y en la forma en que evitaba hablar de sus propios sueños o deseos.
En la sala, Debra pasó junto a una vieja vitrina que aún exhibía los trofeos de sus hermanos mayores, los únicos logros que su padre consideraba dignos de admiración.
En contraste, sus propios premios escolares nunca llegaron a esa vitrina.
Entretanto, en el comedor, su padre estaba sentado con Anthony revisando papeles del funeral con una seriedad inquebrantable.
—Debra —llamó su padre de repente, sin levantar la vista—. Ven un momento.
Ella avanzó con pasos medidos, sintiendo que volvía a tener 13 años.
—¿Qué pasa?
—Anthony me dice que estás haciendo algo artístico.
Debra sintió una punzada en el estómago, pero mantuvo la calma.
—Soy fotógrafa. No sé si eso cuenta como «algo artístico».
Su padre levantó la vista y frunció el ceño.
—Siempre fuiste la rebelde, buscando la forma de apartarte de lo correcto.
Anthony intentó intervenir, incómodo.
—Papá, no es momento para esto.
Pero su padre no le hizo caso.
—Debra, si te hubieras dedicado a algo útil, tal vez no estarías tan lejos de tu familia. Estarías casada, con hijos, y serías una creyente digna y una fiel devota. La vida no se trata de pasatiempos, sino de cumplir con lo que Dios espera de nosotros.
Debra lo miró fijamente, con una mezcla de desafío y tristeza.
—¿Y qué esperaba Dios de mamá, papá? ¿Que fuera infeliz? Porque, si eso era su plan, cumplió su misión.
El silencio que siguió fue denso y cargado de tensión. Sin esperar respuesta, Debra se dio la vuelta y salió de la sala sintiendo que se le faltaba el aire.
***
Mientras revisaba un viejo gabinete en busca de algo para beber, encontró un sobre cerrado con su nombre.
En su interior había una fotografía amarillenta de una reunión de la iglesia adventista, fechada en 1974.
En la imagen, su padre y otros líderes de la congregación aparecían reunidos alrededor de una joven mujer, cuyo rostro estaba parcialmente visible.
La imagen despertó algo en Debra: un recuerdo vago, como si esa mujer hubiera sido alguien importante en su infancia, pero no lograba ubicarla.
De pronto, recordó las palabras de una conversación que había escuchado a escondidas muchos años atrás. Era de madrugada y su padre hablaba en voz baja con alguien al otro lado del teléfono.
—No se puede permitir que esto salga a la luz —había dicho su padre con un tono que Debra nunca había escuchado antes—. La comunidad no lo entendería y nuestra familia sufriría las consecuencias.
Aunque era solo una niña, Debra supo que en la comunidad adventista se escondía algo oscuro.
Ahora, con esa fotografía en la mano, empezaba a comprender que ese misterio estaba directamente relacionado con su familia y con el motivo por el que siempre había sentido que el peso del pasado era demasiado grande.
Mientras miraba la foto, decidió guardársela. Quizás no estaba preparada para afrontar todas las verdades, pero sabía que ese secreto no podía permanecer enterrado para siempre.
Más tarde, mientras estaba sola en la cocina, Debra sintió el impulso irrefrenable de volver a mirar la fotografía que había encontrado.
Sus dedos temblaron ligeramente al sostenerla.
La mujer de la foto le resultaba familiar, pero no lograba ubicarla en sus recuerdos.
Estaba absorta cuando John entró en la habitación, con las manos en los bolsillos y una expresión cansada.
—¿Qué es eso? —preguntó al ver la fotografía.
Debra la guardó rápidamente en el bolsillo.
—Nada. Una foto vieja.
John la miró con sospecha y se sentó frente a ella.
—Puedo ver en tu cara que es algo. ¿Qué pasa?
Ella respiró hondo, dudando si debía hablar.
—¿Recuerdas a una mujer de la iglesia de los años setenta? Era joven, de cabello oscuro... Algo pasó con ella, ¿no?
John frunció el ceño, como si tratara de recordar algo.
—No estoy seguro. Había muchas caras en la iglesia. ¿Por qué lo preguntas?
Debra se inclinó hacia él y habló con voz más baja.
—Porque papá siempre hablaba de proteger a la comunidad. De que había algo que no podía salir a la luz.
John se reclinó en su silla, cruzando los brazos.
—¿Crees que hay algún secreto?
—Sí, John. Lo sé.
John la observó por un momento antes de asimilar lentamente.
—Déjame verla
Ella se la tendió. John la miró durante un par de minutos.
—Es la tía Rose, la hermana menor de mamá —John volvió a tenderle la foto. Debra se la guardó.
—No la recordaba —admitió pensativa.
—No busques fantasmas donde no los hay —le aconsejó su hermano menor—. En ocasiones hay que aceptar las cosas como son, no como pensamos.
Debra sostuvo su mirada y respondió con firmeza.
—Siempre callando, John. Siempre aceptando normas que no entendemos y que, sin embargo, nos hacen desgraciados. ¿No crees que es momento de saber la verdad?
John negó con la cabeza, como tantos otros había visto Debra a lo largo de su vida.