Las que escribieron en los muros CAPÍTULO V
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CAPÍTULO V

Las voces

Clara no supo decir en qué momento exacto ocurrió, quizás fue en la antigua sala de hidroterapia. No hubo un gesto solemne ni una decisión consciente. Simplemente, dejó de mirar los muros como superficies y empezó a mirarlos como interlocutores.

​ La sala de hidroterapia era un espacio amplio y mal iluminado que conservaba el eco del agua, aunque las tuberías llevaran años secas.

​ El suelo estaba cubierto de polvo fino, casi blanco, que crujía bajo sus pasos.

​ La luz entraba desde un ventanuco alto, fragmentada, incapaz de alcanzar el fondo de la estancia.

​ Allí, las paredes estaban cubiertas de marcas, no frases completas, no mensajes evidentes, fragmentos.

​ La antigua sala de hidroterapia conservaba aún la geometría fría de lo que un día se llamó tratamiento.

​ Las bañeras, encajadas en filas precisas, parecían demasiado profundas para su propósito, y los grifos, ya inmóviles.

guardaban el recuerdo de un uso constante, metódico, casi ritual.

Allí, el agua no era solo agua: era temperatura, duración, control.

Se utilizaba como una forma de calmar lo que desbordaba, de contener lo que no encajaba en otros lenguajes.

​ Clara recorrió el borde de una de las cubetas con la yema de los dedos, sin llegar a tocarla del todo.

Podía imaginar la escena sin verla: cuerpos sumergidos durante largos periodos, envueltos en una quietud forzada donde el tiempo se diluía, donde el frío o el calor no eran sensaciones, sino herramientas.

No se buscaba tanto comprender como reducir, apaciguar, devolver al silencio a aquello que había dejado de obedecer.

​ En una de las paredes, casi borradas, aún se intuían marcas de nivel y anotaciones ilegibles, como si alguien hubiera intentado medir lo inmedible: la resistencia, la duración, el punto exacto en que una voluntad dejaba de oponerse.

​ Algunas correas, ya inservibles, colgaban de los bordes metálicos, rígidas por el paso del tiempo, sugiriendo una inmovilidad que no pertenecía solo al cuerpo.

​ El eco del agua parecía seguir allí, adherido a las paredes, como si cada gota hubiera registrado algo que nunca llegó a ser contado.

Y, por un instante, Clara tuvo la inquietante sensación de que, si alguien abriera de nuevo aquellos grifos, no sería solo agua lo que volvería a fluir.

Se acercó despacio, como si temiera interrumpir algo.

La primera inscripción apenas se distinguía del yeso, pero al cambiar de ángulo apareció con claridad suficiente.

​ No fue un día.

​ La frase estaba incompleta, cortada de forma abrupta. Clara levantó la vista, buscando continuidad, y la encontró unos metros más allá, escrita con una letra distinta, más apretada.

​ Fueron muchos.

​ Sintió un escalofrío leve, preciso. No había teatralidad en aquellas palabras, no buscaban efecto.

​ Eran constataciones mínimas, como si quien las hubiera escrito hubiera aprendido a economizar incluso el lenguaje. Sacó el cuaderno; no para transcribir, sino para acompañar.

​ En otra pared, más baja, casi a la altura de las manos, leyó:

​ No estoy loca.

​ Estoy cansada.

​ Clara cerró los ojos. Aquella frase no pertenecía al pasado podría haber sido escrita esa misma mañana.

​ Siguió avanzando. Algunas inscripciones estaban casi borradas, superpuestas, como si varias manos hubieran compartido el mismo espacio sin llegar a coincidir del todo. En una esquina, donde la humedad había oscurecido la pared, distinguió una letra más firme, casi obstinada.

​ Yo me llamo Teresa.

​ No me lo quiten.

​ El uso de la cursiva fue una decisión inconsciente de Clara, no estaba en el muro. Estaba en su cabeza. Aun así, supo que esa voz necesitaba un espacio distinto.

​ Yo me llamo Teresa.

​ No sé qué día es.

​ Aquí los días no sirven.

​ Escribo cuando puedo.

​ Cuando no me miran.

​ Dicen que hablar me altera.

​ Callar no les molesta.

​ No estoy enferma.

​ Estoy encerrada.

​ Clara apoyó la espalda contra la pared opuesta y se dejó deslizar hasta el suelo. Permaneció sentada, con las piernas dobladas, respirando despacio. No sentía pánico ni exaltación. Sentía algo más peligroso: una forma de intimidad. No estaba leyendo un testimonio, estaba siendo interpelada.

​ Pensó en la ficha. En la inicial incompleta. En la anotación manuscrita : traslado interno . Aquellas palabras no pedían verificación, pedían permanencia. Se levantó y recorrió la sala con más atención. Algunas voces eran apenas susurros:

​ No recé.

​ Nadie escuchaba.

​ Olvidé mi cara.

​ Me portaba bien.

​ Nunca fue suficiente.

​ Cada frase parecía escrita para no ocupar espacio, como si incluso el muro pudiera castigar el exceso.

​ Clara comprendió entonces algo esencial: aquellas mujeres no habían escrito para ser salvadas puesto que no había salvador… Habían escrito para no disolverse del todo, para fijar un nombre, una negación, una resistencia mínima.

​ En una de las últimas paredes encontró una inscripción distinta. Más larga, más desordenada. La letra variaba, como si la mano hubiera temblado o cambiado de postura.

​ No me dejaron guardar los papeles.

​ Dicen que no son necesarios.

​ Si alguien lee esto,

​ que sepa que existí.

​ Que tuve una hija.

​ La frase se interrumpía ahí, no había continuación. Clara sintió un golpe seco en el pecho. No lloró, se limitó a apoyar la mano sobre el muro, justo donde la escritura se había detenido.

​ —Estoy aquí —susurró, sin saber a quién.

​ El edificio respondió con un crujido leve, casi imperceptible.

​ Clara salió de la sala cuando la luz empezó a cambiar. En el pasillo, el polvo parecía suspendido en el aire, inmóvil. Se dio cuenta de que había pasado horas allí dentro. No tenía hambre, no tenía sueño. Tenía una responsabilidad nueva, aún sin forma.

​ De regreso a la habitación, abrió el cuaderno personal. Esta vez no dudó.

​ Escribió:

​ No voy a traducir estas voces.

​ No voy a corregirlas.

​ No voy a ordenarlas.

​ Si escribo, será para que sigan respirando.

​ Cerró el cuaderno y apoyó la frente en la tapa. Por primera vez desde que había cruzado la verja, entendió que su trabajo no consistía en cerrar nada. Consistía en mantener abierto aquello que había sido sellado a la fuerza.

​ Las voces no pedían justicia, pedían continuidad y Clara, supo entonces, que ya formaba parte del coro.