Capítulo 40 — Yo #3
Al mismo tiempo, rendía homenaje a la única mujer a la que amó: María de las Vírgenes, mi mamá.
Quería que todos creyeran, durante casi toda la investigación, que esa mortaja representaba a la madre de Jesús.
Solo al final comprenderían que la verdadera mujer coronada era su propia hija.
La hija cuya existencia nunca se atrevió a reconocer ante el mundo.
En cuanto a la frase formada por las palabras grabadas en las urnas… «Volveré un día para salvar a la humanidad de los pecados que la esclavizan».
A lo largo de toda la investigación, interpretaste el mensaje a la luz de la mortaja coronada.
Mi papá sabía que la corona femenina los llevaría a todos a la Virgen María, descartando la posibilidad de que el «Yo» se refiriera a cualquier otra persona.
Ese era el camino que él quería que siguieran. Pero el verdadero significado era otro.
El «Yo» nunca fue la Virgen María.
El «Yo» siempre fui yo.
Mi papá decía que su mayor pecado nunca fue romper un voto religioso, sino negar la existencia de su propia hija.
Solía repetir que hay pecados más destructivos que los juzgados por los tribunales: la omisión, la vergüenza, el miedo, la mentira y la cobardía.
Ninguno de ellos deja marcas en el cuerpo, todos dejan marcas en el alma.
Cuando escribió esa frase, mi papá no creía que yo pudiera salvar a la humanidad. Ningún ser humano tiene ese poder. Lo que él deseaba era que mi regreso llevara a otras personas a romper esas cadenas.
Que un padre encontrara el valor para reconocer a un hijo.
Que un hijo tuviera fuerzas para perdonar.
Que alguien abandonara una mentira antes de que destruyera otras vidas. Deseaba que la verdad encontrara el valor para existir.
Si eso ocurre, aunque sea solo una vez, todo el sufrimiento que hemos vivido habrá tenido algún sentido.
Regresé.
No para salvar al mundo, sino para demostrar que ninguna verdad permanece oculta para siempre.
Aún hay una última explicación. ¿Te acuerdas de la cruz que te entregué?
Pensaste que solo era un regalo.
No lo era. Esa cruz estuvo durante años colgada de mi cuello.
La llevaba como quien lleva una cadena.
Representaba culpa, abandono y muchas preguntas sin respuesta.
Cuando cosí mi cadena en el interior de la mortaja de la corona femenina, dejé allí todo el peso que cargué durante mi vida. En ese momento, dejé de ser prisionera de la historia de mi papá.
Entregarte la cruz fue como entregarte también aquello que ya no necesitaba cargar.
Tú recibiste un objeto, y yo recibí libertad».
Matthew se llevó la mano al bolsillo y sacó la pequeña cruz.
Se quedó mirándola fijamente durante un buen rato.
Nunca se hubiera imaginado que ese objeto tuviera tanto significado.
«Gracias por haber creído en mí cuando todavía era solo Isabella.
Gracias por tu amistad.
Espero que algún día puedas entender por qué tuve que irme.
Quizás todavía te estés preguntando por qué me voy a Turquía.
Porque fue en Turquía donde comenzó la historia de mi papá... y también la mía.
Ahora me toca a mí conocer mis raíces. Necesito aprender a vivir sin mentiras.
Caterina Aurea Aydin
NOTA: No te olvides de escuchar la canción, y considérate un investigador de pleno derecho.»
Matthew encontró la canción en el celular y comenzó a escucharla.
A medida que avanzaba la melodía, comprendió por qué Isabella la había escuchado el día en que se conocieron.
La canción hablaba de un hijo que, al madurar, aprendía a ver a su papá más allá de sus defectos, encontrando espacio para el perdón y la gratitud.
El viento que venía del Mediterráneo movía lentamente la carta. A lo lejos, la campana de una iglesia comenzó a repicar.
Matthew seguía escuchando la canción «Pai», que sonaba en voz baja en su celular, y por fin comprendió la importancia que tenía esa canción para Isabella. Ella le había dado todas las pistas desde el primer día.
Todavía no soy un investigador de pleno derecho.
Miró hacia la cruz.
Exactamente al mediodía, un estruendo resonó sobre La Valeta.
El sonido atravesó el Gran Puerto y llegó con claridad hasta el Fuerte de San Ángel. Matthew levantó la vista hacia el puerto, pero no tuvo que preguntarse de qué se trataba.
Era la tradicional salva de la Saluting Battery, que se disparaba todos los días al mediodía.
En ese mismo instante, recordó a Isabella en la Concatedral unos días antes. Ella también se había asustado al escuchar ese mismo estruendo, imaginando que se trataba de una explosión. Entendió por qué ella detestaba las armas: no era policía.
Matthew volvió a bajar la mirada hacia la carta.
Luego miró hacia el horizonte.
Por primera vez desde el inicio de la investigación, deseó que todo ese caso nunca hubiera existido.
Ya no había preguntas, solo respuestas.
Con todo eso en mente, se alejó del murete.
Dobló con cuidado la carta y la guardó en el bolsillo interior de la camisa.
Los últimos acordes se desvanecieron en la quietud del aire.
Matthew guardó el teléfono, apretó la pequeña cruz entre los dedos y lloró. Nunca más volvería a pisar las Catacumbas de San Pablo como el hombre que había iniciado esa investigación.