EPÍLOGO
La luz
El hospital cerró una semana después.
Las ventanas fueron selladas con planchas metálicas. Los accesos, clausurados con candados nuevos. La pintura del muro permaneció intacta, aunque ya nadie supiera leer lo que había debajo.
Durante los primeros días, el edificio fue solo una estructura vacía. Una mole de hormigón destinada a convertirse en ruina administrativa.
Clara no volvió, no era necesario, o eso quiso creer. Porque la última noche, antes de marcharse definitivamente, detuvo el coche al otro lado de la carretera y miró el edificio por última vez: oscuro, sellado, muerto.
Entonces la vio. Una luz tenue encendida en una ventana del ala antigua en el tercer piso.
Clara sintió que el aire se detenía dentro de ella. La luz permaneció apenas unos segundos. Después desapareció.
No hubo movimiento, no hubo figuras tras el cristal, no hubo explicación.
Y, sin embargo, Clara sonrió apenas. Como si, por primera vez, entendiera algo que no necesitaba demostrarse.
Arrancó el coche y se marchó sin volver la vista atrás.
Detrás de ella, el hospital volvió a quedar oscuro y oficialmente vacío. Pero a veces, sobrevivir lo suficiente consiste únicamente en eso:
En dejar una luz encendida para quien todavía sigue buscando la puerta.
FIN