Las reglas del castigo (Reglas de obediencia nº 1) Capítulo Trece Epílogo — Siempre Suya
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Capítulo Trece Epílogo — Siempre Suya

Emily despertó con el sonido de la alarma a las siete y cincuenta y cinco.

Antes, aquel sonido la hacía gruñir, darse la vuelta y hundirse entre las mantas.

Pero ahora su cuerpo se movía antes de que su mente pudiera protestar.

Se incorporó con el pelo revuelto, el collar todavía ceñido a su cuello desde la prueba de obediencia de la noche anterior.

El cuero le presionaba la piel como un recordatorio, como un voto.

Alcanzó el teléfono con los dedos temblorosos. A las ocho en punto, escribió el mensaje: Buenos días, señor.

La respuesta llegó segundos después.

Mejor. Haz la cama. Envíame una foto cuando esté lista.

El pecho se le encogió entre la calidez y el temor. Se levantó de la cama, alisó las sábanas y ahueció la almohada hasta que la habitación quedó impecable como un cuartel militar. Sacar la foto le resultó humillante, pero darle a enviar hizo que el pulso se le acelerara.

Buena chica, le respondió él.

Los muslos se le tensaron al leer aquellas palabras.

Cuando llegaron las cuatro de la tarde, ya no caminaba solo hacia el castigo. Caminaba hacia su hogar.

Esta vez, el Dr. Graves no la recibió desde detrás del escritorio. La esperaba de pie, con las mangas remangadas, el libro de registro cerrado y la mirada penetrante y serena.

—Arrodíllate —ordenó.

Las rodillas de Emily golpearon la alfombra al instante. Sin vacilación. Sin discusión.

Él la rodeó lentamente, hablando en voz baja.

—¿Recuerdas tu primer día en esta habitación?

Las mejillas le ardieron.

—Sí, señor.

—Te burlaste de mí. Te reíste de las reglas. Dijiste que no eras una niña.

Se le cerró la garganta.

—...Sí, señor.

—¿Y ahora?

Los labios le temblaron.

—Ahora le pertenezco.

Él se detuvo frente a ella, le tomó la barbilla con la mano y le alzó el rostro.

—Dilo otra vez.

—Le pertenezco, señor. Siempre.

Las lágrimas le asomaron ardientes a los ojos, pero esta vez no había vergüenza. Solo alivio.

—Bien —murmuró él.

La puso de pie y la guio hacia el escritorio.

—Las manos planas.

Obedeció al instante, con el cuerpo palpitante de anticipación.

Esta vez, cuando la mano de él se deslizó bajo su falda, ella no opuso resistencia. Separó los muslos y gimió ante su contacto; su cuerpo acogía cada caricia, cada orden.

—Cuenta.

Su voz sonaba entrecortada, pero firme.

—Uno... dos... tres...

Cada caricia la deshacía, pero no se resistía. Se entregaba, ofrecía cada sonido, cada jadeo, cada gemido tembloroso sin reservas.

Cuando él por fin le permitió el clímax, se desplomó contra el escritorio, con lágrimas de gratitud, no de vergüenza.

Cuando terminó, él le ajustó el collar, apretándolo más, le besó los labios temblorosos y susurró:

—Ya no eres solo mi alumna. Eres mi chica.

Y por primera vez, Emily no huyó. No se resistió. Solo susurró a su vez:

—Sí, señor.

Semanas después, sus amigas cuchicheaban sobre cuánto había cambiado.

Se acabaron las fiestas, las risas burlonas a costa de los profesores, las gamberradas en clase.

Emily Carter, la chica que antes se mofaba de todas las reglas, ahora se sentaba con la espalda recta en las clases, la mirada al frente, los cuadernos perfectamente ordenados.

Nadie sabía nada de los mensajes de las ocho y las diez. Ni de las tareas que la esperaban cada noche. Ni del collar escondido bajo su blusa, oculto a plena vista.

Nadie sabía que su vida ya no le pertenecía.

Nadie salvo él.

Y cuando se arrodillaba a sus pies cada tarde, con las manos sobre los muslos y los ojos bajos, sabía que nunca volvería a ser libre.

No quería serlo.

Porque ya no era solo una niña malcriada.

Era suya.

Siempre.